Pena de muerte y cinética química

16/04/2017 0 comentarios
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Un cúmulo de fatales circunstancias llevó al veterinario Urbain Plançonneau a la guillotina en 1833. Una de ellas fue el fracaso de la campaña de abolición de la pena de muerte en Francia, encabezada por el joven escritor Víctor Hugo. La velocidad de formación de los precipitados arsenicales fue otra de las claves.

A principios de agosto de 1830, y después de comer un tradicional guiso de coles, toda la familia Terrier sufrió cólicos muy dolorosos, seguidos de náuseas y vómitos todavía más violentos. Vivían en una granja de la pequeña aldea de Andard, situada cerca de Angers, a unos trescientos kilómetros al sudoeste de París. El marido Terrier murió el 28 de septiembre de 1830 y su madre tres semanas después. Su mujer sobrevivió pero quedó inválida de por vida. Los médicos no pudieron indicar con seguridad las causas de muerte y pensaron que era quizás el resultado de una gastroenteritis producida por comida en mal estado. Un médico observó durante la visita un paquete de arsénico en la granja, pero no pensó que fuera nada sospechoso porque era un material habitual en el mundo rural, empleado como matarratas.

Andard, Angers (Francia)

No se hizo ninguna investigación hasta dos años después, cuando se produjo otro incidente parecido. A finales de julio de 1832, hasta trece miembros de la familia Moreau, dueños de una cerrajería cerca de Andard, sufrieron fuertes cólicos y vómitos después de comer un pan elaborado en su horno. Los esposos Moreau sobrevivieron y, tras reflexionar largamente sobre las causas, se dieron cuenta que los efectos se reproducían cuando empleaban la harina molida durante un día particular, precisamente cuando recibieron la visita de su cuñado, Urbain Plançonneau, un veterinario de 42 años que también trabajaba en Andard. Plançonneau era también familiar lejano de las primeras víctimas (era sobrino de los espesos Terrier) y, debido a ello, tenía intereses económicos por estar relacionado con todas las herencias.

 Jean-Louis Lassaigne (1800-1859)

El fiscal de Angers pidió a un médico y dos boticarios que realizaran un análisis de los restos de la comida. Se arriesgaron a probar el pan y comprobaron que tenía un sabor acre extraño. No encontraron ninguna huella de mercurio, arsénico, cinc o antimonio. Dieron un trozo de pan a un perro que lo vomitó casi inmediatamente. Este hecho les hizo pensar que podría ser un veneno de origen vegetal y, como sabían la dificultad que existía para detectar este tipo de venenos, solicitaron se ayudados por otros expertos. El fiscal contactó con dos fiscales de París, Jean-Baptiste Chevallier y Jean-Louis Lassaigne, dos conocidos profesores de la capital francesa, que realizaban habitualmente análisis toxicológicos para los tribunales. 

Realizaron un nuevo análisis y tampoco encontraron veneno alguno, al menos de origen vegetal (como el arsénico). El enmohecimiento de las muestras –afirmaron los dos expertos en su informe- les impedía saber si pudo haber sido empleado un veneno vegetal, demasiado inestable para sobrevivir al tiempo transcurrido. 

Jean Baptiste Alphonse CHEVALLIER (1793-1879)

El fiscal no quedó satisfecho. Pensaba que los indicios que conectaban a Plançonneau con los envenenamientos eran concluyentes, pero sabía que los jurados no pronunciarían un veredicto de culpabilidad sin resultados positivos del análisis químico. Decidió contactar con un tercer experto: Mateu Orfila. A su fama como toxicólogo, con habilidad reconocida para obtener pruebas de envenenamiento donde otros fracasaban, unía su autoridad como decano de la Facultad de Medicina de París. En el verano de 1832, Orfila había caído gravemente enfermo como tantos otros de sus vecinos durante la primera gran epidemia de cólera. 

Mateu Orfila (1787-1853)

Había estado a punto de morir, pero finalmente consiguió restablecerse, tras varios meses convaleciente en su casa. Por ello, Orfila no pudo atender los requerimientos del fiscal de Angers con la rapidez que exigía el procedimiento judicial en marcha. A finales del mes de noviembre consiguió analizar un fragmento del pan sospechoso y redactó un informe que llegó al tribunal el día 6 de diciembre, cuando el fiscal estaba presentando, sin demasiadas esperanzas, sus conclusiones finales. Se pensaba que Plançonneau sería liberado. El nuevo informe pericial dio un giro inesperado porque Orfila afirmaba “sobre su honor” que había encontrado arsénico en el pan de los esposos Moreau. También anunciaba que sus análisis habían sido presenciados por Lassaigne, uno de los expertos que había dado un informe negativo. Además, anunciaba que estaba en disposición de mostrar “el arsénico metálico obtenido en la operación”. La defensa protestó de forma vehemente, pero no pudo evitar que el jurado declarara culpable a Plançonneau y que fuera condenado a la pena de muerte. Según un periodista que asistió al juicio, Plançonneau escuchó el veredicto sin manifestar ninguna emoción en su rostro.

Victor Hugo

En esos años la pena de muerte estaba siendo fuertemente cuestionada en el parlamento francés, gracias a la campaña emprendida por escritores como Victor Hugo, que nunca dejó de lucha contra este “horrible e inútil castigo”, el más irreparable de todos los fallos judiciales. Su crítica iba mucho más allá de las ideas de la mayor parte de sus contemporáneos. Acababa de publicar una de sus obras más conocidas sobre el tema, Le Dernier Jour d’un Condamné. En el prólogo que escribió para la edición de 1832, lamentaba que el debate sobre la pena de muerte solamente hubiera llegado al congreso francés cuando podía afectar a antiguos ministros, es decir, cuando ponía en peligro la vida de poderosos. Como recordaba Víctor Hugo, las verdaderas víctimas eran los miserales conducidos por su pobreza del robo al asesinato y de ahí a la guillotina. Decepcionado con sus antiguos compañeros de la Revolución de 1830, Víctor Hugo no pretendía solamente abolir la pena de muerte, algo que tampoco consiguió, sino “una reforma completa del sistema penal” para que no estuviera dirigido contra las clases más desfavorecidas de la sociedad.

Aunque no se alcanzó su erradicación, los debates sobre la pena de muerte impulsaron la aprobación en abril de 1832 de una nueva normativa judicial, que eliminaba los suplicios más degradantes infligidos a los reos, por ejemplo las mutilaciones o las marcas en la piel mediante hierro al rojo. Esta misma normativa también introdujo la posibilidad de alegar “circunstancias atenuantes” en casos de homicidio. En los años siguientes, los jurados emplearon frecuentemente este recurso para atenuar las consecuencias de los veredictos de culpabilidad en casos de envenenamiento, particularmente cuando los resultados de los análisis químicos eran contradictorios y existían dudas razonables acerca de las pruebas del veneno. Dicho de otro modo, es bastante probable que si el juicio de Plançonneau se hubiera demorado unos años, su vida habría acabado en prisión y no en la guillotina.

Cabezas de guillotinados

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¿Cuáles fueron las causas de la disparidad de resultados de los análisis químicos? Es cierto que muchos médicos y boticarios locales no podían estar al corriente de los últimos avances en métodos toxicológicos, pero Chevallier y Lassaigne eran dos prestigiosos analistas, que disponían de buenos laboratorios para realizar sus análisis. ¿Por qué sus resultados habían sido tan diferentes a los de Orfila? Al parecer, la clave se encontraba en la impaciencia: los primeros peritos no habían esperado el tiempo suficiente para que se formaran los precipitados químicos. Orfila afirmaba haber empleado más de tres días en obtener el precipitado amarillo característico del sulfuro de arsénico. La lentitud de la reacción química añadió más retraso en el informe que casi no llegó a tiempo al tribunal, como se ha visto.

En junio de 1833, la corte de casación de París rechazó el recurso planteado por los abogados de Plançonneau. Era su última oportunidad de escapar de la guillotina. En la mañana del 18 de febrero de 1833 una gran muchedumbre rodeó los muros de la fortaleza de Angers. Querían entrar a la plaza del castillo para poder presenciar la ejecución de Plançonneau. Muchos se tuvieron que conformar con verlo encadenado sobre un carro, junto con un clérigo y su verdugo. No he podido encontrar más detalles sobre la muerte de Plançonneau. Quizá fuera rápida y sin dolor, confirmando así el supuesto carácter humanitario del invento supuestamente atribuido al doctor Joseph-Ignace Guillotin. También es posible que la ejecución fuera similar a las que describió Víctor Hugo en sus obras, un suplicio atroz que revelaba la barbarie de la pena de muerte.  

Traité de toxicologie de Mateu Orfila (París, 1852), 5a edición

Más que la ciencia toxicológica, fue un cúmulo de coincidencias lo que llevó a Plançonneau a la guillotina: el inacabado debate sobre la pena de muerte, que no se dirigía a salvar a personas como Plançonneau; la novedad de la legislación sobre las circunstancias atenuantes, demasiado reciente para ser aplicada en este caso; y, finalmente, la cinética química o, dicho con palabras de la época, la velocidad de formación de precipitados arsenicales, combinado todo ello con la paciencia de los peritos y su predisposición para obtener pruebas incriminatorias concluyentes. Un pequeño cambio en cualquiera de estos ingredientes hubiera comportado probablemente un resultado diferente. Todavía resulta más inquietante que, en un célebre juicio celebrado en 1840, Orfila declarara que el precipitado de color amarillo canario, sobre el que había basado la sentencia de Plançonneau, no era suficiente para demostrar la existencia de arsénico. Los avances en las técnicas de análisis químico y, sobre todo, la llegada del nuevo ensayo de Marsh, le habían mostrado las incertidumbres de las pruebas que parecían tan seguras en 1832. Uno de sus más incansables críticos, François-Vincent Raspail, le preguntó: "¿Acaso la retirada de la conclusión errónea serviría para recolocar la cabeza sobre los hombros del acusado?" Orfila nunca contestó a esta pregunta, quizá porque se dirigía a la línea de flotación de la toxicología que defendía en los tribunales. Cuando escribió la última edición de su Tratado de Toxicología, un año antes de su muerte acontecida en 1853, Orfila incorporó los datos del caso Plançonneau como un ejemplo más de los peligros de la impaciencia, que podían dar lugar a falsos negativos. No hizo ninguna referencia a los cambios introducidos posteriormente en las técnicas de análisis, ni a los cambios en el valor de las pruebas, ni tampoco a los debates sobre la pena de muerte que rodearon el juicio. Volvió a recordar, eso sí, que su informe había llegado al tribunal de Angers “justo en el momento en el que se iba a cerrar la vista oral del juicio”. También estaba orgulloso de su efecto decisivo en el jurado: “el acusado, que habría sido indudablemente liberado sin mi informe pericial, fue declarado culpable y condenado a muerte”. Y para evitar cualquier remordimiento de conciencia, Orfila finalizó su reconstrucción con una información muy difícil de confirmar: “Plançonneau confesó su crimen justo antes de subir al cadalso”.