La mente del pulpo

10/07/2017 2 comentarios
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Nuestras herramientas son elementos constituyentes de nuestra capacidad cognitiva, y de nuestros procesos psicológicos, sociales y culturales. Y puede ser difícil localizar una frontera entre un individuo y su propia tecnología.

Cybernetic Anthropomorphic Machine, Ralph Mosher
A lo largo de nuestra historia, la innovación tecnológica siempre ha sufrido un patrón bastante repetitivo: unos pocos son los que impulsan el cambio y la mejora, y unos cuantos los que se aprovechan pasivamente de ello, a menudo después de haber perseguido a los innovadores. En general, las culturas son reacias a las novedades, y se tiende a sospechar de cualquiera que tenga inquietudes de innovación, porque nunca se ve con buenos ojos a quienes amenazan las costumbres de toda la vida o la tranquilidad de lo conocido. Las religiones siempre han canalizado (y probablemente aprovechado) este sentimiento de desconfianza hacia la innovación, asociándola a la tentación y al engaño. El innovador se ha arriesgado, en todas las épocas, al exilio, o a la cárcel, o hasta al linchamiento, pero luego, una vez descubierta la ventaja de la nueva herramienta, el pueblo disfruta del cambio, olvidándose de su anterior reticencia y rencor. Entonces se suceden los honores al innovador, a menudo decenas de años después de haber acabado con su vida derrotada, cuando ya esos honores ni le van ni le vienen. La innovación es, efectivamente, un nervio muy sensible: cuando escasea, la sociedad se estanca y se ahoga en sus propios límites, y cuando abunda, la sociedad puede derrumbarse al no saber gestionar oportunamente las nuevas potencialidades. Por ello, hay que moverse dentro de un margen muy sutil entre aceptar y rechazar reglas para no caer en las consecuencias de los excesos y de los defectos de las nuevas ideas.

De lo que no cabe duda es de que innovación y tecnología son un sello de nuestra especie, un sello que ha caracterizado nuestras capacidades, nuestros límites y nuestras apuestas evolutivas. Muchos animales utilizan «objetos» para ampliar su repertorio de capacidades, pero solo nosotros los humanos utilizamos «herramientas». Una herramienta se diferencia de un objeto por muchas razones, lógicas y funcionales. Por ejemplo, solo los humanos utilizamos «objetos para hacer otros objetos», generando así una cadena de «herramientas». Pero, sobre todo, nuestros objetos no ayudan o facilitan nuestra cultura, sino que la forjan, la generan, la moldean. Nuestra cultura depende de estos objetos que llamamos «tecnología», se sustenta en ellos, no existe sin ellos, no sería pensable sin ellos. Por tanto, no todos los objetos son herramientas, y además no todas las herramientas son objetos (existen herramientas conceptuales, por ejemplo). Sea como sea, a un cierto punto de nuestra evolución la tecnología ha adquirido una importancia primaria en la generación tanto de nuestra cultura como de nuestra forma de pensar, y es posible que sea entonces cuando nos hayamos vuelto «humanos». Pensamos a través de nuestras herramientas, desde el momento en que hemos empezado a otorgar a estos componentes extracorporales funciones y capacidades que no podrían existir sin ellos.

La cultura y la biología han empezado, así pues, una etapa de simbiosis, y los confines entre orgánico, inorgánico y superorgánico han empezado a difuminarse. Pensamos gracias a nuestra tecnología, y sentimos y razonamos gracias a nuestra interacción con ella. Las teorías sobre extensión cognitiva proponen que nuestra mente, en lugar de ser un producto del cerebro, es un proceso que nace de la integración entre cerebro, cuerpo y ambiente, y en nuestro caso ambiente quiere decir también cultura, sobre todo cultura material. Los objetos almacenan información fundamental para integrar nuestra pobre memoria, activan procesos que los necesitan para arrancar, y cambian nuestras sensaciones y nuestras capacidades perceptivas y analíticas. Pensamos lo que pensamos en parte gracias a la experiencia de nuestro cuerpo, y a la integración entre nuestro cuerpo y nuestros elementos culturales.

Una innovación tecnológica empieza frecuentemente con una fase de rechazo y, acto seguido, alcanza una etapa de integración. La introducción de las gafas fue interpretada por muchos como un instrumento del diablo para alterar la visión del mundo, y nuestros abuelos nos han alertado a menudo de los peligros de muchos otros inventos infernales (¡la innovación asociada a las fuerzas oscuras!). Nuestros padres vaticinaban la atrofia de nuestros cerebros cuando empezamos a utilizar las calculadoras, y ya hay quienes se están preocupando de nuestros hipocampos cerebrales ahora que los satélites nos guían en cada paso y ya no necesitamos orientarnos con estrellas ni mapas neuronales.

Es probable que, en parte, todos estos pronósticos de apocamiento cerebral sean acertados. Si nuestro cerebro no se entrena, pronto pierde capacidades, y el cambio puede tardar una sola generación en manifestarse. Pero la falta en el pronóstico de estupidez incipiente es pensar que nuestra mente es solo el producto del cerebro, y no un proceso de integración entre cerebro y tecnología. Lo que hacemos con cada innovación tecnológica, al fin y al cabo, es aliviar al cerebro de algunas tareas, y potenciar con elementos externos al cuerpo nuestras capacidades cognitivas. Repartimos entre orgánico e inorgánico, entre fuera y dentro. Quitamos responsabilidades al cerebro, y las exportamos a componentes extraneurales, diseñados adrede para amplificar nuestras potencialidades. Con cada innovación tecnológica perdemos capacidades cerebrales y adquirimos capacidades mentales. El cerebro sigue ordenando, y quizá centralizando, un proceso que va mucho más allá de nuestro cráneo, y que necesita de nuestro cuerpo y de nuestra tecnología. Resulta absurdo pensar que esto es contranatural, cuando se basa precisamente en la clave evolutiva de nuestros particulares rasgos cognitivos: la posibilidad de extender nuestra capacidad mental involucrando elementos externos. De hecho, nuestros cerebros parecen ser mucho más plásticos que los de los otros primates, y esa misma plasticidad cerebral (la capacidad de responder al cambio) podría constituir una adaptación específica de nuestra especie. Es decir, la evolución podría haber seleccionado no un carácter físico u otro de nuestro cerebro, sino en general la capacidad de amoldarse a nuevos estímulos. Cuando este nuevo estímulo se llama tecnología y sirve precisamente para ampliar las capacidades cognitivas, está claro que se activa un proceso por el que nuestra mente amplía sus confines delegando en los apéndices extracorporales tareas cognitivas cada vez más complejas, que sustentan procesos mucho más elaborados que los que puede sostener el cerebro solo.

Una araña siente y piensa gracias a las extensiones de su tela, integrada con sus sentidos y con su cuerpo aunque tenga que volver a hacerla cada mañana. También un pulpo piensa en parte con sus tentáculos, que tienen ganglios nerviosos independientes y son capaces de comportamientos y decisiones autónomas. Nuestra tecnología es nuestra telaraña, son nuestros tentáculos. Sin ellos, nuestra mente se vería mutilada, incapaz de andar y de moverse entre conceptos y sensaciones, incapaz de analizar y de decidir, incapaz de percibir, de disfrutar y de explorar este hermoso y variado océano de experiencias cognitivas que llamamos vida.