Tabús científicos (I): Sexo con robots

04/04/2017 2 comentarios
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La cara (en este caso, culo) oculta de la ciencia.

La ciencia es una actividad social y, como tal, está sujeta a los vaivenes, valores y tradiciones de las comunidades que la sostienen. Ahora mismo, por razones algunas obvias y otras no tanto, se habla, y mucho, de robótica. De robots voladores, robots astronautas, submarinistas, recepcionistas, obreros, soldados, médicos... pero... ¿dónde están los robots del sexo? Sabemos que la pornografía y la industria del sexo acaparan las búsquedas y uso en Internet, moviendo cifras multimillonarias. Se estiman unas ganancias para la pornografía de 91.000 millones de euros al año, mediante más de 13.000 nuevas películas, páginas electrónicas y otros servicios relacionados. Por otro lado la prostitución mueve de forma ilegal unos 180.000 millones de euros al año.

Ante este panorama, y constatando que la sexualidad es un motor fundamental de las sociedades humanas, aunando diversos elementos relativos a la socialización y, en algunos casos, a la reproducción, nos preguntamos de nuevo... ¿y los robots sexuales?

Como investigador intento tener la mente abierta y explorar áreas de futuro, por lo que recientemente inicié mis investigaciones sobre robótica sexual, lo cual es coherente dada mi dilatada experiencia con el estudio filosófico de la robótica. Mi primera constatación al ir a revistas académicas especializadas del ámbito de la robótica fue apabullante: NO HAY INVESTIGACIONES SOBRE ROBOTS Y SEXO. Por lo menos en el ámbito de la ingeniería robótica es de este modo. Tal vez podemos encontrar algunos artículos de robo-ética (los trabajos de Levy, Richardson o Sullins) o psicología que hayan tratado este tema, pero no publicaciones del propio ámbito. Todo el mundo trabaja en robots futbolistas, cocineros, asistentes, brazos industriales, coches inteligentes, drones... pero... ¡ningún laboratorio de robótica sexual! Teniendo en cuenta que los laboratorios académicos buscan desesperadamente fuentes de financiación y beneficios, esto resulta anómalo.

La segunda constatación, a partir de lo anterior es advertir que estamos ante un tema tabú científico. Todavía no se ha iniciado la robótica sexual que algunas voces, como la de la antropóloga Kathleen Richardson, se alzan en contra de tal mercado tecnológico, considerándolo una opresión similar a la de la prostitución (https://campaignagainstsexrobots.org/). Razones para el debate las hay, claro está. Pero vayamos por partes y revisemos los antecedentes históricos de la incipiente robótica sexual.

Juguetes sexuales

Investigadores de la Universidad de Tübingen han situado en un artefato lítico paleolítico de hace 28.000 años el primer uso de un dildo como instrumento tanto simbólico como sexual. Su uso se extenderá por las geografías humanas, desde las antiguas civilizaciones de Egipto, Grecia, Roma o China hasta nuestros días. Se utilizarán materiales diversos, madera, cristal, jade, bronce, piel animal, tejidos, cerámica, piedra... pero siempre con la misma finalidad sexual. Incluso Shakespeare los cita, como sin venir a cuento y de pasada, en el Acto IV, Escena IV de Un cuento de invierno. Sin ánimo de parecer falocráticos, debemos considerar que también se usaron otros utensilios, tales como bolas vaginales, dilatadores o lubricantes, con tal de aumentar las posibilidades del juego sexual.

Máquinas sexuales inteligentes

Pero con el inicio de la electricidad y la exploración de mercados se abrió un espacio nuevo para la experimentación. Es el origen decimonónico de los vibradores, el descubrimiento de nuevas sustancias como el látex (si bien los olmecas ya utilizaban productos similares). Esto también dio rienda suelta a los nuevos juguetes, como las muñecas de goma, a inicios del siglo XX en París, según cuenta Iwan Bloch en la obra La vida sexual de nuestros días (1908). Ya en este momento Bloch comenta que hay aparatos genitales femeninos que segregan lubricante como si tuvieran glándulas de Bartolini, y penes neumáticos que eyaculan. Nuestros abuelos ya disponían de un buen catálogo de utensilios y sus referentes literarios (como el mito de Pigmalión con enamoramiento de una estatua) a la vez que una religiosidad conservadora en lo sexual impulsó el desarrollo tácito y oculto de tales prácticas. Si bien siempre ha habido abrazadores sexuales de árboles (denominados dendrofílicos) o personas gozadoras ante estatuas (los agalmatofílicos), el avance experimentado en el utillaje sexual a lo largo del siglo XX y XXI nos lleva a otro nivel, lejos de lo parafílico para abrazar la 'normalidad' (si existe).

El nivel de realismo y perfección en la estimulación actual es increíble, puesto que estamos asistiendo al nacimiento de la dildónica: vibradores complejos, controlables mediante parejas a distancia o por el móvil via Bluetooth como el We-Vibe 4 Plus, claro ejemplo de teledildónica) (¿para cuándo un neuroconector para gestionar su funcionamiento? La neurodildónica será un rotundo éxito), vaginas de texturas hiperrealistas y calefactables...

Incluso la realidad virtual permite acceder a integraciones dentro de la escena, como el culo/vagina vibrador/a de Cyberskin que tiene una app controladora para el teléfono (Twerking Butt App) y conexión VR 3D. Los masturbadores Tenga son un brutal éxito de vendas en Japón y se extienden hoy en día. Materiales clásicos como PVC, látex, silicona y gelatina unidos a nuevos como PU, TPR o TPE permiten mejorar la calidad de la naturalidad de la experiencia. O incluso mejorarla, una vez sus diseños van más allá de lo que Naturaleza ha proporcionado.

También existe la opción de crear vestidos para el usuario que cuenten con coordinación entre masturbadores automatizados, sensores distribuidos y gafas de VR conectados a pornografía 3D (Pornhub, una de las más importantes páginas ya tiene sección de VR) o simulaciones sexuales computacionales, como ha hecho la empresa japonesa llusion VR. Hablando de simulaciones, los chatbots y sistemas artificiales que hacen las veces de novios/novias/amantes pululan por doquier en la red para ser usados mediante tablets, móviles o ordenadores.

Tras lo visto, es normal que alguien pensara en hacer cuerpos enteros, siendo la empresa más famosa Realdolls. Muñecas y muñecos diseñados bajo la premisa hiperrealista con tal de satisfacer una clientela solvente y especial: maniquíes con bocas/anos/vaginas/penes para satisfacer en un modo tridimensional a escala humana. Y en el año 2010 alguien decidió por vez primera añadir inteligencia artificial a tales muñecos: Roxxxy the robot, presentado en Las Vegas AVN Adult Entertainment Exhibition, incorporaba voz artificial y una rudimentaria interfaz de interacción con el usuario. Pero la revolución ha llegado de la mano de un científico catalán: Sergi Santos.

Samantha... ¿el robot sexual inteligente?

Hace pocas semanas, en nanotecnólogo Sergi Santos sacó al mercado una muñeca sexual con la mejor IA nunca integrada en un sistema de estas características. Según el investigador, con quien he compartido tertulia periodística y conversación privada, Samantha tiene complejos algoritmos que regulan respuestas más 'humanas'. Samantha tiene el procesador integrado en la cabeza, emitiendo respuestas con una voz dulce y realista, con la que te guía través de los diversos modos de uso que tiene (el sexual, el amoroso, el familiar).

El autor con El creador de Samantha en Catalunya Ràdio

Uno tiene que cortejarla y 'satisfacerla', o el robot se quejará. Incluso le ha integrado un módulo filosófico en el que el robot reproduce citas de textos clásicos a petición de la usuaria/del usuario. Lo interesante es que Santos no sólo está integrando más servicios en el robot, sino que plantea al mismo tiempo una reflexión sobre las dinámicas de la seducción, de la excitación o del placer. El juguete se humaniza y no es un simple agente pasivo. Esto es una verdadera relación en las relaciones entre humanos y máquinas. Tal vez un día Santos será el Amancio Ortega de la robótica sexual, el tiempo y otras variables azarosas lo decidirán.

Algunos retos éticos

Para empezar, los tenemos éticos: el propio Levy no pudo leer su tesis doctoral sobre robótica sexual en el Reino Unido y tuvo que emigrar a Maastrich. A pesar de estar en el siglo XXI y que parece el dinero lo mueve todo, la robótica sexual es todavía un GRAN TABÚ.

Por otro lado, tenemos retos importantes, puesto que ya existen empresas que fabrican muñecos sexuales de niñas y niños, como la escalofriante empresa japonesa Trottla (con importaciones prohibidas al menos por el gobierno australiano). ¿Estaremos incentivando actitudes reprobables o más bien las podremos contener gracias a instrumentos de este tipo?

Y, ¿qué hacer con las personas que se enamoran de sus robots y se quieren casar con ellos, legarles sus herencias o enterrarlos en caso de 'fallecimiento'? Ya existen cementerios en Japón para perros robots Aibo (fabricados por Sony). ¿Realmente es necesaria una ciencia del amor por los robots, la lovótica?

Tampoco queda claro si estas máquinas mejoraran la sexualidad humana, la genitalizarán o la anorrearán, pero lo que es evidente es que ya están transformando el mundo contemporáneo, del mismo modo que las redes sociales y las aplicaciones móviles han alterado los modos de plantear escarceos sexuales, iniciación de amistades o las relaciones sociales.

También es posible que algunos de estos robots puedan mejorar la vida sexual de personas con necesidades especiales o incluso con disfunciones médicas que puedan ser mejoradas mediante el uso supervisado de tales máquinas. ¿Y si mejoran la sexualidad de las "personas sin más", es decir, todos nosotros?

Hay un último aspecto importante: el internet de las cosas. Estas máquinas podrán funcionar mejor cuanto más sepan de nosotros y quienes controlen estos datos tendrán todavía más información (sensible) sobre nosotros. Como si no fuera ya suficiente con los móviles y los sensores de deporte, ahora una nueva generación de controladores sexuales completarán el círculo informacional.

Bueno, y ya finalizando mi perorata, estamos ante otro filón económico e investigador que creo que me voy a perder a no ser que consiga formar parte del mismo ahora que simplemente se empieza a levantar. Y lo digo sin metáforas de doble sentido, que siempre me critican.

P.D. Por cierto en breve se celebrará en Londres el tercer congreso, Love & Sex with Robots, por si les interesa.

REFERENCIAS

Datos generales:
http://www.covenanteyes.com/pornstats
http://www.howbigarethey.com/porn-industry/
https://www.linkedin.com/pulse/prostitution-revenue-worldwide-186-billion-sadegh-yazdani
https://www.psychologytoday.com/blog/all-about-sex/201611/dueling-statistics-how-much-the-internet-is-porn
http://mujeresconciencia.com/2017/03/28/la-riqueza-del-comportamiento-sexual-humano-paleolitico/
Samantha: https://syntheaamatus.com/about/

Juguetes sexuales o antecedentes
Carbonell Eudald (2010). El sexo social. Editorial Now Books
Delporte, Henri (1979). La imagen de la mujer en el arte prehistórico. Editorial Istmo, Madrid
Donnan, Hastings & Magowan, Fiona (2010) The Anthropology of Sex. Bloomsbury Academic.
Ferguson, Anthony (2019). The Sex Doll: A History. McFarland.
Kobori; Sato, Ryo; Ashizawa, Yoshio; Yagi, Hiroshi; So, Shigehiro; Arai, Gaku; Okada, Hiroshi (2009). "射精障害患者に対する Masturbator を用いたリハビリテーション" [Rehabilitación de la disfunción eyaculadora mediante el uso de un masturbador]. The Japanese Journal of Impotence Research (en japonés). 24 (3): 355–357.
Taylor, T. (1996). The Prehistory of Sex. New York: Bantam

Robots sexuales
Grout, Vic (2015). Robot Sex: ethics and Morality. Lovotics, 3(1):1000E104.
Levy, David (2007). Love and Sex with Robots. Harper Perennial.

Cita de Shakespeare
He hath songs for man or woman, of all sizes; no/milliner can so fit his customers with gloves: he/has the prettiest love-songs for maids; so without/bawdry, which is strange; with such delicate/burthens of dildos and fadings, 'jump her and thump/her;' and where some stretch-mouthed rascal would,/as it were, mean mischief and break a foul gap into/the matter, he makes the maid to answer 'Whoop, do me/no harm, good man;' puts him off, slights him, with/'Whoop, do me no harm, good man.'