PARÁBOLA PARA EL CARNAVAL DE LA QUÍMICA 2012

09/02/2012 1 comentario
Menear
Esta entrada participa en la XII Edición del Carnaval de Química, alojado en el blog Historias con mucha química (como todas) gestionado por María Docavo.

Para participar en el Carnaval, en el que hay contribuciones literario-científicas, se me ha ocurrido reciclar un antiguo texto que apareció, en versión castellana, en el libro "Tortilla quemada: 23 raciones de química", editado en 2005.  Espero que el lector lo disfrute. Reutilizar y reciclar son hoy virtudes cívicas que hay que promocionar..

*******************

PARÁBOLA DE LA MAYONESA Y EL AJIACEITE

… y, poniéndose en pie ante sus discípulos, les propuso esta parábola:

 

"

El reino de los hombres es parecido a un joven príncipe que heredó un palacio, y para celebrarlo, preparó un gran banquete para todos sus amigos. Dispuso que hubiera una salsa llamada mayonesa, y otra salsa denominada ajiaceite o alioli. Ambas eran originarias de remotas tierras de los confines del imperio, y el príncipe las había conocido en ocasión de una expedición.

 

            El jefe de cocina ordenó a los cocineros que empezaran a trabajar. Cuando llegó el momento de servir las salsas, el ajiaceite se había cortado, y por más esfuerzos que se hicieron, no hubo manera de volverlo a ligar. El jefe de cocina pidió humildes disculpas al príncipe, porque aquella salsa se había descompuesto y él no sabía la causa. El príncipe se enfadó mucho, pero escondió su disgusto ante los invitados, su afán de comer la salsa venció su enojo, y el convite prosiguió sin más incidentes. Todos elogiaron los sabores de ambas salsas, tan diferentes entre ellas y tan cercanas de origen.

 

            Pero al día siguiente el príncipe y todos los invitados se levantaron con una descomposición de las tripas, una fiebre y una debilidad tan acusadas que les impidió dedicarse a sus ocupaciones habituales. El príncipe, desde la cama, reunió las fuerzas que le quedaban y ordenó que encarcelaran al cocinero que había preparado el ajiaceite, porque, basándose en el principio de la similitud, el príncipe atribuía su propia descomposición a la descomposición de la salsa.

 

            El médico del príncipe, un hombre viejo y prudente, fue a visitar al enfermo y éste le contó sus sospechas. El médico pidió que le trajeran muestras de todo lo que se había servido en el banquete, y dio un poco de cada comida a cada uno de los perros del jardín de palacio.

 

            Al día siguiente, todos los perros estaban llenos de salud, menos el que había comido la mayonesa, que tenía todos los síntomas de la enfermedad del príncipe y de sus invitados.

 

            Entonces el médico habló al príncipe y le dijo:

 

            —Habéis obrado, señor, con vehemencia e imprudencia, encarcelando al cocinero que ha preparado el ajiaceite. Ahora veis bien claro que es la mayonesa y no el ajiaceite la responsable de vuestro mal. Os habéis fiado de lo que ven los sentidos más inmediatos, cuando la causa de un mal acostumbra a estar oculta a los ojos humanos. Las apariencias, buen príncipe, suelen engañarnos.

 

            Al príncipe le parecieron palabras muy sabias y mandó enseguida que encarcelasen al cocinero que había preparado la mayonesa. Pero el médico le replicó enseguida:

 

            —Mal haríais, señor, encarcelando al cocinero, que ha seguido al dedillo las instrucciones que conocía y no es responsable de que un agente desconocido haya corrompido la mayonesa de una manera tan sutil que los ojos humanos no pueden apreciar.

 

            El príncipe, que veía que su médico tenía razón, le replicó:

 

            —Así pues, ¿nunca podré volver a comer mayonesa, por miedo a que esté infectada, ni ajiaceite, porque no me gusta la vista de la salsa descompuesta?

 

            El médico le tranquilizó diciendo:

           

            —Mandad, señor, que vuestros cocineros hagan mayonesa con un chorrito de vinagre o de zumo de limón, ya que los ácidos ahogan la corrupción invisible a los ojos, y comeos la mayonesa con confianza. Y por lo que respecta al ajiaceite, deberíais tener cocineros nativos de los confines del imperio para que, con sus secretos, impidan que el ajiaceite se descomponga en sus ingredientes. Os lo podéis comer con toda confianza aunque parezca descompuesto, pero si no os gusta su visión, haced que lo preparen añadiéndole un huevo. No será el ajiaceite genuino, pero también os complacerá. Las sustancias que contiene el huevo favorecen que productos tan dispares como los ajos y el aceite puedan convivir juntos y mezclarse íntimamente sin conflictos durante mucho tiempo.

 

            Al oír estas palabras el príncipe se puso muy contento y quiso regraciar al médico que las había pronunciado, pero tuvo que abandonar la cama precipitadamente porque un asunto ineludible le requirió.

 

•   •   •

 

            El maestro acabó su parábola con estas palabras:

 

            —Procurad, pues, ser entre los hombres como el vinagre o el limón, que al dar su sabor característico, neutralizan corrupciones ocultas y evitan grandes males posteriores. O como la yema de huevo, que contiene sustancias que suavizan las relaciones entre los hombres y les ayudan a soportar sus arrebatos naturales de soberbia y envidia. Tal vez vuestro trabajo no os será reconocido, y muchos no lo sabrán apreciar. Pero yo os digo que sin vuestra presencia el mundo de los hombres iría más deprisa hacia la corrupción o la desunión.

 

            Al escuchar estas últimas palabras los discípulos se pusieron muy contentos, por la importancia de su trabajo, y dijeron entusiasmados al maestro:

 

            —Así, trabajaremos para que todo el mundo sea vinagre o yema de huevo, y el mundo irá mejor.

 

            Pero él les replicó:

 

            —Si ponéis demasiado vinagre en la mayonesa, deja de ser mayonesa y pasa a ser incomible. Si ponéis demasiada yema de huevo al ajiaceite, la salsa deja de ser ajiaceite y pasa a ser empalagosa y mala para el hígado. Mantened, pues, las dosis en su justo término, y no busquéis notoriedad, sino eficacia en la discreción.

 

            El discípulo más pelota le preguntó con fingido interés:

 

            —Maestro, ¿y cuál es el secreto de los cocineros de lejanas tierras que saben hacer aquellas salsas tan ligadas?

 

            Y el maestro le respondió, mientras iba dibujando extraños signos en la arena:

 

            —Esas salsas son sistemas dispersos, emulsiones aceite-en-agua. En la mayonesa el emulsionante es la lecitina de la yema de huevo, que es una fosfatidilcolina, con dos cadenas de ácidos grasos, una de las cuales insaturada. Por lo que respecta al ajiaceite, el ajo tiene un 0,1 % de aceites esenciales, con disulfuro de dialilo, trisulfuro de dialilo, disulfuro de alilpropilo, alicina y aliína, con algunos enlaces lo bastante polares como para tener cierta función emulsionante.

 

            Mientras hablaba, los discípulos se iban convenciendo de que el maestro era un gran profeta, porque hablaba lenguas extranjeras incomprensibles, como había hecho el profeta Daniel cuando descifraba las extrañas palabras que una misteriosa mano escribió durante el convite de Baltasar, rey de Babilonia, hijo de Nabucodonosor. Y, levantándose, le siguieron mientras meditaban sus palabras, sin entender nada, como suele pasar con los profetas…

 

 

De los Evangelios Apócrifos Contemporáneos

 
*******************************


Los extraños símbolos que trazaba el maestro en la arena