La química en los tiempos del cólera: el misterio de los bizcochos de Torroja (1865)

13/05/2017 5 comentarios
Menear

El 30 de septiembre de 1865 por la noche, con ocasión del segundo día de la fiesta mayor de Torroja, se reunieron catorce personas en el mesón de Josep Sentís. Degustaron unos bizcochos que procedían, al parecer, del pueblo vecino de Cornudella de Montsant. Pocos días después la mayor parte estaban muertas. Padecieron una terrible agonía con fuertes vómitos, dolor estomacal y una sed irreprimible. Los habitantes del pueblo se alarmaron. Algunos huyeron porque pensaban que se trataba de un brote de cólera, la nueva enfermedad que arrasaba Europa de forma intermitente desde hacía varias décadas. Se practicaron autopsias y análisis químicos que dieron resultados contradictorios. Uno de los médicos forenses dejó escrita una memoria que ahora ve por primera vez la luz.

Memoria acerca de las defunciones acaecidas durante los primeros días de octubre de 1865 en el pueblo de Torroja, que por sus circunstancias especiales dieron lugar a procedimientos judiciales por indicios de envenenamiento

Victrix causa diis placuit, [sed] victa Catoni

El 30 de septiembre de 1865 por la noche, con ocasión del segundo día de la fiesta mayor de Torroja, se reunieron catorce individuos en el mesón de Josep Sentís. Entre ellos estaba el propio Sentís y su hija de 18 años, junto con un buhonero y varios jóvenes labradores. Según consta en los procedimientos judiciales, a altas horas de la referida noche, los citados sujetos comieron bizcochos que nadie había probado hasta entonces. Cuatro sujetos solo degustaron una parte del bizcocho (que no llegó a la mitad) mientras que otros comieron uno, por lo menos. Según confesión propia, otro comensal se llevó dos bizcochos del mesón y los comió el 6 de octubre.

Torroja del Priorat

Rosa Sentís, la hija del mesonero, comió la mitad, más o menos, de un bizcocho que le ofreció en tono de galantería un pariente, Laureà Sentís. Este se zampó el restante. Al otro día, el primero de octubre, a las siete de la mañana, la joven Rosa Sentís, que gozaba de perfecta salud, se sintió acometida de varios accidentes morbosos que se presentaron súbitamente y fueron desplegándose con suma rapidez, presintiendo un funesto pronóstico en vista de su aspecto alarmante. Los síntomas que se manifestaron desde su comienzo caracterizaron la enfermedad. Al principio fue un malestar general en todo el organismo, sin el menor intervalo de reposo en su lecho. Se descompuso el semblante, la fisionomía quedó desencajada y la tez tomó un tinte lívido. Las órbitas se achicaron con profundo hundimiento de los ojos; las pupilas parecían veladas por una gasa de sangre. Una aureola de color violado cubrió los párpados. La respiración era anhelosa, y la voz, poco a poco, pasó a ser imperceptible. Una ansiedad dolorosa dio lugar a vivas sensaciones de calor, que era hiriente en la región hipogástrica izquierda y algo menos ardorosa en la derecha. Aquel síntoma llegó a ser insufrible según expresión de la enferma. La sequedad de las fauces producía una sed cruel que no podía calmarse, porque decía se le abrasaba la garganta. Sobrevinieron espasmos, temblores, convulsiones, y en seguida, vómitos de humores gástricos alterados y confundidos, que no cesaron hasta la muerte de la paciente. A las cuatro horas se produjo una diarrea continua y penosa de materias serosas, mucosas y biliosas con estrías sanguíneas y con fuertes dolores en las entrañas abdominales.

La doliente ni aun toleraba el agua pura que era arrojada a los pocos minutos por el estómago sin poder soportar bebida alguna. En pos de tales sufrimientos, la piel quedó fría y muy sensible, especialmente en las manos, y en los pies con crispatura en los tejidos exteriores, particularidad que después se observó en el cadáver. La boca quedó seca, fueron disminuyendo las secreciones, la constricción del esófago siguió aumentando y la contracción de los músculos sujetos a la voluntad anduvo amortiguándose hasta la nulidad. Las pulsaciones del corazón, tumultuosas en la primera hora, perdieron en poco tiempo su vigor, y el pulso desigual, e intercadente [es decir, después de algunas pulsaciones, se paraba], pronto fue imperceptible. La superficie de todo el cuerpo principió a enfriarse; luego quedó marmórea, como si la circulación capilar hubiese recibido un choque mortífero general. Hubo sudor helado y viscoso, con comezón en la piel. Las funciones animales se interrumpieron; y las uñas tomaron un tinte azul negruzco antes de la defunción de la enferma. Este terrible cuadro sintomatológico se desplegó con rebeldía a todos los tratamientos del arte; y la joven sucumbió sin haber entrado en delirio, a las seis de la tarde de aquel mismo día. Nueve horas duró la agonía de aquella persona, que fue la primera víctima del drama.

La muerte de Madame Bovary de  Albert-Auguste Fourie.

Cuando conoció los primeros síntomas de su prima Rosa, Laureà Sentís pensó que se trataba de cólera asiático, la enfermedad mortal que había llegado a Europa unas décadas antes. Huyó a un pueblo vecino, donde se vio afectado por el mismo mal, y sucumbió poco después. Lo mismo ocurrió a la mayor parte de los que comieron los bizcochos del mesón. Otros sobrevivieron, pero sufrieron dolores y pasaron una larga convalecencia.

A consecuencia de las defunciones, la población de Torroja se alarmó, como es natural en un lugar de doscientos vecinos. La invasión de una enfermedad, cuyos síntomas se presentaban con formidable aparato y suma prontitud, gozando la gente de salud en general; la contingencia de que los atacados por el mal atroz eran jóvenes de buena complexión; la rapidez del curso morboso que a las pocas horas terminaba en la muerte... Todos estos fenómenos indujeron a sospechar que aquella afección espantosa e inexorable debía ser el cólera-morbo asiático. Tal vez el horror y la repugnancia general a rozarse con los creídos epidemiados, obligó a los médicos facultativos al prudente extremo de no contradecir la opinión unánime del vecindario en los dos primeros días de octubre.

Placa conmemorativa de la epidemia de cólera asiático en el pueblo de Cadaqués en 1837

Pero aquel rumor alarmante no bastó para impedir que algunas personas ilustradas de la población negasen la presencia de la epidemia en Torroja y sospechasen en otras causas el origen de la enfermedad. Uno de los pacientes, el día tres de octubre por la mañana expresó la idea de que no creía ser víctima del cólera-morbo. Temía fuese otra cosa peor aún que la peste, por lo menos en el orden moral. Fundaba su sospecha en que en el acto de tragar los bizcochos sintió cierto ardor en la garganta, como si rozase aquella parte una arena de fuego, cuya sensación no había cesado. El que reveló tal dato no falleció porque había tomado instintivamente un emético. Sus palabras fueron un rayo de luz. El clamor incesante de las familias afligidas obligó a que se reuniese la Junta de Sanidad, la cual comisionó a un concejal para que procediese a la averiguación del hecho y decomisase los bizcochos que quedaban en poder de Josep Sentís.

Ratificada la declaración del enfermo ante varios individuos, la autoridad se constituyó en el mesón de Sentís, mandando a este entregase todas las pastas que existiesen en la casa, por haber fundados motivos para afirmar que los bizcochos en cuestión estaban envenenados, como lo comprobaban las cuatro defunciones de personas que habían comido de aquellos bizcochos durante la noche del 30 de septiembre.

Una mansión de Torroja del siglo XIX

El dueño del mesón al oír los gravísimos cargos que le hacía el ayuntamiento y la Junta de Sanidad, horrorizado con la idea de que su hija hubiese muerto envenenada, y de que otros lo fuesen ya difuntos o agonizando, quiso vindicar el buen nombre de su establecimiento apelando a una terrible prueba para demostrar su inculpabilidad. Al entregar los bizcochos, que en número de cincuenta contenía un cesto, Josep Sentís cogió uno de ellos y, sin poder impedírselo los testigos, lo comió entero, no apreciando los consejos prudentes de la autoridad. El mesonero creyó que bastaba la acción para desvanecer las sospechas de envenenamiento contra los bizcochos. Aquella fue una prueba plena de que los bizcochos estaban envenenados, aunque patentizó la inocencia del dueño de la casa. Al otro día, cuatro de octubre, a las tres de la mañana, el dueño del mesón se sintió afectado de los mismos síntomas y accidentes de los que acababan de padecer su hija Rosa y los ya mencionados. El mal fue agravándose con perfecta identidad al curso morboso descrito, y a pesar de los remedios murió el día cinco de octubre a las cinco de la mañana.

¡El infeliz no pudo dudar de la terrible verdad en sus postreras horas de vida! Entonces tampoco nadie dudó en el pueblo de Torroja de que mediaba un envenenamiento en aquella catástrofe. La autoridad local dispuso que se inhumasen los cadáveres y puso en conocimiento de aquellos tristes sucesos al juez de primera instancia del partido, residente en la villa de Falset a dos leguas del teatro de la tragedia. El juez procuró tranquilizar al vecindario, azorado por las defunciones que, atribuidas en un principio al azote divino, veía después eran obra del hombre. Puso mano a los procedimientos, visitó a los enfermos, y ofició a los médicos de las poblaciones cercanas para que compareciesen en Torroja.

Los médicos no dudaron un solo momento acerca [de] la clase de enfermedad, al primer aspecto de sus cadáveres, opinando para los efectos de salubridad pública, que los difuntos no eran víctimas del cólera-morbo, y que no mediaba el obstáculo de la exposición personal en el examen anatómico. El mismo día 7 de octubre a las dos de la tarde, se procedió a la operación de la autopsia en ambos cadáveres que practicaron los médico-cirujanos designados a tal efecto. En un extremo del pueblo, dentro un patio cubierto, cuyo local es conocido con el nombre de Casa de los Cartujos, se encontraban los dos difuntos, cada uno en su respectivo féretro abierto por la tabla superior. Varios testigos identificaron la personalidad individual de los muertos, por haberlos conocido familiarmente en vida.

Tras practicar la autopsia, todos los médicos opinaron unánimemente que las víctimas no fallecieron de muerte natural, sino que su defunción debía atribuirse a una intoxicación de substancia con propiedades corrosivas; por cuyas razones y bajo juramento declararon que habían muerto envenenados. El diagnóstico y la terapéutica confirmaron el dictamen médico-legal que la patología anatómica ha justificado. Los cuatro que se libraron de la muerte, según sus relaciones, deben su feliz resultado a la mínima porción de bizcocho que degustaron, al emético que uno tomó por instinto y, por consiguiente, a la fracción diminuta del elemento nocivo que obró en la economía vital.

 Autopsia en el hospital (1876) de HENRI GERVEUX

La ciencia médica no puede apreciar en su valor los experimentos particulares que se practicaron en casa de algún vecino de Torroja, arrojando migajas de las pastas sospechosas a dos pollos y bizcochos enteros a un perro. Aun cuando los efectos manifestaron que el bizcocho contenía un tóxico, aquellas tentativas carecen de legalidad, pues no constan en autos, como tampoco muchos de los datos que cada profesor aisladamente adquirió con posterioridad al siete de octubre.

La comisión médica, reunida en Torroja por orden judicial, después de visitar a los enfermos existentes a la sazón, oída la relación de cada uno de los médicos que asistieron al vecindario, examinados los antecedentes morbosos locales, y los accidentes higiénicos de actualidad.... Considerando que no podía tratarse de cólera-morbo; que la enfermedad desplegada en el pueblo de Torroja a primeros de octubre solo atacó a las personas que comieron bizcochos durante la noche del 30 de septiembre; y que cesó toda afección morbosa con la defunción de los diez citados, y en convalecencia de los otros cuatro... La comisión médica emitió su dictamen informando que en el hecho mediaba una intoxicación.

Sentados los hechos, a tenor de lo que consta en los procedimientos judiciales, y remitido a Barcelona las pastas encontradas por las autoridades, así como las entrañas de los autopsiados, el análisis químico dice que no se ha encontrado en unas ni en otras el veneno indicado por el diagnóstico creído por el pueblo, y justificado por la patología anatómica en los sobredichos cadáveres. Ante la falta de la prueba del delito, el tribunal decidió sobreseer la causa. No hubo ningún condenado ni se tomaron más medidas judiciales.

Dos médicos forenses británicos durante un análisis químico a mediados del siglo XIX

Pero ¿la negación de la ciencia química se opone y anula la certitud de la ciencia médica? La falta del veneno en las vías digestivas, o en los demás órganos de la economía, no siempre impide afirmar la certeza de un envenenamiento. Los vómitos incesantes y las deyecciones en los primeros instantes de la intoxicación pueden llevarse consigo la mayor parte de la substancia venenosa, expediéndola al exterior. Luego, la absorción y la eliminación no dejan la más mínima partícula del veneno, pues lo expulsan por completo.

En todas épocas los tribunales han estimado en su valor el criterio médico, prescindiendo de la química cuyo análisis siempre llega tarde. Es muy reciente la causa criminal de un médico a quien condenó el tribunal de París como envenenador, aunque el análisis químico no encontró el tóxico en el cadáver de la víctima. Tampoco en Inglaterra consideran los jurisconsultos necesaria la prueba química para la ratificación de un envenenamiento cuando la ciencia médica emite un dictamen afirmativo. Es pues la opinión racional que únicamente el análisis químico sirva para los casos dudosos. En los juzgados el atender tan solo a los resultados del análisis químico es dar lugar a la impunidad.

La Medicina ha probado la realidad del envenenamiento en la catástrofe de Torroja, aun cuando la Química no haya encontrado el cuerpo del delito en los bizcochos, ni en los restos cadavéricos. Pero la Química no puede hoy día justificar la existencia de un veneno si este es de la clase de los orgánicos. Los álcalis vegetales se escapan del análisis, siendo asimismo los venenos más energéticos. ¿Cómo pueden los Fiscales sobreseer la causa criminal formada acerca de dichos sucesos, mediando un dictamen médico-legal que prueba el envenenamiento?

Si por no encontrarse el cuerpo del delito se ha de deducir que no ha habido intoxicación, entonces habrá impunidad en los que empleen los venenos vegetales en sus crímenes.

[Fragmentos de un manuscrito de Joaquím Ferrandis i Piñol, médico forense de Cornudella, fechado el 17 de febrero de 1866]