La llegada o cómo el lenguaje construye realidades

29/01/2017 5 comentarios
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Este texto no es una reseña de cine ni un comentario crítico. Más bien es una reflexión en voz alta acerca de ciertas cuestiones sociolingüísticas y de las relaciones entre las dos culturas, la científica y la humanística, que, desde mi punto de vista, plantea el filme La llegada (2016). La llegada explora de forma original la comunicación entre humanos y alienígenas, aunando física y lingüística. Recomiendo ver la película antes de leer la entrada. [Atención, contiene Spoilers].

A Mp.

Entre los años 2004 y 2007 trabajé como responsable de comunicación del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), más conocido como CAB. Allí tuve la oportunidad de conocer de primera mano muchas investigaciones punteras en áreas como microbiología, química prebiótica, geología planetaria o ingeniería robótica.

Recuerdo bien mi llegada al CAB. Un coche oscuro me recogió en el control de acceso, media hora después de acreditarme para poder acceder al campus del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). Tras las presentaciones de rigor, el conductor del coche oscuro enfiló una larga avenida escoltada por oficinas e institutos tecnológicos de aspecto anticuado, hasta que, por fin, viró a la izquierda hacia una sinuosa carretera que anunciaba un camino solitario. Pocos kilómetros después, al tomar un recodo y dejar a la derecha una colina baja, apareció ante mis ojos el CAB. Mi primera impresión fue de asombro: ¡un imponente edificio plateado semejante a una nave espacial en medio de un prado, entre un bosquecillo de pinos y un lago de aguas mansas!

En los meses que siguieron, husmeé en cada rincón, pregunté a quienes los manejaban por la finalidad de instrumentos y artilugios y examiné el lenguaje utilizado por científicos e ingenieros para comunicarse entre sí y elaborar los conocimientos que daban por buenos. Desde luego, aquel recinto inmaculado y sus ocupantes invitaban al noble arte de la especulación

 Centro de Astrobiología (CAB)

Desde pequeño me atrajo la idea de que otras regiones del universo albergaran vida y, allí, en el CAB, en ese ambiente tan propicio, se me brindaba la oportunidad de indagar más en profundidad sobre ello.

Por supuesto, la mayor parte de mis casi tres años de estancia los dediqué a intentar comprender enigmas como el de los planetas de tipo terrestre en otros sistemas solares, las increíbles adaptaciones de los microorganismos extremófilos, las condiciones de habitabilidad antiguas o actuales en Marte o Europa, o los formularios para la declaración trimestral del IVA. No obstante, en algunas ocasiones, la imaginación me trasportaba a territorios aún más complejos, aún más improbables, aún más peliagudos.

Elucubraba en silencio sobre la posibilidad de un contacto real entre los humanos y una civilización extraterrestre avanzada. Me preguntaba cómo podría ser la biología de tales seres ficticios, pero, sobre todo, cómo sería la primera comunicación y si ambas especies tendríamos la capacidad de encontrar códigos comunes para llevarla a buen término. 

 [Viñeta 'First Contact' de Nick Kim]

Digo que elucubraba en silencio no porque no pudiera compartir con mis buenos amigos científicos estos pensamientos, siquiera en una sobremesa. No. El motivo de mi silencio era otro: mi incapacidad para pergeñar con un mínimo de rigor el espinoso problema de la comunicación intercultural entre terrícolas y alienígenas. Mis especulaciones eran fragmentarias, poco estructuradas, retazos inconexos de contactos explorados por la literatura y el cine de ciencia ficción, casi siempre desde una perspectiva etnocentrista. Y ese etnocentrismo (para ser más preciso, ese norteamericano-centrismo) sólo me parecía digno para echarse unas risas o, todo lo más, para poner de manifiesto, no sin cierta resignación, la omnipresencia de la cultura yanqui. ¿Por qué siempre los extraterrestres hablan en perfecto inglés o trasmiten por medio de la telepatía sus ideas en la lengua de Mark Twain? Ya sé que la mayoría de los autores de ciencia ficción son angloparlantes y que el inglés es la lingua franca, pero intuía que por ahí no iban los tiros.

El planteamiento de La llegada

Y casi diez años después de mi salida del CAB llega La llegada, una película que trata de manera original esa quimérica comunicación entre extraterrestres y humanos. El meollo intelectual de la historia trata de las estrechas relaciones entre lenguaje, pensamiento y realidad. Como se verá a continuación, a pesar de que el fundamento sociolingüístico del relato fílmico es complejo, el guion de Eric Heisserer (basado en el relato de Ted Chiang ‘La historia de tu vida’) resuelve este escollo de una manera ingeniosa y con una lógica interna impecable, no exenta de perdonables licencias. 

Louise Banks, una profesora de lingüística conocedora de lenguas tan dispares como el farsi-darí o el portugués, y el físico teórico Ian Donnelly son requeridos por el gobierno de EE.UU. para que descifren el lenguaje de una especie alienígena heptápoda, cuyas singulares naves han aparecido de forma simultánea en doce lugares distintos del planeta. El decidido coronel Weber se presenta en el despacho universitario de Louise y le insta a esclarecer por medio de audios el lenguaje alienígena, una mezcla ininteligible de cliqueos orgánicos, chapoteos acuosos y roncos susurros. Sin embargo, la lingüista rechaza el ofrecimiento alegando que carece de un manual de instrucciones que le permita interpretar esa jerigonza. Para dilucidar el propósito de la llegada, asegura Louise, es imprescindible interactuar con los extraterrestres y enseñarles inglés. Después de un tira y afloja, el militar accede a trasladarla, junto a Ian, hasta Montana, donde una de las naves levita a escasos metros del suelo.

Cartel de La llegada.jpg

El primer encuentro en el interior de la nave perfila los elementos contextuales, determinantes para establecer algún tipo de comunicación: una mampara traslúcida que separa a dos seres similares a cefalópodos (que Ian bautizará con los pintorescos nombres del dúo cómico Abbott y Costello) de cinco humanos (la lingüista, el físico y tres militares), aparatos audiovisuales, una pizarra blanca (sustituida en una fase avanzada del proceso comunicativo por una tableta digital), un rotulador y el hecho de que Louise e Ian se quitan la escafandra para dejar visibles sus caras. En la parte alienígena, uno de los heptápodos parece controlar con dos de sus tentáculos una consola en el suelo. 

Al principio Louise se centra en la comunicación fonética, pero pronto se percata que necesita de ayuda visual. Escribe en la pizarra la palabra “HUMAN” y se señala a sí misma y a cada miembro del equipo. Luego apunta a uno de los alienígenas y le pregunta de viva voz qué es. Respuesta: sonido de golpe. Uno de los tentáculos se alarga y expulsa una nube de tinta negra que forma en la pared trasparente un símbolo anular, un semasiograma. Los semasiogramas son símbolos gráficos que se interpretan y pueden traducirse más o menos fielmente a la lengua oral, pero carece de sentido leerlos en voz alta palabra a palabra (cosa que sí puede hacerse con las lenguas llamadas glotográficas, como la nuestra). El más alto de los heptápodos se adelanta y se señala con uno de sus tentáculos a la par que emite un sonido vibratorio. Louise sonríe satisfecha: acaba de tener un intercambio real con un extraterrestre.

En encuentros posteriores, Louise escribe más palabras en la pizarra (o tableta) mientras Ian registra todo en su portátil. Sin embargo, la mente castrense del coronel Weber es reticente a que Louise enseñe inglés a los alienígenas, so pretexto de que pueden vulnerar los sistemas de seguridad. Louise es tozuda y le asegura que es la única forma de entablar una comunicación efectiva con ellos. Weber cede, pero le exige que incorpore el vocablo “WEAPON” al listado de palabras que debe mostrarle antes de cada sesión.

A medida que Louise aprende la lengua heptápoda, el diálogo con los extraterrestres se hace más fluido y, lo que es más inquietante, comienza a adquirir nuevas y extrañas habilidades mentales: tiene desconcertantes visiones prospectivas de su vida. Por su parte, los países en cuyo territorio hay naves alienígenas, con China a la cabeza, suspenden el intercambio de información, puesto que sus expertos sospechan que los heptápodos son belicosos. Instigada por el coronel Weber, Louise se ve abocada a preguntarle a Costello por la razón de su venida a la Tierra. Costello le espeta: “OFFER WEAPON”. Esta respuesta dispara todas las alarmas del gobierno, a pesar de que Louise e Ian se afanan en señalar que es muy posible que los alienígenas no hayan utilizado el término “WEAPON” en un contexto adecuado. Louise explica a los militares que quizás aún no entiendan la diferencia entre “WEAPON” y “TOOL”, como, a veces, ocurre en nuestra cultura en la que ambos conceptos se pueden usar indistintamente.  

Esta capacidad de precognición, es decir, de conocer de manera anticipada lo que va a suceder en el futuro, le permite a Louise resolver el enigma de la llegada y, a la postre, conseguir que los líderes mundiales trabajen de manera cooperativa. 

En un diálogo revelador, Ian le dice a Louise que está leyendo sobre la posibilidad de que sumergirse en una determinada lengua puede modificar la estructura y función del cerebro. Louise asiente y le responde que eso es precisamente lo que formula la hipótesis de Sapir-Whorf.

 [Semasiograma heptápodo]

La hipótesis de Sapir-Whorf

Hace siglos que la tríada lenguaje-pensamiento-realidad es motivo de acalorado debate (véanse, por ejemplo, las ideas precursoras de Wilhelm von Humboldt y Johann G. Herder sobre el relativismo lingüístico o el universalismo lingüístico propugnado por Noam Chomsky). La tríada también ha sido explorada por la ciencia ficción blanda (soft science fiction), esto es, por aquella que se centra más en la gente y sus relaciones que en los detalles técnicos, más en la humanidad que en la tecnología: un ejemplo señero es la novela de Samuel R. Delany Babel-17, de 1966. Sin embargo, que yo sepa, esta es la primera vez que se lleva al cine una historia cuyo eje cardinal es la hipótesis de Sapir-Whorf.

La hipótesis perfila el llamado principio del relativismo lingüístico que entronca con la lingüística cognitiva y el fascinante campo de la neurolingüística. El principio sugiere que la cultura, mediante el lenguaje, afecta nuestra manera de pensar, en especial nuestra forma de clasificar el mundo que percibimos. Lejos de ser una excentricidad de Benjamin Lee Whorf y Edward Sapir, el relativismo lingüístico es una manifestación de un viejo problema filosófico: el vínculo siempre polémico entre sujeto cognoscente y objeto cognoscible. Se atribuye a Wilhelm von Humboldt (1767-1835) el honor de ser el primer relativista lingüístico: la realidad es siempre realidad descrita por medio del lenguaje y, por tanto, la lengua no puede reducirse a un mero vehículo para nombrar un mundo de objetos preexistentes sino que es ella misma la productora de tal mundo. “El hombre vive con los objetos de la manera como el lenguaje se los presenta”, asevera Humboldt.

En esta línea están los célebres estudios de Whorf sobre la lengua hopi. Según Whorf, el hopi carece de un concepto lineal del tiempo (pasado-presente-futuro), tal como lo conocemos en occidente. Más bien, el hopi categoriza “lo que acontece” de dos maneras antagónicas: objetivamente y subjetivamente. La idea de que la estructura del hopi influye en la percepción del tiempo puede rastrearse en el diálogo final que Louise (L) mantiene con Costello (C):

L: "Necesito que envíes un mensaje a los demás sitios” [se refiere a los otros lugares del planeta en los que hay naves]

C: “Louise tiene arma. Usar arma”

L: “No entiendo. ¿Cuál es tu propósito aquí?”

C: Nosotros ayudar humanidad. En 3000 años necesitamos ayuda de humanidad

L: “¿Cómo pueden saber el futuro?” [tiene otra visión prospectiva de la misma niña que se le aparece en visiones previas]. “No entiendo. ¿Quién es esa niña?” [prosiguen las visiones hasta que comprende que esa niña será su futura hija]

C: "Louise ve el futuro. Arma abre tiempo".

En efecto, el lenguaje heptápodo permite a quien lo asimila ver el futuro. Después de dialogar con el heptápodo, Louise encaja cada pieza de su puzzle precognitivo. Así se lo explica a Ian y Weber: “Lo puedo leer. No es un arma, es un regalo. El arma es su lenguaje. […] Cuando lo aprendes bien empiezas a percibir el tiempo como ellos. Puedes ver lo que va a pasar. El tiempo es distinto para ellos, no es lineal”.

En la actualidad se piensa que la hipótesis presenta dos versiones, una fuerte y otra débil. La versión fuerte de la hipótesis (determinismo lingüístico) afirma que el lenguaje determina el pensamiento, lo cual significa que un individuo piensa y percibe la realidad en función de la estructura de su lengua natural. Es fácil concluir de esta premisa que las lenguas son inconmensurables y, por tanto, intraducibles. Sin embargo, el eje narrativo de la película es que los humanos pueden traducir a los heptápodos, y viceversa.

Por tanto, es plausible pensar que la historia se ajusta más a la versión débil de la hipótesis (diversidad lingüística), esto es, a la que defiende que el lenguaje afecta en menor o mayor grado a la cognición, pero no la determina. De esta manera, La llegada propone que el lenguaje, además de vehículo de intercambio informativo, influye en el pensamiento y en la percepción, de tal modo que contribuye a que interlocutores humanos y extraterrestres construyan realidades compartidas.

¿Ciencias versus Humanidades?

Otro aspecto interesante que, en mi opinión, se apunta en el filme es el imperecedero debate entre ciencias y humanidades; debate que, incluso, devino en conflicto con el advenimiento de las llamadas guerras de la ciencia. La popular expresión, atribuida al editor de la revista Social Text Andrew Ross, hace referencia a los enfrentamientos académicos entre científicos sociales y científicos naturales que se desencadenaron en la década de 1990.

En el helicóptero que los traslada a Montana, Ian se presenta con una cita extraída de un libro de la propia Louise: “El lenguaje es el fundamento de la civilización. Es el cimiento que sostiene a un pueblo, y es la primera arma que se dibuja en un conflicto." A pesar de que Ian reconoce la excelencia de esta idea no duda en tildarla de errónea: “La piedra angular de la civilización no es el lenguaje. Es la ciencia.”

Aquí no acaba la arrogancia científica que encarna Ian. Cuando se reunen para planificar qué estrategia seguir para comunicarse con los heptápodos, Louise sugiere que la mejor garantía para aprender la lógica de su lenguaje es enseñarles inglés. Ian aduce que lo más sensato es, sin duda, presentarles los números del 1 al 10 para después plantearles algunos problemas básicos de matemáticas. Louise no entiende cómo las matemáticas podrían ayudar a preguntar a un heptápodo por el propósito de su llegada. La discrepancia de criterios da lugar a una pequeña discusión, pero Ian no es capaz de convencerla y prevalece la propuesta de Louise.

Estas primeras fricciones entre el físico teórico y la lingüista ilustran la famosa brecha entre la cultura científica y la cultura humanística, que ya denunciara en 1959 Charles P. Snow. Pero la arrogancia va dejando paso a la admiración. Conforme Louise progresa en su comprensión del lenguaje heptápodo, Ian cambia su inicial visión reduccionista para acabar aplaudiendo los métodos lingüísticos de Louise.

En un momento álgido del proceso comunicativo, los heptápodos dibujan en el muro traslúcido una maraña de símbolos, algo así como un complejo mapa de semasiogramas. Ian le dice a Weber que para descifrar ese enmarañado mapa es preciso que su equipo trabaje codo con codo con el de Louise. El análisis que realiza Ian del mapa depara una intrigante sorpresa: un patrón matemático en la disposición del símbolo “TIME” (previamente identificado por Louise). La regularidad observada les pone en la pista para inferir que la escritura heptápoda es no lineal, es decir, que el tiempo alienígena es maleable. El peculiar lenguaje de los heptápodos condiciona, por tanto, su manera de pensar y de percibir el tiempo: “es como si supieran todo lo que van a decir, antes de que lo digan”, concluye Louise.

En este sentido, la película es un claro alegato en favor del trabajo interdisciplinar: aunque casi siempre Ian va a rebufo de Louise, aporta interesantes observaciones para avanzar en el conocimiento del lenguaje e intenciones extraterrestres. En efecto, física teórica y lingüística, ciencias y humanidades, establecen vínculos creativos para abordar un problema complejo: dilucidar la naturaleza de un lenguaje alienígena y cómo éste afecta a la manera de percibir la realidad. La brecha cultural aquí se sutura.

Para ampliar información:

Humboldt, Wilhelm von (1990): Sobre la diversidad de la estructura del lenguaje humano, Barcelona: Anthropos.

Sapir, Edward (1971): El lenguaje. Introducción al estudio del habla, México: Fondo de Cultura Económica.

Snow, Charles P. (1977): Las dos culturas y un segundo enfoque, Madrid: Alianza Editorial.

Whorf, Benjamin L. (1999): Lenguaje, pensamiento y realidad, Barcelona: Círculo de Lectores.