Hablar cuando no toca

25/11/2014 13 comentarios
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De nada sirven las mejores innovaciones docentes si los alumnos pierden la concentración por hablar entre ellos. Urge que, en este aspecto, los centros trabajen de forma contundente, coordinada y homogénea. Y los padres pueden encontrar oportunidades para predicar con el ejemplo.

El valor de las cosas pequeñas. O aparentemente pequeñas. Ahora que gradualmente somos más conscientes de la importancia de enseñar lo mejor posible, es hora quizás de dar prioridad a lo que debe venir primero, por simple que pueda parecer. Con estas intrigantes frases quiero introduciros en la importancia de atender, y de mantener la concentración cuando se atiende. Pensaréis que es algo que se da por descontado desde tiempos inmemoriales, pero la realidad es que continúa siendo el principal caballo de batalla de la educación, desde la etapa infantil hasta la universitaria.

El problema lo vivimos a diario en la Universidad. La dificultad intrínseca de muchas materias, junto con un ambiente menos vigilante, llevan al alumno a sentirse libre de "comentar" con los compañeros, sobre todo una vez superada la timidez propia del inicio del curso.

La falta de atención, y de concentración, en las repletas aulas universitarias es quizás el principal problema de rendimiento intelectual.

Ya sea por algún punto difícil de la clase, o simplemente por cualquier otro tema, el murmullo, la conversación e incluso la carcajada frecuentan con demasiada facilidad, en detrimento de la eficiencia en clase. Los alumnos, en estas situaciones, son víctimas de un automatismo, por el que consideran natural comentar con el compañero cualquier cosa, por nimia que pueda parecer.

Luchar contra los automatismos es muy difícil, y consume una parte importantísima de las exiguas energías que le puedan quedar al profesor. Además, las clases con mayor contenido conceptual, como las matemáticas, la física o la química, por hablar de temas más cercanos, son proclives al rumor continuo, al menor atisbo de dificultad para seguir la argumentación en clase.

Por tanto, se trata de un problema generalizado, grave y de difícil solución.

Cierto que una parte de la charlatanería proviene de unas clases insuficientemente preparadas y poco atractivas bajo estándares modernos; la pedagogía de las clases universitarias puede y debe mejorar. En este sentido, las redes sociales son testigo del notable esfuerzo de innovación pedagógica, que miles y miles de profesores están realizando actualmente.  Destacan la clase invertida (flipped clasroom), aprendizaje basado en problemas (problem–based learning), uso de mapas mentales (mind maps), implementación y uso de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), y tantas otras propuestas interesantes.

Pero aun así, el profesor, al menos en el entorno de quien os escribe, continúa con una sensación ambivalente. De nada sirven las innovaciones más avanzadas y sofisticadas si el alumno no atiende.

Además, la proliferación actual de los estímulos externos, vía teléfono móvil, tablet o portátil, solo hacen que empeorar las cosas, desde el punto de vista de la concentración en clase.

Aprender a atender.

El punto que me gustaría enfatizar aquí, y alejarme por tanto de los tópicos, es que en muchísimos casos lo que ocurre es que el alumno no sabe cómo hacerlo. Por ello, cuando por fin asimila que debe mejorar al máximo su atención en clase, no sabe cómo proceder, cómo focalizar esa atención y mantener la concentración.

La atención en clase es el pariente pobre de los conceptos pedagógicos. En tantos centros de secundaria, y la práctica totalidad de los centros universitarios, se la considera algo obvio, sabido, trabajado o ambos, con lo que simplemente se exige.

Controlar los impulsos que perturban la atención debe enseñarse adecuadamente, antes de exigirse

Además, debe tenerse en cuenta que el sistema educativo filtra a los alumnos que no atienden.  A medida que se avanza en los cursos, aparentemente mejora la situación, puesto que decaen aquellos alumnos que menos atienden. Podría parecer entonces que la situación mejora, pero no a base de solucionar el problema, sino a base de apartarlo.

Finalmente, no podemos obviar que el nivel de atención necesario es más elevado, a medida que se avanza a través de las etapas educativas. A lo largo de estas etapas, no obstante, el alumno cambia notablemente, tanto física como mentalmente. Por ello, nos encontramos con que los procesos mentales que hay que activar, para atender adecuadamente, cambian con los años y por tanto deben aprenderse de forma continuada.

Dicho de otro modo, nos encontramos ante un tema del que se exigen resultados (atender adecuadamente), sin proporcionar el camino adecuado para aprender a atender.

Aun así, no es cierto que la atención en el aula sea un tema olvidado. Existen innumerables ejemplos de trabajo modélico y excelente, en atención, como después mencionaré. Lo que ocurre es que ni son generalizados ni son constantes a lo largo de las etapas educativas.

El efecto perturbador de unos pocos.

Quiero enfatizar aquí un efecto amplificador muy relevante, que tiene lugar al cambiar de etapa educativa. Esta transición lleva asociada un cambio y redistribución de alumnos, debido al obligado cambio de centro.

Sucede entonces que los alumnos que no han trabajado adecuadamente la atención, generan un nivel de perturbación en el aula, que contamina a aquellos que sí la han trabajado.

Por tanto, el trabajo insuficiente en atención, aunque se dé en proporción minoritaria, perturba la práctica totalidad de los centros, a medida que se accede a las etapas superiores.

Es en este punto donde una actitud relajada, tanto por parte del profesor, como por parte del alumno, resulta enormemente dañina.

Os adjunto aquí algunos razonamientos al respecto, que utilizo en clase como medida para incrementar el nivel de atención:

  • Algunos profesores toleran que los alumnos hablen mientras ellos explican, siempre que sea de temas de clase. Esta medida tiene el efecto de promover la picaresca, por la que el alumno intenta "colar" que siempre que habla es sobre los temas de la asignatura...
  • No se puede justificar de ningún modo, que los alumnos puedan hablar entre ellos, "si hablan de la clase" mientras el profesor explica. La razón, obvia, es que perturban e impiden escuchar a los demás.
  • Si un alumno tiene una duda, debe preguntarla en público. El profesor interrumpirá la explicación, aclarará el punto, y continuará la exposición allí donde la había dejado, sin que nadie pierda información.
  • Si el alumno no se atreve a preguntar en público, como tantas veces sucede en la Universidad, la solución es anotar la duda y preguntarla al final de la clase, pero nunca preguntar al compañero durante la clase. En este último caso, el único efecto que se consigue es propagar la falta de atención alrededor del que está hablando, a modo de onda expansiva.
  • Otra actitud bastante común, en el entorno universitario, es invitar a los alumnos que hablan a abandonar la clase, argumentando que no se les obliga a asistir a las clases. Bajo mi punto de vista, esta situación es devastadora, puesto que implica que las clases son prescindibles y, además, la actitud del profesor transpira inacción y olvido hacia aquellos que no atienden.

Cualquiera que sea la solución, requiere que todos vayamos a una.

Urge, por tanto, generalizar y consolidar los esfuerzos que ya se están realizando, de modo que la totalidad de los centros, principalmente de secundaria y universitarios, trabajen al unísono. No hay nada más efectivo, para el alumno medio, que un mensaje homogéneo, coherente y sostenido a lo largo de los años.

Un esfuerzo de este tipo lo realiza la red de escuelas KIPP, en Estados Unidos. La Institución KIPP (Knowledge is Power Program, Programa el Conocimiento es Poder) está constituida por una red de escuelas públicas, ubicadas en barrios problemáticos de las grandes ciudades, que persigue incrementar notablemente las posibilidades de sus alumnos de asistir a las mejores universidades.

La red de escuelas Kipp, escuelas públicas que mejoran notablemente los resultados académicos, a base de incrementar la carga de trabajo y la actitud hacia éste.

Su estrategia se basa en un horario extendido de clases, una carga de trabajo superior, así como de una actuación muy intensa a nivel de actitud. Este último aspecto no es baladí. Al contrario, constituye uno de los ejes principales, vertebrador de un sentido de pertenencia a una institución modélica.

Entre otros aspectos, destaca la tolerancia cero hacia las lagunas de atención, una vez los alumnos llevan suficiente tiempo en la escuela y, por tanto, han podido entrenar adecuadamente la normativa.

La experiencia de éxito: el Instituto Martí Dot de Sant Feliu de Llobregat.

En este sentido, he vivido recientemente una experiencia que comparte muchos puntos con la estrategia KIPP, y que es digna de mencionarse. Es fruto del excelente trabajo del equipo directivo del Instituto Martí Dot, en Sant Feliu de Llobregat (Barcelona), en el que tuve la oportunidad de realizar una charla de divulgación acerca de mi reciente publicación "L'aire que respirem".

Antes de empezar la charla, los profesores encargados del acto me comentaron que, muy probablemente, algún alumno sería invitado a abandonar la sala de conferencias. Las instrucciones eran no dar importancia al hecho y continuar la exposición.

Efectivamente, durante la charla, de unos 45 minutos, pude comprobar cómo tres o cuatro alumnos, de los ciento cincuenta asistentes, se levantaban y abandonaban el aula, a indicación del profesor. Siempre en silencio, sin ningún gesto extraño.

Una vez finalizado el acto, no pude esperar a preguntar el porqué de la salida de los chicos. La respuesta me sorprendió gratamente: "los alumnos saben que la asistencia a este tipo de actos es un premio. Y los premios se deben merecer. Una de las condiciones básicas es permanecer en silencio y no hablar con los compañeros", me comentó la directora del centro.

IES Martí Dot, en Sant Feliu de Llobregat (Barcelona), un centro público modélico.

Todavía impresionado por la respuesta, les pedí más detalles.

Los alumnos trabajan, desde que inician su paso por el centro, las reglas del juego. Entre ellas, que no tiene ninguna justificación, ninguna, hablar en clase, y menos durante uno de estos actos, para los que existe tolerancia cero, es decir, los alumnos deben abandonar la clase a la primera falta de atención.

Otros aspectos interesantes. Los profesores se sitúan estratégicamente en la sala de conferencias, sentados entre los alumnos y atendiendo a la conferencia, a modo de ejemplo. Cuando detectan un alumno hablando, o simplemente distraído, le indican que debe abandonar la sala. El circunspecto alumno se levanta, sin rechistar, y deja el acto.

¿El resultado? Un comportamiento modélico, en una sala repleta de estudiantes, pertenecientes a la etapa más conflictiva de la adolescencia. Además, debe tenerse en cuenta que el centro reúne alumnos de todas las clases sociales y un elevado número de etnias y religiones.

Este resultado, por supuesto, es fruto de muchos años de trabajo. Es por tanto un magnífico ejemplo en el que un proyecto coordinado, bien pensado y planificado, trabajado a largo plazo, puede dar un soberbio fruto. Es una alternativa rotunda al inmenso desgaste del profesor que debe reclamar a gritos silencio... para después encontrar que su esfuerzo apenas rinde.

El papel de los padres

Las mejores estrategias dentro de la escuela están condenadas al fracaso si, una vez en casa, no se mantiene la coherencia de lo que se trabaja en el aula.

Por lo que se refiere a la atención, los padres tienen la posibilidad de practicar con el ejemplo. Se trata de asistir, de forma más o menos regular, a alguna conferencia, seminario, mesa redonda, charla, o algo parecido. Los temas pueden ser muy variados, normalmente de interés educativo, cultural, político o científico.

Este tipo de actos se dan con una cierta frecuencia, incluso en núcleos pequeños de población, y en cierto modo pueden ser indicadores del nivel de bienestar, así como del nervio de la vida cultural local.

En numerosas ocasiones, aunque no siempre, se da también el problema que el público habla, reproduciendo así, por desgracia, el patrón observado con los alumnos en clase. Esta afirmación suele ser más cierta cuanto más multitudinario es el acto, y cuanto más variada es la audiencia. No suele darse, por supuesto, en pequeñas reuniones de especialistas con una docena de asistentes, pero es enojosamente frecuente en conferencias dirigidas a todos los públicos, con centenares de asistentes.

Se puede atribuir este comportamiento a un montón de causas: cansancio después de una semana agotadora, falta de interés por el tema o por la reunión, asistencia por compromiso, el encuentro con familiares o conocidos después de mucho tiempo... Estos y otros factores nos hacen perder el hilo de lo que se expone... y ya está, empezamos a hablar con el vecino.

Que existan explicaciones no significa que se puedan disculpar. Y una reflexión serena, al respecto, puede adquirir la máxima relevancia si la realizamos con nuestros hijos. Se trata pues de una excelente oportunidad para dedicar unos minutos a reflexionar con ellos, sobre la importancia de escuchar y no perder el hilo.

Ponemos así en valor el hecho de atender, y que para saber y tener opinión, debemos escuchar y capturar la información.

Y ya para acabar, una pequeña reflexión final. La mejora del nivel de atención es un tema complejo, que no se basará en ningún caso en soluciones mágicas. Atender y mantener la concentración es, quizás, aquello que más diferencia a los que muestran un buen rendimiento escolar, de aquellos que no lo obtienen. Reconozcamos pues que es éste un problema muy importante, que debe trabajarse a todos los niveles, y del que solo recogeremos los frutos si colectivamente vamos al unísono.