Biólogos "de bata" versus biólogos "de bota"

19/03/2017 4 comentarios
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La comunidad científica no es una entidad homogénea. En su seno se desarrollan distintas culturas epistémicas, es decir, distintas prácticas por medio de las cuales los especialistas se organizan para producir, entender y comunicar el conocimiento científico. Esta diversidad cultural tiene interesantes consecuencias sobre la propia noción de ciencia y sobre las relaciones ciencia-sociedad.

En la década de 1980, cuando yo estudiaba ciencias biológicas en la Universidad de Sevilla, los estudiantes solíamos diferenciar entre aquellos que se dedicaban a investigar en el laboratorio (niveles molecular, celular y tisular), a los que llamábamos biólogos "de bata", de aquellos que su labor investigadora se desarrollaba básicamente en el campo (niveles individual, poblacional y ambiental), a los que llamábamos biólogos "de bota". La oposición puede parecer demasiado pueril, una ocurrencia de imberbes, toda vez que la vida es un fenómeno integral que requiere una visión holística de sus distintos niveles de organización, pero no es menos cierto que el juego de palabras retrata bien uno de los puntales más sólidos que caracteriza a la ciencia moderna: la especialización

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En fecha tan precoz como 1930, Ortega y Gasset, posiblemente nuestro más egregio filósofo, ya critica duramente esa creciente tendencia a parcelar la ciencia en diferentes áreas del saber. En su lúcido ensayo "La barbarie del 'especialismo'", Ortega hilvana un feroz ataque a la especialización, actividad, por cierto, que le ha permitido a la ciencia moderna su espectacular desarrollo, desde mediados del siglo XVIII. Debido a la propia dinámica de la ciencia, el científico (que Ortega denomina hombre de ciencia y no duda en tildar de prototipo del hombre-masa) se ve abocado a especializarse, a recluirse en campos del conocimiento cada vez más restringidos, lo cual lo convierte en "un primitivo, un bárbaro moderno".

Gracias a la especialización, el acervo de conocimientos científicos se incrementa exponencialmente pero también se detecta un efecto perverso: dado que el científico va perdiendo de forma paulatina el contacto con otros dominios de la ciencia, ajenos a su especialidad, su visión global del conocimiento y del papel de la propia ciencia en la sociedad se torna cada vez más miope. El especialista –nos dice Ortega- “no es un sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante, porque es un ‘hombre de ciencia’ y conoce muy bien su porciúncula de universo”.

Esos conglomerados de prácticas llamados culturas epistémicas 

Setenta años después de que Ortega expusiera estas clarividentes ideas, la socióloga austríaca Karin Knorr-Cetina propone y desarrolla la noción de culturas epistémicas. Epistémicas se refiere aquí a las prácticas que asumen los especialistas para promover aquellos conocimientos que sancionan como “verdaderos”; se puede decir que estas prácticas establecen cómo se sabe lo que se sabe. Las culturas epistémicas, por consiguiente, consisten en y están constituidas por un conjunto de prácticas orientadas a producir, validar y comunicar conocimiento científico. En concreto, tienen que ver con el enfoque empírico dado a los problemas, la forma de entender el objeto de investigación, el tipo de instrumentos que se utilizan y las formas de organización social. El foco central del pensamiento de Knorr-Cetina es cómo las ciencias (en plural) generan conocimiento.

Sin embargo, el conocimiento científico no puede entenderse como algo que aumenta exclusivamente nuestra certeza sobre el mundo. No podemos obviar que el enorme caudal de conocimientos producido por las ciencias también lleva asociado altas cotas de incertidumbre. Evidentemente, las culturas epistémicas contribuyen a acrecentar los conocimientos genuinos, pero también abren una brecha en nuestra “ignorancia basada en la ciencia”, en palabras del filósofo de la ciencia británico Jerry Ravetz. ¿Qué significa esto? Parece claro: hay una producción desenfrenada de conocimiento, pero este nuevo conocimiento también plantea nuevos interrogantes. Por tanto, conforme aumenta nuestro saber también aumenta nuestra ignorancia, sobre todo con relación a las eventuales consecuencias de las innovaciones tecnológicas.

Pero, ¿cómo las prácticas de los científicos configuran y son configuradas por las culturas epistémicas? Tras analizar las prácticas en dos áreas como la física de altas energías y la biología molecular, Knorr-Cetina llega a la conclusión de que en ambos campos de investigación las prácticas son dispares y, por tanto, las maneras que físicos y biólogos tienen de enfrentarse al conocimiento son diferentes, “ven” con lentes diferentes.

Así, por ejemplo, el físico que investiga en el dominio de las altas energías presta mucha atención a lo que Knorr-Cetina llama “conocimiento liminal”, esto es, al conocimiento que está en los límites, que es fronterizo, confuso, ambiguo. Suele estar al quite de las perturbaciones, distorsiones, errores o sucesos inesperados que pudieran aparecer en el trascurso de sus experimentos. Los recientes experimentos llevados a cabo en el CERN para corroborar la existencia del bosón de Higgs son un buen ejemplo. En cambio, al biólogo molecular no le interesa demasiado ese conocimiento liminal y, por tanto, no presta mucha atención a los errores o perturbaciones que devienen en incertidumbre. Si le fallan los experimentos o los resultados que obtiene no son los esperados, renuncia a explorar las posibles causas de esos sesgos. Se dedica más bien a variar las condiciones experimentales hasta lograr lo que espera. Esto, nos dice Knorr-Cetina, no debe interpretarse como una forma correcta de actuar del físico y una negligente del biólogo, sino que es más bien el resultado de las restricciones y requerimientos específicos que cada campo de investigación les impone, así como de los fenómenos que les interesa a cada uno.

Decía la célebre banda de rock progresivo King Crimson en “Epitaph”, uno de sus temas más memorables, que “el conocimiento es un amigo mortal si nadie fija las normas” (“Knowledge is a deadly friend If no one sets the rules”). A tenor de las investigaciones de la socióloga austríaca esto es lo que las distintas culturas epistémicas parecen hacer  al establecer sus propias normas. La monolítica y simplista noción de “comunidad científica” se resquebraja.

Los transgénicos y las culturas epistémicas

Todo esto está muy bien. El científico obtiene, valida y comunica el conocimiento gracias a prácticas y reglas que varían de un área de investigación a otra, de una tradición epistémica a otra. Pero, ¿qué ocurre cuando el fenómeno bajo escrutinio es controvertido, implica a más de una cultura epistémica y puede tener consecuencias transversales? La disputa sobre los organismos modificados genéticamente (OMG), también llamados transgénicos, es un ejemplo ilustrativo de lo que ocurre.

Los OMG se convierten en un asunto polémico en la década de 1990, cuando gobiernos, instituciones científicas, organizaciones de activistas, industria, medios de comunicación y ciudadanos participan en un acalorado debate sobre la incertidumbre científica, los riesgos para la salud y el medioambiente, así como la manera más idónea de comunicar la ingeniería genética al público general. Así, por ejemplo, Monsanto -una de las más grandes empresas multinacionales interesadas en que los transgénicos se comercialicen sin moratorias ni pegas de orden jurídico- defiende lo que cree una verdad incontestable: si se le brinda al público los hechos científicos de la modificación genética, éste estará en disposición de aceptarla. Sin embargo, Monsanto ignora que mucho del rechazo que la gente siente hacia los transgénicos no deriva tanto de que desconozcan la viabilidad de la tecnología o su base científica como de las dudas que estas prácticas le generan sobre la seguridad para los seres humanos y el medio ambiente, amén de sus implicaciones futuras de orden ético, socio-económico y político.

                                                            Cómo se hace un transgénico

Los modelos Lego y Ecosistema, dos maneras diferentes de entender el genoma

Pero el debate sobre los OMG no se circunscribe solo a la arena pública, también se dirime en el núcleo cerrado de los expertos. Y es aquí donde viene en nuestro auxilio el concepto de culturas epistémicas, de Knorr-Cetina. Dentro de la comunidad científica se han identificado dos maneras de comprender el genoma (el conjunto de genes que portan la información necesaria para el desarrollo de un organismo) y, por ende, dos maneras de concebir las consecuencias de insertar genes procedentes de un organismo A en otro organismo B. A la primera manera se la conoce como modelo Lego, en alusión a la empresa danesa de juguetes reconocida popularmente por sus piezas de plástico que pueden ensamblarse. A la segunda se la conoce por modelo Ecosistema, en referencia a las interrelaciones que se establecen entre distintos niveles de organización dentro de un ecosistema. Para entender este último modelo, basta que imaginemos la siguiente situación ecológica: un tipo de árbol exuda a través de su tronco una sustancia que al volatilizarse atrae a las hembras de una especie de escarabajos; al alimentarse de la corteza, las hembras ingieren la sustancia química que, a su vez, estimula la secreción de feromonas sexuales. Dependiendo de la densidad de escarabajos, las feromonas actúan como atractivas o repulsivas para los machos, por lo que, en última instancia, funcionan como reguladoras de la población de coleópteros. Como ilustra bien el ejemplo, las interacciones descritas se producen a distintos niveles: como mínimo del molecular al poblacional. Pues bien, esta digresión es importante porque nos va a permitir entender por qué estas dos culturas epistémicas (la de los biólogos moleculares/genetistas/biotecnólogos y la de los ecólogos/científicos ambientales) se materializan en dos “maneras de ver” la realidad de los OMG.

                                               Documental “Semillas esclavas” (Programa “Crónicas”, TVE La 2)

El Lego es un modelo mecanicista y reduccionista que asume que los genes funcionales se añaden al o se suprimen del genoma de la planta o animal para producir el fenotipo deseado, esto es, el rasgo físico o funcional que se busca intencionadamente al introducir el gen foráneo en el organismo receptor (que se convierte así en transgénico). Para el biólogo molecular el riesgo de esta práctica se reduce a comprender: (1) cómo funciona el gen en el organismo donador (es decir, qué proteína codifica), (2) si una vez introducido el gen en el organismo receptor expresa esa proteína como lo hace en el organismo donador, (3) cuánta expresión hay de la proteína, es decir, si se expresa a niveles normales o anormales, (4) qué vector (molécula que se utiliza para transferir ADN) se usa para introducir el gen, y (5) qué otros genes (como, por ejemplo, genes de resistencia a antibióticos) son transportados por el vector.

Como podemos observar, el biólogo molecular se preocupa por comprender cómo funciona el gen en el organismo donador A, cómo lo hace en el receptor B y cómo de pulcro, preciso y efectivo debe ser el transporte del gen desde el organismo A al B. O dicho en román paladino: le interesa comprender el mecanismo por el cual si introduce un gen de una bacteria y dos genes del narciso en el genoma del arroz obtiene un alimento con mayor cantidad de vitamina A.

El Ecosistema, por su parte, es un modelo que aboga por una visión no reduccionista del genoma. Considera que el gen foráneo que se añade puede afectar a otros genes próximos o distantes con respecto al foráneo. Para el científico adscrito a este modelo, la "posición del gen" en el genoma puede afectar a la regulación de otros genes. Por tanto, dice el experto en medioambiente, cuando se manipula el genoma de un organismo no pueden tratarse los genes como meras piezas intercambiables sino más bien como entidades que funcionan en contexto. Es por ello que se inquieta por los potenciales efectos negativos que la manipulación genética pudiera provocar en el organismo receptor y/o en su entorno.

En resumen, el biólogo molecular debido a la tradición epistémica en la que se ha formado, suele orientar sus esfuerzos a controlar las condiciones de experimentación, descontextualizar in vitro lo que ocurre in vivo y reducir la complejidad de lo vivo a entidades concretas y aisladas (genes como piezas manipulables, controlables e intercambiables). Su actitud hacia el riesgo es de “confianza cuasi-ciega”, derivada de sus prácticas cotidianas en el laboratorio y de no encontrar incertidumbres al nivel molecular. Además, se suele centrar en los productos obtenidos y su comercialización. Por el contrario, el científico ambiental debido a la tradición epistémica en la que se ha formado, suele orientarse a gestionar la incertidumbre inherente a su trabajo con una metodología sensible a los resultados imprevistos y contingentes. Su actitud hacia el riesgo se fundamenta en el “principio de precaución”, puesto que tiene reticencias para reducir a variables aisladas y predecibles la complejidad de su objeto de estudio. Suele, por tanto, centrarse en los procesos y en la conservación de los sistemas.

Aquellas ocurrencias estudiantiles de la “bata” y de la “bota” escondían, pues, una insospechada enseñanza: eso que de manera tan alegre se llama “comunidad científica” no puede reducirse a una entidad homogénea, a un grupo de personas que se plantean de la misma manera los problemas y los abordan con un idéntico y único método -el científico-, puesto que, como nos muestran estos ejemplos, no siempre los científicos ven la misma cosa de la misma manera.

 

Para ampliar información:

Ortega y Gasset, José (1999): La rebelión de las masas, Barcelona: Círculo de Lectores.

Knorr-Cetina, Karin (1999): Epistemic Cultures. How the Sciences Make Knowledge, Cambridge, Mass. /London: Harvard University Press.

Funtowicz, Silvio O. & Ravetz, Jerome R. (2001): “Global risk, uncertainty, and ignorance”. En: Kasperson, Jeanne X. & Kasperson, Roger (Eds.): Global Environmental Risk, New York: United Nations University Press and Earthscans Publications Ltd.

Böschen, Stefan et al. (2006): “Scientific Cultures of Non-Knowledge in the Controversy over Genetically Modified Organisms (GMO). The Cases of Molecular Biology and Ecology”, GAIA 15/4: 294-301.

Krimsky. Sheldon (2005): “From Asilomar to Industrial Biotechnology: Risks, Reductionism and Regulation”, Science as Culture 14(4): 309-323.

Maeseele, Pieter (2009): “NGOs and GMOs. A Case Study in Alternative Science Communication”, Javnost-The Public 16(4): 55-72.