Adiós a los tiburones

21/03/2017 0 comentarios
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Los tiburones nos parecen animales de otros mares, ajenos al Mediterráneo. Realmente, hoy resulta improbable toparse con uno de ellos en nuestras aguas, pero no siempre fue así. Su escasez actual no responde a causas ecológicas, sino que es fruto de la sobrepesca.

Ejemplar de <em>Sphyrna zygaena</em> subastado en el la lonja de l’Ametlla de Mar (Tarragona) en septiembre de 2008 y etiquetado como águila marina (<em>Myliobatis aquila</em>). [Foto: Luis Cardona]
Todas las obras sobre la pesca en el Mediterráneo escritas entre el siglo XVIII y principios del siglo XX describen la abundancia de tiburones de tamaño medio y no son raras las fotografías de peces martillo (Sphyrna spp) capturados en aguas costeras de Cataluña y Baleares a principios del siglo XX. Las almadrabas mallorquinas incluso capturaban jaquetones (Carcharodon carcharias) con cierta frecuencia: 27 registros entre 1920 y 1970.

La escasez de tiburones de tamaño medio y grande en el Mediterráneo no se debe, pues, a factores naturales. Es la consecuencia directa del incremento de la presión pesquera durante la década de 1970 y 1980. En ese período se produjeron dos grandes cambios, con un impacto enorme sobre los tiburones. En primer lugar, la mayor parte de los pescadores artesanales substituyeron las nasas por trasmallos. Los tiburones de tamaño medio, como la mielga (Squalus acanthias) y la musola (Mustelus mustelus), no podían entrar en las nasas y por lo tanto sólo se capturaban con palangre de fondo o con los escasos trasmallos calados hasta entonces. Pero la substitución de las nasas por trasmallos disparó sus capturas, sólo para declinar nuevamente a partir de la década de 1990 debido al hundimiento de sus poblaciones.

En la misma época se popularizó el palangre de superficie para la captura del pez espada (Xiphias gladius) y del atún rojo (Thunnus thynnus). Este aparejo fue inventado por pescadores japoneses tras la Segunda Guerra Mundial y su expansión a gran escala se inició en la década de 1960. Gracias a él se hizo posible la captura masiva de grandes peces depredadores pelágicos, antes vulnerables únicamente mediante el uso de arpones y, en el Mediterráneo, almadrabas.

El impacto del palangre de superficie sobre los tiburones del Mediterráneo fue devastador. Tras la primera década de explotación, el volumen de capturas se redujo entre un 50 y un 75 %, en función de la especie y la zona; tras la segunda, la mayoría de las especies prácticamente habían desaparecido. Sin embargo, no fue hasta 2009 cuando España protegió legalmente a los peces martillo (Sphyrna spp) y los peces zorro (Alopias vulpinus). La protección se amplió en 2012 al jaquetón y otras especies de elasmobranquios.

La protección legal de los grandes tiburones era una medida necesaria, pero poco útil por sí sola, pues la principal causa de su declive sigue ahí. El tamaño de la flota española de palangreros de superficie que operan en el Mediterráneo permanece prácticamente invariable desde hace dos décadas y no existen sistemas eficaces para evitar la captura accidental de tiburones en los palangres de superficie. Además, muchas especies de tiburones se etiquetan mal para la subasta, lo que hace inútiles los registros de las lonjas. La fotografía adjunta no es más que un ejemplo y prueba de que, mediante los registros oficiales, nadie sabrá nunca que ese día se capturo uno de los últimos peces martillo presentes en el Mediterráneo español.

Como contraste, la captura accidental de tortugas bobas (Caretta caretta) por parte de la misma flota se  ha reducido notablemente en dos décadas y recientemente la UICN ha catalogado como no amenazadas, aunque dependientes de conservación, tanto a la población mediterránea como a la nordatlántica.

El motivo para esta diferencia es doble. En primer lugar, basta cambiar el tipo de cebo, calar a más profundidad y hacerlo de noche para evitar la captura de tortugas bobas. En cambio, nadie sabe cómo reducir las capturas de tiburones en los palangres pelágicos sin reducir al mismo tiempo la captura de especies objetivo. En segundo lugar, el palangre de superficie captura tortugas jóvenes, de entre 40 y 60 centímetros de longitud, y todos los modelos demográficos disponibles, aunque mejorables, indican que las poblaciones de tortugas son mucho más sensibles a la captura de hembras adultas que de juveniles. En cambio, el palangre de superficie captura principalmente tiburones adultos, lo que unido a su baja fecundidad y tardía maduración sexual los hace muy vulnerables a la explotación. Los tiburones difieren en esto del atún y el pez espada, mucho más fecundos y por lo tanto capaces de soportar una presión pesquera mucho más intensa.

Puestas así las cosas, la recuperación de las poblaciones de tiburones oceánicos del Mediterráneo parece imposible. Además, se da la paradoja de que los modelos disponibles sobre la estructura trófica del ecosistema regional indican que los tiburones serían más importantes para el funcionamiento del Mediterráneo que especies a las que se dedican mayores esfuerzos de conservación, como las propias tortugas marinas, las aves marinas y la foca monje (Monachus monachus). Y es que la conservación de los tiburones se ve lastrada por su valor simbólico.

Los tiburones no son percibidos sólo como una potencial amenaza para el ser humano, sino también como un alimento. En la mayor parte de los supermercados españoles es posible encontrar tintorera congelada, ofrecida como caella, por no hablar de la popularidad del cazón adobado en Andalucía o del fraude consistente en vender tintorera como pez espada. Hoy nadie se plantea comer tortuga marina estofada, como hace treinta años, pero los tiburones aún siguen siendo considerados un alimento. Esto hace que, salvo el peregrino (Cetorhinus maximus), todos los demás tiburones legalmente protegidos en el Mediterráneo no lo estén en el Atlántico, donde se pescan activamente. Si a ello unimos la ya mencionada baja tasa de reproducción y una madurez sexual tardía, parece claro que los tiburones oceánicos difícilmente volverán a frecuentar el Mediterráneo mientras el palangre pelágico siga existiendo. O mientras alguien no descubra cómo evitar que caigan en él.

 

Bibliografía

Ferretti, F., Myers, R.A., Serena, F., Lotze, H.K. 2008. Loss of large predatory sharks from the Mediterranean Sea.Conservation Biology 22: 952–964.

Morey, G., Martínez, M., Massutí, E., Moranta, J. 2003. The occurrence of white sharks, Carcharodon carcharias, around the Balearic Islands (western Mediterranean Sea). Environmental Biology of Fishes 68: 425–432. 

Piroddi, C., Coll, M., Steenbeek, J., Macias Moy, D., Christensen V. 2015 Modelling the Mediterranean marine ecosystem as a whole: addressing the challenge of complexity. Marine Ecology Progress Series 533: 47–65.