La verdad

11/07/2016 13 comentarios
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Sobre el prestigio decreciente de los científicos en la era de la desinformación.

No son buenos tiempos para la imagen de los científicos. Recientemente, un ministro del Reino Unido que quiere ser el próximo primer ministro declaró, sin ruborizarse: "Este país está harto de los expertos". En la misma línea, eurodiputados españoles escribían al parlamento europeo que los "comités cientifícos" tienen una falta evidente "de independencia y neutralidad". Un lobby ecologista contestaba hace poco los argumentos de 109 científicos premios Nobel acusándoles de formar parte de un lobby de empresas. En todas partes, la opinión de científicos y académicos que dedican su vida a estudiar en profundidad un tema, es ignorada o puesta en pie de igualdad con la de "activistas" sin formación técnica relevante, tertulianos o cualquiera que pase por allí. En las películas infantiles empieza a ser un clásico el personaje del "científico loco": individuo extravagante cuyas investigaciones y conductas están completamente desconectadas de cualquier interés o utilidad social.

 El Dr. Nefario en "Despicable me 2" (Gru: mi villano favorito 2)

¿Por qué ocurre esto? Pienso que los científicos tienen (tenemos) una manía que se opone en buena medida a la corriente de los tiempos que vivimos. Verán: supongamos que dejo de teclear un momento, agarro el libro sobre relatividad especial que está en mi mesa y lo arrojo por la ventana. Se da la circunstancia de que los físicos sabemos que el libro caerá a las calles de Madrid con aceleración constante y aproximadamente igual a 9,8 metros divididos por segundo al cuadrado. Si conociera la altura desde la cual lo lanzo, podría predecir con muy buena aproximación el tiempo que tardará en aterrizar. Así que el libro no subirá, no quedará suspendido en el aire, no caerá con velocidad constante, o con aceleración que dependerá del tiempo o de cualquier otra cosa. Y resulta que esto será así independientemente de que exista una "emergencia social", una crisis económica, una guerra, una "razón de Estado". Los físicos insistiremos tenazmente en que las cosas ocurrirán de una manera y no de otra. ¿Me siguen? No diremos que nos parece "respetable" que alguien opine de otra manera sobre la ley de la gravedad: ya saben, "ésa es tu verdad" y cosas así. Se nos acusará de dogmáticos y cenizos, pero no por ello diremos algo que contradiga los datos. En realidad, nuestra actitud es lo contrario del dogma: los científicos siempre estamos dispuestos a admitir una teoría nueva que explique mejor la evidencia disponible, como ocurrió con la Relatividad General de Einstein, que es capaz de explicar correctamente que el libro caiga por la ventana con una determinada aceleración, pero también explicaba mejor que la física newtoniana la precesión del perihelio de Mercurio.

Piensen un momento en todas las convocatorias electorales que hemos atravesado en los últimos meses: ¿recuerdan que hubiera muchas discusiones sobre temas concretos, en las que las propuestas estuvieran basadas en el análisis de la evidencia disponible en países y tiempos comparables, y en aquello que ese análisis sugiriera que tiene más probabiblidades de funcionar? ¿O más bien recuerdan intentos de exhibir superioridad ética, apelaciones genéricas a entes abstractos (la gente, el pueblo, la patria, el Ibex 35) cuyo comportamiento complejo e impredecible se reduce maniqueamente a una dicotomía falaz ("sólo hay dos opciones", "somos un gran país", "la gente nunca se equivoca" etc.)? No hace falta que conteste yo, ¿no? Claro, a los políticos, los "activistas", los "lobbys" etc. no les conviene mucho que haya hechos incontrovertibles y gente que los explique, como tampoco que haya nuevos datos que requieran de nuevos análisis y modelos para su explicación. Para que su edificio teórico no se desmorone, siempre es bueno guardarse un comodín, según el cual los datos puedan ser ignorados, tergiversados o desacreditados. Reconocer la autoridad e independencia del científico sería un riesgo demasiado costoso para esa agenda.

Cada vez lo tienen más sencillo: la localización de fuentes fiables, veraces y serias es asunto cada vez más complicado en un contexto en el que capas de población crecientes y supuestamente bien informadas construyen sus opiniones a partir de retazos de tuits, memes, virales y demás sucedáneos de la información, el periodismo de investigación y la cultura. Proceso favorecido por los algoritmos de los buscadores y las redes sociales que filtran la información que recibo para ofrecerme sólo lo que me interesa: es decir, aquello que confirma mis teorías previas y, en consecuencia, me hace sentir bien como parte de una tribu de individuos que piensan como yo. ¿Qué importancia podría tener que lo que me une a esa tribu sean datos falsos, chascarrillos que hacen palidecer al peor periodismo amarillo de antaño? ¿Qué papel podrían tener en ese contexto aburridos científicos que insisten en escribir en más de 140 carácteres, en cuestionar las fuentes, en recomendar libros, en creer que no todo es defendible ni respetable? ¡Están comprados por el enemigo! ¡No les escuche! ¡Usted siempre tiene razón! ¡La ciudadanía nunca se equivoca! ¡Si el resultado no le ha gustado es sólo porque el resto de la gente no tenía acceso a la sublime información que usted maneja! Ay, si todos fueran como usted... Usted cambiará el mundo con unos cuantos clicks.

Aunque se llene de sillas la verdad, que cantaba aquel