Sentido y sensibilidad: el ensayo de Marsh para detectar arsénico

23/02/2017 0 comentarios
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La química analítica parece una actividad poco apasionante. Todo parece reducirse a una tediosa labor de mejora de la velocidad, la sensibilidad y la selectividad de los ensayos químicos. Y, sin embargo, los químicos analíticos del siglo XIX se enfrentaron a complejos problemas epistemológicos y éticos. Tuvieron que convivir con las tensiones entre las pruebas judiciales y las científicas. Debieron confrontar los diferentes estándares de prueba en los tribunales y en los laboratorios. Y se vieron así sometidos a situaciones paradójicas y círculos viciosos de los que fue difícil escapar. La historia del ensayo de Marsh, el método más famoso para detectar arsénico, permite reconstruir estos problemas. Como se verá, aunque su capacidad para detectar cantidades muy pequeñas de veneno deslumbró inicialmente a los toxicólogos, pronto se comprobó que su alta sensibilidad podía producir sinsentidos judiciales.

La alarma causada por los crímenes de envenenamiento en Europa durante la década de 1830 tuvo consecuencias importantes. Impulsó la búsqueda de métodos de análisis más rápidos, seguros y sensibles, sobre todo para detectar pequeñas cantidades del "rey de los venenos": el arsénico. El método más famoso fue desarrollado por James Marsh (1794-1846), un colaborador de Michael Faraday (1791-1867) en la Royal Institution de Londres. Tras haber intervenido infructuosamente en algunos juicios, sin obtener resultados concluyentes, Marsh desarrolló un nuevo método basado en la reducción del arsénico a su estado metálico en forma de una fina capa. Presentó sus trabajos durante una sesión de octubre de 1836 de la Royal Society of Arts de Londres. En la imagen inferior se puede ver una versión de mediados del siglo XIX del ensayo. La muestra se colocaba en el recipente, se añadía ácido sulfúrico y cinc, y se obtenía un gas (arsina, un hidruro de arsénico) que se podía recoger en un recipiente en forma de arsénico metálico.

Arsénico - Marsh Test

El trabajo de Marsh fue entusiásticamente recibido por los químicos europeos. En Alemania, el químico Karl Friedrich Mohr (1806-1879) estudió su elevada sensibilidad y calculó que sus límites se encontraban en disoluciones de una parte de arsénico por 500.000 del líquido. Justus Liebig (1803-1873), el más famoso químico alemán de su tiempo, afirmó que tal sensibilidad estaba “más allá de todo lo imaginable”. Poco después, a principios de 1838, el nuevo método pasó a ser empleado ya en investigaciones toxicológicas en Inglaterra y Francia. Uno de los primeros en emplearlo fue un boticario de Fontainebleau. A finales de mayo de 1838, empleó el ensayo de Marsh para analizar los restos del estómago de una mujer recientemente fallecida. Consiguió retirar abundantes manchas metálicas y, en su informe pericial, alabó la eficacia del nuevo método por “su simplicidad, su aplicación fácil y la certidumbre completa en medicina legal”. El acusado, marido de la víctima, fue condenado a muerte.

Jurados deliberando

Además de su gran sensibilidad, el nuevo método de Marsh tenía una gran ventaja en los tribunales. La obtención del arsénico en estado metálico permitía mostrar el arma del delito frente al tribunal, después de haberla hallado en su escondite dentro del cuerpo humano. Tenía un efecto dramático para el jurado semejante a una daga ensangrentada obtenida de un cadáver brutalmente apuñalado. Los hechos parecían hablar por sí mismos, no requerían de la intermediación de peritos, como en el caso de las autopsias, los síntomas clínicos o los precipitados coloreados. Por estas razones, tal y como ya señaló el toxicólogo británico Robert Christison, se trataba de un procedimiento muy satisfactorio para impresionar “las mentes no científicas” de jueces y jurados.

Pero los hechos rara vez hablan por sí mismos… Y menos todavía en asuntos de toxicología, una actividad situada entre los tribunales y los laboratorios. La alta sensibilidad del aparato de Marsh era, en realidad, un arma de doble filo. Es cierto que permitía encontrar cantidades de veneno indetectables por los procedimientos anteriores, pero este mismo hecho también lo hacía más susceptible de producir falsos positivos (concluir la existencia de arsénico cuando no existía en la muestra). Como apuntaron sus críticos, los ensayos menos sensibles presentaban menores riesgos de detectar pequeñas impurezas arsenicales procedentes de recipientes y reactivos o del medio circundante al cadáver. El ensayo de Marsh, por el contrario, podía producir más errores de este tipo.  Por el contrario, era menos susceptible de ofrecer falsos negativos, es decir, de negar la existencia de arsénico en una muestra que sí lo contenía, incluso cuando las cantidades implicadas eran muy pequeñas. Cuando se trabaja en un laboratorio, dentro de una investigación científica, los falsos positivos y los falsos negativos son errores con consecuencias más o menos similares. Por el contrario, sus consecuencias son muy diferentes en los tribunales: no es lo mismo condenar a la guillotina a un inocente (falso positivo) que liberar a un culpable (falso negativo).

Pena capital

 

Un artículo anónimo publicado en los diarios franceses en septiembre de 1840 apuntaba ya esta cuestión. Según su autor, el método de Marsh era un “juez que merecía toda la confianza cuando declaraba al acusado ‘no culpable’, pero sus veredictos de culpabilidad podían ser apelados”. Quizá los falsos negativos de los métodos antiguos podían dejar libre a un envenenador, pero los falsos positivos del ensayo de Marsh tenían la todavía más peligrosa capacidad de conducir inocentes al cadalso. Estas cuestiones cobraron especial relevancia tras las nuevas nociones sobre los delitos y las penas de la Ilustración, que habían introducido una visión mucho más garantista del proceso judicial, con la intención de salvaguardar los derechos de los ciudadanos frente a falsos veredictos acusatorios. En esta línea de razonamiento se encontraba François-Vincent Raspail  cuando criticó el uso indiscriminado del aparato de Marsh. Durante un juicio celebrado en Francia en 1839, Raspail fue acusado de destruir las herramientas científicas para la persecución del crimen y de dejar en libertad a los envenenadores. Dirigiéndose al toxicólogo que así lo acusaba, Raspail respondió con indignación:

“¡Mi doctrina le parece alarmante para la sociedad! Pero… ¡si solamente pretende suspender la espada a punto de caer sobre la cabeza de inocentes… Sepa, señor, que la sociedad se alarma más de su doctrina que de la mía. Mi doctrina dice: ¡que escapen veinte culpables antes de comprometer la libertad y la vida de un inocente! Y, ¿sabe usted dónde está escrito este principio? ¡En el espíritu y en las disposiciones formales de todas nuestras leyes penales!”

Raspail

Raspail hacía bien en remarcar las tensiones entre pruebas judiciales y científicas. De este modo, los ensayos de alta sensibilidad reabrieron la discusión sobre las garantías procesales de los acusados. Obligaron a repensar las consecuencias diversas de los distintos tipos de errores judiciales. Algunos toxicólogos famosos, como Alphonse Devergie, llegaron incluso a afirmar que la “sensibilidad” del aparato de Marsh “era tan grande” que podía ser considerado como “un medio peligroso" para ser empleado en los tribunales. Las pequeñas cantidades detectadas podían proceder de casi cualquier parte, por lo que la alta sensibilidad del método de Marsh podía producir sinsentidos judiciales.  Dado que el arsénico era un producto habitual de la vida cotidiana existía una amplia gama de fuentes de contaminación: los papeles pintados con colorantes arsenicales, las tierras arsenicales de los cementerios, los medicamentos arsenicales ingeridos por las víctimas, las lociones capilares… Incluso se encontraron minúsculas cantidades de arsénico en algunos contravenenos habitualmente empleados para combatir este tipo de envenenamiento! Pero la fuente más insidiosa de contaminación, y la más sorprendente, se detectó dentro del cuerpo humano. A finales de los años treinta, poco después de introducirse el ensayo de Marsh, se descubrió que el cuerpo humano sano contiene cierta cantidad de arsénico, lo que se denominó en lo sucesivo “arsénico normal”. O eso pensaban algunos toxicólogos. El tema dio lugar a una larga controversia que se prolongó hasta principios del siglo XX, por lo que merece ser tratada en otra entrada de este blog.