Ciencia y conspiración

12/02/2016 10 comentarios
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Dos películas modernas en las que no se juega a la conspiración y un artículo científico donde se analiza la viabilidad estadística de algunas creencias conspirativas.

Tras años de reírles las gracias para hacernos los modernos, estamos empezando a tomarnos en serio a los teóricos de la conspiración. No me entiendan mal: no es que nos creamos sus pueriles simplificaciones maniqueas de la realidad, sino que empezamos a entender los devastadores efectos en el debate público de su ponzoñosa visión del mundo. Pensábamos que eran inofensivos, pero en los casos en los que sus delirios se extienden al campo de las autoridades sanitarias y científicas, el resultado es la muerte de inocentes por no vacunarse o por usar terapias (¡ay!) "alternativas" contra el cáncer.

En la excelente "Atrapa la bandera" (Enrique Gato, 2015), (déjenme que haga spoilers, por favor) el multimillonario empresario Richard Carson intenta convencer a la población de que el hombre no ha llegado a la Luna, para lo cual exhibe un supuesto vídeo en el que se ve a alguien parecido a Stanley Kubrick dirigiendo la escena. El guiño postmoderno dura poco: en unos minutos veremos que Kubrick es en realidad un limpiador de origen hispano al servicio de Carson. La película nos sorprende tomando partido: claro que estuvimos en la Luna, fue gracias al esfuerzo de científicos e ingenieros, claro que está allí la bandera, y a partir de ese momento será crucial llegar otra vez antes de que el malvado Carson la arranque, plante la suya y ponga el satélite al servicio de sus negocios. De esta forma, un símbolo tan manoseado y manido como la bandera estadounidense se convierte, gracias a la magia del cine, en el emblema de toda la Humanidad, más aún, de la mejor parte de la Humanidad, aquella que es capaz de mirar más allá de sus narices y no dejar que nada le encadene los pies al suelo.

Astronautas en la Luna en <em>Atrapa la bandera</em> (2015)

"Interstellar" (Christopher Nolan, 2014) va un paso más allá, y presenta un futuro próximo en el que los conspiranoicos ya han ganado: la versión oficial es ahora que nunca llegamos a la Luna, que aquello fue un acto de propaganda, hasta el punto de que la documentación sobre aquel día se guarda de forma clandestina, como clandestina es la propia NASA. La falacia naturalista ha triunfado, convenciendo al hombre de que no merece la pena buscar otros mundos, lo cual le ha dejado completamente a merced de unas tormentas de polvo que amenazan ya con acabar con él. De nuevo, la película toma partido inequívoco: por supuesto que llegamos a la Luna. La curiosidad científica, el conocimiento y el esfuerzo colectivo fueron capaces de hacer que el hombre se elevara sobre sí mismo, y lo volverán a hacer de nuevo. 

Desde una perspectiva más basada en el método científico, la revista PLOS ONE acaba de publicar el artículo "On the viability of conspiratorial beliefs" (digamos "Sobre la viabilidad de las creencias conspiratorias") del físico de la Universidad de Oxford David Robert Grimes. En él se analiza la probabilidad de que una conspiración que implique a un número amplio de individuos sobreviva sin ser desvelada intencional o accidentalmente. Para ello, utiliza modelos estadísticos convencionales y usa datos tomados de casos reales en los que determinadas conspiraciones han terminado siendo expuestas con el paso del tiempo. Esos parámetros le sirven para tener un modelo capaz de predecir el tiempo de vida esperado para conspiraciones populares: además de la llegada del hombre a la Luna se analiza la probabilidad de que el cambio climático sea un fraude, de que la eficacia de las vacunas sea un invento o de que la cura del cáncer sea conocida y se oculte. Las predicciones de su modelo son devastadoras para la viabilidad científica de las conspiranoias: lo esperable estadísticamente es que las conspiraciones analizadas se hubieran venido abajo en unos pocos años. Así trabaja el método científico: no es extraño que los fanáticos de la conspiración nunca lo empleen.