A propósito de la evolución: razón y religión

29/05/2013 12 comentarios
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"Entre el Papa y el aire acondicionado, me quedo con el aire acondicionado". Woody Allen.

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El concepto de evolución como teoría unificadora de la biología fue perfectamente sintetizado en un ensayo publicado en 1973 por Theodosius Dobzhansky: "En la biología nada tiene sentido si no es en el contexto de la evolución" (Nothing in Biology Makes Sense Except in the Light of Evolution). Sin embargo, los mecanismos que rigen la evolución de las especies siguen siendo desconocidos para la inmensa mayoría de las personas. Por ejemplo, si preguntásemos a personas con educación universitaria qué conceptos asocian con la Teoría de la Evolución, una gran mayoría invocaría fuerzas que dirigen el cambio de las especies "hacia algo", generalmente más complejo que lo existente en la actualidad. Estas respuestas suelen referirse a términos como "adaptación", "respuesta" y "transformación", reminiscentes de un modelo de evolución basado en la herencia de los caracteres adquiridos (Lamarckista) y por tanto erróneo.

El mecanismo clave de la evolución es la selección natural. En ciertos casos, los cambios (mutaciones) en el ADN de las especies modificarán sus rasgos biológicos, ejerciendo efectos positivos o negativos sobre su capacidad de supervivencia. Por ejemplo, una mutación que interrumpa la producción de insulina (necesaria para que las células de nuestro páncreas regulen el metabolismo de hidratos de carbono y grasas en nuestro cuerpo) será fatal para el individuo, provocando su muerte prematura y evitando así que dicha mutación sea transmitida a la descendencia (dicho individuo no llegará a la madurez sexual y no se reproducirá). Opuestamente, una mutación que proporcione a una planta resistencia a plagas de insectos será indudablemente beneficiosa, ya que permitirá que dicha planta (y su ADN) sobreviva mientras sus congéneres (competidores) mueren. En ambos casos, el destino del mutante (morir o sobrevivir) depende de su habilidad para "vencer" al proceso de selección natural, o de otro modo, de su capacidad de reproducirse y perpetuar su ADN generación tras generación.

Sin embargo, ¿cómo es posible que la evolución seleccione un ala que permita volar o un ojo que permita ver si dichos rasgos no existían previamente?. Esta pregunta fue formulada a Charles Darwin por su mujer, Emma, y es similar a preguntar si fue primero el huevo o la gallina. Antes de responder a esta pregunta debemos comprender que la evolución es un proceso gradual y extremadamente lento en el que no se forman estructuras radicalmente nuevas. Todo lo contrario, las estructuras que observamos en los seres vivos son el resultado de millones de años de evolución gradual. Su presencia prueba no solo su valor evolutivo presente sino también la aptitud selectiva de las formas intermedias que precedieron a su apariencia actual (por ejemplo, nuestros ojos son el resultado de millones de años de evolución partiendo de una única célula fotosensible en organismos ancestrales).

Las hipótesis en las que se sustenta la evolución de las especies han sido científicamente comprobadas a lo largo de más de 150 años, convirtiéndolas de este modo en una Teoría científica. Durante este período, el escrutinio al que ha estado sometida la Teoría de la Evolución ha superado al de otras teorías (como por ejemplo la Teoría de la Gravitación Universal o la Teoría Heliocentrista) dadas sus implicaciones religiosas y filosóficas. Sin embargo, los hechos han ratificado constantemente sus predicciones. Si en la actualidad nadie duda que la ley de la gravedad es responsable tanto de la caída de una manzana como del movimiento de los cuerpos celestes, ni de que la tierra gira alrededor del Sol, ni siquiera de que el gran cañón del Colorado es el resultado de la erosión de la roca por el río Colorado a lo largo de millones de años, entonces, ¿por qué nos resulta tan difícil creer y comprender la Teoría de la Evolución? Un trabajo publicado el pasado año en la revista BioEssays (abril 2011, 33:240) propone dos respuestas complementarias a esta pregunta: en primer lugar, la Teoría de la Evolución no es intuitiva. En segundo lugar, es dramáticamente opuesta a la visión que el ser humano tiene de la vida y del mundo en el que vive.

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Figura 1.1.- Nadie duda que el gran cañón de Colorado se formó fruto de la erosión ejercida por el río Colorado sobre la roca durante millones de años. Sin embargo, las implicaciones espirituales que la Teoría de la Evolución posee para el hombre hacen que su grado de aceptación sea mucho menor que el de cualquier otra Teoría científica.

 

Pensemos por ejemplo en los seres vivos que habitan nuestro planeta. Si tuviésemos que proponer una teoría que explicase su origen y diversidad basándonos en nuestra intuición, lo más lógico sería pensar que las aves tienen alas para volar, que los mamíferos tenemos ojos para ver y que el gen encargado de producir insulina existe en nuestro ADN para permitir que las células de nuestro páncreas regulen el metabolismo de hidratos de carbono y grasas en nuestro cuerpo. Sin quererlo (probablemente) estamos invocando la presencia de un diseño inteligente detrás de la aparición de estas estructuras, tal y como lo definió el obispo William Paley en 1809: "del mismo modo que el encontrar un reloj en la playa prueba la existencia de un relojero, las criaturas vivas que habitan la tierra prueban la existencia de un poder divino". Aunque intuitiva, la lógica de este argumento es diametralmente opuesta a la Teoría de la Evolución. Para comprender esta última es preciso un conocimiento previo de los hechos y los conceptos en que se sustenta (la lucha por la existencia, la selección natural, la base genética de la vida y la mutación del ADN, entre otros). Por tanto, no es sorprendente que la compresión de la Teoría de la Evolución entrañe dificultad para el lector no especializado. 

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Figura 1.2.- Nuestra intuición nos sugiere que las alas han aparecido para volar, los ojos para ver y las moléculas para desempeñar una función en la célula. Si la existencia de un reloj prueba la existencia de un relojero, las formas de vida complejas sugieren entonces la existencia de un creador. La Teoría de la Evolución, sin embargo, explica la vida en la tierra sin necesidad de invocar la presencia de una divinidad creadora. La imagen del ojo de halcón es cortesía de S. Jurvetson, con licencia Creative Commons Atribution-Share alike 3.0.

 

Tal y como mencionamos en la parte inicial de este capítulo, es un error muy común atribuir una finalidad al proceso evolutivo. Si bien el estudio científico de la evolución se preocupa del "cómo", intentando comprender los mecanismos responsables de dicho proceso, la observación filosófica de la evolución se pregunta "por qué", indagando sobre finalidad de la misma. La respuesta que la Teoría de la Evolución da a esta última pregunta es, posiblemente, la causa principal de su incomprensión: en la vida, no existe una finalidad. La evolución de las especies no las lleva a ninguna parte, ni a ser progresivamente más complejas ni a alcanzar la perfección. ¿Significa esto que nuestra existencia no tiene propósito? Precisamente, en el caso de los seres humanos, la capacidad de comprender y modificar el ambiente en el que vivimos nos hace dueños de nuestro futuro y así, la razón de nuestra existencia depende de nosotros mismos. En otras palabras, somos capaces de burlar la evolución (por ejemplo, una persona miope como es mi caso no habría superado la prueba de la selección natural en la prehistoria). La búsqueda de una finalidad en nuestra existencia está íntimamente ligada al pensamiento trascendental y religioso. Se ha sugerido incluso que la religiosidad constituiría un rasgo ventajoso durante la evolución, dado que representa el camino cognitivo menos tortuoso. Opuestamente, el no creer representa un esfuerzo deliberado contra nuestra naturaleza espiritual. Consecuentemente, la falta de finalidad de la Teoría de la Evolución la enfrenta con la visión transcendente y religiosa que la mayor parte de la humanidad tiene del mundo en que vivimos.

Aunque el proceso que explica la Teoría de la Evolución carece de finalidad y describe la vida sin una intervención divina, no prueba que la trascendencia o Dios no existan. Sin embargo, si decidiésemos creer en la presencia de una divinidad creadora del universo y la vida, de nuevo podríamos preguntarnos ¿quién ha creado entonces a Dios? El astrofísico y divulgador Carl Sagan proporcionó una respuesta muy sugerente a esta pregunta: si decidimos que esta pregunta es incontestable y que Dios siempre ha existido, ¿por qué no ahorrar un paso y concluir que el universo siempre ha existido? Nuestra consciencia como seres humanos nos capacita para asumir la responsabilidad de nuestro destino. La divulgación de la Teoría de la Evolución ayudará a que el público general la comprenda y la acepte fruto de dicha satisfacción intelectual. ¿Merece la pena? Si el objetivo es un mundo más justo, sustentado en la razón y el conocimiento en lugar de en el dogma y el misticismo, desde luego que sí.