| Revista Investigación y Ciencia año 1999 |
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276 - SEPTIEMBRE 1999
Materias primas de la vida
Bernstein, Max P.; Sandford, Scott A. y Allamandola, L. J.
Puede que la vida deba sus inicios a complicadas moléculas orgánicas elaboradas en los corazones helados de las nubes interestelares.
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Los cometas se han considerado durante milenios ominosos augurios para la humanidad. Los astrónomos chinos habían bosquejado 29 variedades de cometas hacia el 400 a.C.; muchas de ellas vaticinaban calamidades. La suposición aristotélica de que los cometas eran un aviso de los dioses se mantuvo vigente en la civilización occidental durante los dos milenios siguientes al apogeo de la cultura griega antigua. Cometas y meteoritos siguen siendo en la actualidad protagonistas de historias cinematográficas de catástrofe y destrucción. Y resulta que la amenaza cometaria no es meramente mitológica. La ciencia moderna ha revelado que a buen seguro una colisión gigante de este tipo fue la que acabó con los dinosaurios y la humanidad contempló impresionada cómo el cometa Shoemaker-Levy 9 se estrellaba contra Júpiter en 1994.
Tan ominosa reputación se torna irónica cuando se considera la posibilidad de que fuese precisamente el difuso polvo espacial la causa de que la Tierra se convirtiese en el planeta acogedor y lleno de vida que es actualmente. Las investigaciones espaciales realizadas desde el inicio de los años sesenta plantearon la hipótesis de que fuesen los cometas y otros residuos de la formación del sistema solar los que recogieran las moléculas de gas y de agua que acabaron por proporcionar la atmósfera y los océanos que convierten el planeta en habitable.
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