Cascapiedras

05/11/2016 3 comentarios
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Hay piedras que son como golosinas: las rompes y puedes gozar del saborcito pica-pica de los minerales ocultos en su interior. Lo que queda es una piedra rota, o quizás un utensilio. Depende de lo que buscan tus ojos.

Capuchinos y Chupa Chups (clica la imagen para ir al vídeo)Por si hiciera falta, los antropólogos nunca han dejado de recordarnos que una de las principales características de nuestra especie es el "saber hacer". Para los demás seres animales y vegetales el medio ambiente es algo que se encuentran ya bastante organizado, no pueden hacer mucho para moldearlo a su manera, y en general solo pueden adaptarse para optimizar su estancia entre los vivos, genéticamente (a lo largo de generaciones) o fisiológicamente (a lo largo de su existencia). Los humanos, por el contrario, estamos especializados en reformas, y más que cualquiera otra especie cambiamos el medio ambiente para que se adecue a nuestras supuestas necesidades. De aquí que nuestro principal "medio ambiente" se llame "cultura", incluidos sus aspectos materiales, que llamamos tecnología. En este sentido el grado de diferencia entre nosotros y cualquier mamífero o cualquier primate es asombroso, incomparable. Como consecuencia de estas diferencias abismales, los astronautas han llegado a pisar la Luna, y los antropólogos han dedicado mucho tiempo a entender cómo pueden haber evolucionado nuestra destreza y nuestras capacidades de monos artesanos. Las implicaciones de la utilización de nuestras manos van desde la producción de utensilios hasta el lenguaje (que con toda probabilidad ha evolucionado paralelamente y en asociación con las capacidades manuales), desde la posibilidad de enlazar nuestro cerebro con el ambiente externo a través del cuerpo hasta la percepción de nosotros mismos a nivel histórico o social. Al fin y al cabo, más que la capacidad de cálculo o el potenciamiento sensorial, las dinámicas de la gestión corporal siguen siendo el mayor reto de la cibernética: nuestros robots son capaces de virguerías matemáticas y perceptivas, pero apenas pueden llegar a dar un paseo sin caerse torpemente.

Para investigar los procesos tecnológicos en las poblaciones humanas extintas, la arqueología prehistórica se centra sobre todo en el estudio de la industria lítica, por lo menos por dos razones. Primero, la piedra es un material increíblemente útil en un mundo que no puede contar con el metal o con el plástico. Así fue que, a lo largo de mucho tiempo, la piedra ha representado un elemento esencial del Homo faber. Segundo, la piedra tiene la agradable característica de aguantar a lo largo de millones de años, valor que no comparte con la materia orgánica. Ni con otros recursos: la vida media de un compact disc se estima me parece en unos 8-12 años, mientras que el Código de Hammurabi se puede leer después de casi 4000 años. No es de extrañar entonces que la arqueología prehistórica se base contundentemente en el estudio de las herramientas líticas, fuente indispensable de información sobre las capacidades tecnológicas de las especies humanas extintas.

Los utensilios más antiguos que conocemos son fragmentos de piedra con una forma útil para cortar o golpear, sin más. Golpeando una piedra con otra con cierta energía y orientación se puede moldear el mismo canto (núcleo) u obtener fragmentos que se desprenden (lascas), generando en ambos casos superficies cortantes. Sin una preparación arqueológica adecuada, puede costar bastante distinguir aquellas primeras herramientas de un canto quebrado casualmente por factores naturales (como la corriente de un río), y de hecho ha habido quien, a raíz de este parecido, ha puesto en entredicho algunos hallazgos supuestamente asociados a la actividad humana. La búsqueda de los orígenes de la piedra tallada ha desencadenado, como suele ocurrir, carreras y competiciones para encontrar la talla más antigua o las capacidades más parecidas de utilización de utensilios por parte de nuestros primos antropomorfos. Estas competiciones, a menudo contaminadas por marketing e intereses institucionales, pueden llegar a confundir bastante las ideas a quien intenta reunir informaciones para generar escenarios plausibles. Hoy en día las más antiguas evidencias consensuadas de talla lítica humana se datan alrededor de 2,5 millones de años, aunque se están proponiendo y evaluando casos que pueden llegar hasta los 3,3 millones de años.

Pero cualquier simio antropomorfo es capaz de utilizar objetos para un fin preciso y circunstancial. Entre los monos, macacos y babuinos tampoco se quedan cortos a la hora de meterle mano (literalmente) al asunto. Y lo mismo vale para las ardillas o los cuervos, sin contar las virguerías que hacen algunos insectos que utilizan elementos ambientales con fines muy diferentes y a menudo graciosos. Recientemente se han descrito poblaciones de monos capuchinos, primates sudamericanos, que golpean piedras sobre otros cantos rodados para fracturarlas y lamer el contenido mineral en su interior. Todavía se desconoce si la geofagia es un comportamiento adaptativo (aportar minerales al cuerpo) o sencillamente un vicio suculento en plan gominolas, pero sabemos que es algo bastante frecuente entre los mamíferos, y entre los primates. Lo que llama la atención es que, una vez quebrada y chupada, lo que queda de la piedra se parece asombrosamente a la primera industria lítica humana. Cuando empezó a correr la noticia, muchos malinterpretaron este descubrimiento como una preuba más de lo espabilados que son los monos. Pero romper una piedra o una semilla o la tierra para poder llegar a comerse el contenido no tiene realmente mucho encanto, y no requiere grandes capacidades cognitivas. El mensaje del estudio era otro: ojo, que algunos hallazgos supuestamente asociados a actividad humana e interpretados como utensilios podrían ser piedras talladas accidentalmente por actividades que no tienen nada que ver con la elaboración de herramientas.

Desde luego, la semejanza entre las gominolas de los capuchinos y las primeras industrias líticas es bastante sorprendente, y no hace falta decir que cualquier invitación a la prudencia en todos los campos de la ciencia, y sobre todo en evolución humana, es bienvenida. Pero tampoco podemos pensar que miles de arqueólogos se han equivocado durante estos últimos dos siglos de investigación prehistórica. Y hay tres factores importantes que tenemos que considerar a la hora de comparar el uso de la piedra por parte de los humanos con el uso que pueden hacer otros primates.

Primero, hay que considerar la diferencia sustancial entre objeto y herramienta. Una herramienta es un objeto que implica una carga cognitiva importante. Para ser herramienta, ha de tener un objetivo parcialmente ajeno e independiente de su contexto ambiental cercano y un componente de transmisión cultural, tiene que haber entrado en la estructura social y económica de una especie y estar vinculada a un proceso de producción específico que tenga en cuenta sus propiedades y sus finalidades. Más importante aún, para ser herramienta tiene que ser parte de una cadena de producción. Muchos primates utilizan objetos, pero solo los humanos utilizamos objetos para hacer otros objetos. Es decir, algunos de nuestros objetos no son el fin, sino solo pasos intermedios de un plan. Además la cultura humana se caracteriza por un factor crucial: no es asistida por la tecnología, sino dependiente de ella. Una herramienta quizá solo al principio representa un apoyo a una cierta cultura, porque pronto ya se vuelve indispensable, puesto que aquella cultura se volverá dependiente de sus funciones, y gracias a esta dependencia su sociedad podrá desarrollarse a través de los procesos de la evolución cultural. Pues, en definitiva, todas las herramientas son objetos, pero no todos los objetos son herramientas. Y, desde luego, utilizar un objeto no es lo mismo que utilizar una herramienta. Habría que tenerlo en cuenta.

El segundo punto atañe a un concepto a menudo olvidado en los estudios evolutivos actuales: el concepto de grado. Cuando se sospecha que dos fenómenos puedan tener un proceso en común, se los asocia sin más, a menudo descuidando patentes diferencias en el grado de expresión. Es decir, aunque pudiéramos demostrar que son el resultado de mecanismos parecidos, la utilización de un palito para comer termitas y la puesta en órbita de un satélite denotan diferencias cognitivas incomparables. Detrás del mantra "somos todos iguales" estamos intentando homogeneizar la diversidad, y acabamos metiendo en la misma olla un humano moderno, un chimpancé, y un neandertal, obviando posibles diferencias en sus capacidades especificas así como las diferencias de grado en sus capacidades compartidas.

Finalmente, en el caso de la industria lítica hay también otro componente que no hay que olvidar: el contexto. Un arqueólogo no trabaja solo con la piedra quebrada, sino que evalúa el medio en el que aparece, un escenario mucho más amplio que incluye el entorno geológico, la composición mineral, el comportamiento, la estructura económica y social y, por supuesto, los restos humanos. Es decir, los filtros que tiene que pasar una lasca rota para revelarse como producto humano incluyen un panorama más amplio y diversificado que su sola apariencia externa.

Había un dicho que, hurgando en las debilidades de nuestros sistemas laborales, remarcaba con un acento despectivo: los que saben hacer, hacen, y los que no saben, enseñan. Entendemos perfectamente adónde va la cosa, pero tenemos que reconocer que el concepto de herramienta, sea una herramienta física o conceptual, necesariamente se basa en una dinámica donde no puede existir una producción cultural sin sus mecanismos de transmisión. Y esto es así porque la "capacidad de hacer" no es algo que atañe al individuo, sino a la sociedad en su conjunto. Así como todas las capacidades cognitivas que suponemos necesarias para desarrollar nuestra increíble tecnología no son capacidades de los individuos, sino de las interacciones entre ellos. En mi tierra retocaron un poco la frase sobre hacer y enseñar, añadiendo que los que tampoco saben enseñar... ¡administran! Pero esta ya es otra historia, aunque también en este caso podríamos aprender muchísimo de macacos y babuinos.


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Agradezco mucho a Joaquín Panera sus muchos y detallados comentarios sobre las primeras industrias líticas, pero sobre todo le quiero agradecer toda la pasión y la ilusión que pone a diario en este campo. El reciente artículo sobre los capuchinos es: Proffitt T, Luncz LV, Falótico T, Ottoni EB, de la Torre I, Haslam M. 2016. Wild monkeys flake stone tools. Nature doi: 10.1038/nature20112. Aquí la noticia publicada en Investigación y Ciencia. Os invito también a leer este artículo de divulgación publicado por el Museo de la Evolución Humana: Mano y Piedra.