El valor de jugar con nanoestrellas

10/02/2017 1 comentario
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Hoy les traigo la historia de un director de museo al que se le olvidó jugar y la de un científico que lo seguía haciendo con nanoestrellas. Una relato para reflexionar, entre otras cosas, sobre la diferencia entre ciencia y conocimiento científico, así como del valor de la diversión a la hora de aprender y crear en las actividades humanas.

nanoestrellas 

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El director de museo

Aquel hombre llevaba toda una vida dedicada a su pasión: los museos. Más en concreto, a los museos de ciencia. Un día, el director recibió una invitación para participar en una mesa redonda sobre ciencia, comunicación y sociedad. Éste, por supuesto, estaba de lo más contento: al director se le presentaba la oportunidad perfecta de exponer ante periodistas, divulgadores, investigadores y demás, algunas de las conclusiones de tantos años al servicio de la museología en ciencia. Tras las debidas presentaciones, el director se adentró en la que parecía, una de sus discusiones favoritas:

«La ciencia no es divertida y no debería presentarse como tal, puesto que si lo hacemos, estaremos engañando al público, desvirtuando su esencia, banalizándola». A pocos metros del director, un invitado no pudo morderse la lengua y respondió a éste: «¿No es posible que estemos confundiendo ciencia con conocimiento científico?».

Viendo la cara de estupefacción del conferenciante, al invitado no le quedó otro remedio que explicar su historia, para acabar invitando al director a algo que puede sonar un tanto insólito: jugar con nanoestrellas.

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El niño que jugaba con nanoestrellas

A aquel niño le encantaba mezclar todo lo que encontraba por casa: perfumes, crema de afeitar, vinagre, azúcar... Después agitaba bien sus experimentos y los guardaba en una casita de madera que tenía la familia en la terraza. Semanas más tarde, el niño volvía a la casita para observar si el color, el olor o el aspecto de sus potingues habían cambiado.

Treinta años más tarde, el mismo niño seguía haciendo experimentos con azúcar y divirtiéndose, en más de una ocasión, probando cosas, ideas que se le ocurrían espontáneamente. La diferencia era que ahora, el patio de juegos era mucho más sofisticado y especializado, puesto que trabajaba en un laboratorio "de verdad". Un día, de repente, algo extraordinario sucedió. Sin haber añadido todavía el reactivo que esperaba diese paso a una reacción química para producir nanoesferas rojas, la solución cambió súbitamente de color, ofreciendo al científico una preciosa sorpresa: una solución de un intenso verde turquesa.

Unos días más tarde, el científico se encontraba ya sentado frente a la consola de aquel aparato gigantesco, para ver qué tenía entre manos. Tras ajustar el foco, el estigmatismo y demás parámetros del microscopio electrónico de alta resolución, el científico pudo observar los detalles nanométricos de su muestra. Y allí estaban: preciosas y multitudinarias... ¡nanoestrellas! Las pupilas del hombre se dilataron, el corazón le latió de nuevo con fuerza, y dio gracias a la vida por este momento.

 

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Ciencia, conocimiento y diversión: el secreto está en la acción

Y es que para aquel científico que jugó desde niño a hacer experimentos, existe una diferencia fundamental entre ciencia y conocimiento científico. La ciencia, aunque siga un método, es básicamente una actividad humana y, como tal, no existe una única forma de verla, entenderla, practicarla ni disfrutarla. Por tanto, aunque el día a día del investigador sea una sucesión de repeticiones, ensayos y errores, acumulación de datos negativos y arduo trabajo, el científico que jugaba con nanoestrellas sigue convencido de lo siguiente: ¡uno puede divertirse al hacer ciencia! Por otro lado, el conocimiento científico es el resultado de tal actividad, aquello que nos ayuda a acumular conocimiento, a avanzar como especie. En muchas ocasiones, por tanto, se ha considerado que la transmisión de conocimiento se puede hacer de un modo pasivo y, por tanto, no necesariamente divertido. El resultado, como ya me he aventurado a expresar en alguna que otra ocasión: niños más aburridos y menos creativos.

¿Pero saben qué? Aquel científico que jugaba con nanoestrellas, como muchos otros, tampoco cree que transmitir conocimiento no pueda ser divertido, sobre todo si la acción también involucra a aquel que quiera aprender ese conocimiento. Y si no me creen, pregúntenle al niño de el vídeo.

En definitiva, lo que yo quería contarles hoy es que, por suerte, el encuentro del científico con el director de museo queda muy atrás en el tiempo y que, hoy en día, ya existen muchos museos de ciencia en los que uno puede divertirse como un enano con la ciencia, experimentándola en primera persona. Porque la ciencia y el conocimiento que surge de ella se puede enseñar pero, sobre todo, se puede vivir, tocar, soñar, inventar y experimentar con diversión. ¿Por qué deberíamos renunciar a ello?

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