Memorias de un cuadrilátero

28/03/2017 7 comentarios
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Vivimos en un mundo en tres dimensiones, y damos por sentado que, aunque no sabemos quiénes somos ni adónde vamos, por lo menos sabemos dónde estamos. Pero el espacio no es un lugar, sino un modelo de la mente, con sus rincones, sus límites, y sus sorpresas.

Flatland (1884)Cuando hablamos de los grandes éxitos de nuestro cerebro pensamos en la capacidad de cálculo o de planificación, en la memoria, o en recursos como la velocidad o la precisión. Todas habilidades que tienen también (e incluso mejor desarrolladas que nosotros) nuestras máquinas. Las computadoras que manejamos a diario pueden almacenar increíbles cantidades de datos, ejecutar algoritmos impresionantes, y todo con una precisión y una rapidez incomparables a las de su mismo creador, el ser humano. Pero todavía no son capaces de caminar decentemente. El control del cuerpo sigue siendo el gran reto de la cibernética, una disciplina donde los mejores constructores de robots compiten desde siempre no con máquinas mnemónicas, sino diseñando muñecos que intentan jugar a fútbol. También a nivel telemático, sabemos desde hace tiempo transmitir sonidos e imágenes (oído y visión) a distancia, pero los ingenieros de la comunicación aún no han logrado hacerse con el sentido más oscuro y más desconocido: el tacto. La relación entre espacio y cuerpo es algo que todavía no hemos empezado a entender, aunque tenemos la sensación de que la cosa va mucho más allá de una sencilla mecánica muscular. Estamos empezando a sospechar que el cuerpo desempeña un papel en el proceso cognitivo, a través de su experiencia sensorial y como «puerto» de extensión (en el sentido informático) hacia el ambiente y la cultura material. Estamos descubriendo que el cuerpo es la unidad de medida cognitiva para sondear el espacio, el tiempo, y hasta las relaciones sociales. Cabe la posibilidad, entonces, de que hayamos subestimado el valor del cuerpo en nuestras capacidades mentales, estando demasiado centrados en las neuronas y en comportamientos más sencillos de describir, a la hora de valorar nuestros recursos cognitivos. Y, más allá de la coordinación y de las sensaciones del mismo cuerpo, algo que por fin se está empezando a considerar con más atención es la relación entre cuerpo y ambiente, es decir, la capacidad de integrar al individuo con su espacio físico.

Muchos pequeños detalles de nuestra vida cotidiana nos delatan que detrás del concepto de espacio se esconden complejos mecanismos neurales. Los que no han utilizado nunca un ordenador pueden encontrar, por ejemplo, una barrera insospechada y agotadora en el uso del ratón: asociar el movimiento horizontal del cacharro al movimiento vertical del cursor es algo para los demás urbanitas asumido y «natural», pero es un inconcebible rompecabezas de coordinación motora para quien no lo haya practicado nunca. Y a bote pronto nadie sabe tampoco reconocer la cara de un amigo si le enseñan su foto boca abajo, a pesar de que la imagen sea la misma cuando la miramos en posición natural: la geometría es idéntica, pero la orientación diferente bloquea nuestras capacidades de asociación y reconocimiento de los elementos que forman la cara. Nigel Barley, en su estupendo y entretenido libro El antropólogo inocente, relata incluso cómo poblaciones que no han entrenado sus capacidades visuales con imágenes bidimensionales no son capaces de distinguir una cara en una foto (de ahí un intercambio algo gracioso entre cazadores-recolectores de sus fotografías para los documentos de reconocimiento). Todos estos ejemplos sencillos nos revelan que nuestra experiencia cotidiana, visual y cognitiva, se basa en una continua hibridación de informaciones en dos y tres dimensiones, que nuestro cerebro arregla ocultamente a la luz de las informaciones espaciales que consigue descodificar. Basta con analizar las interpretaciones de un sencillo mapa para desvelar que cada uno de nosotros tiene capacidades de interpretación espacial muy pero que muy distintas. Es curioso cómo en algunos países (en general aquellos en los que, además, se conduce por el lado izquierdo, como Reino Unido o Japón) los mapas en las calles se orientan según el punto de vista del peatón, mientras que en otros se utiliza siempre la convención norte-arriba. Y, en ambos casos, los que estamos acostumbrados a una de las dos formas nos volvemos locos con la otra. El mismo sentido de circulación de los coches esconde una mezcla de vínculos biológicos (nuestro cerebro es asimétrico y no procesa de igual manera la información que procede de izquierda y de derecha) y de vínculos culturales (costumbres y tradiciones que a veces se han beneficiado de nuestro bagaje evolutivo, y a veces han chocado contra el mismo). Para alinearse con la tendencia europea, en 1967 Suecia programó el «Día-H», estableciendo un parón de todos los coches durante algunos minutos para luego, a la de tres, pegar un cambiazo nacional al sentido de la circulación, de la izquierda a la derecha. Tuvo que ser un experimento de cognición visoespacial interesantísimo, y una escena de locura general, que a pesar de todo tuvo un éxito rotundo.

Sobre el tema de orientación y mapas confieso que, con un poco de pillería, cuando pregunto informaciones por ahí sobre un lugar o una dirección siempre me gusta ver cómo contesta la gente, en plan test psicométrico visoespacial improvisado. Es difícil que una información espacial pedida por la calle logre un resultado eficiente, porque el entrevistado intentará comunicar su modelo mental según los cánones compartidos (lenguaje, puntos cardinales, orientación, etc.), encajando de mala manera sus percepciones geométricas personales, que son en realidad filtradas y ordenadas según criterios, prioridades, referencias y capacidades muy particulares y subjetivas. Asimismo, el receptor de la información intentará encajar toda aquella geometría ajena en sus modelos espaciales, y el resultado es que a la primera esquina los dos «mapas» ya no coinciden, y tienes que preguntar otra vez. Aun teniendo un mapa en la mano, el resultado puede ser asombroso: hay quien ni siquiera lo necesita, por ser capaz de «manejar» mentalmente todas las informaciones geométricas, y quien no lo sabe entender ni siquiera mirándolo con sus propios ojos. Todo esto delata un secreto: una increíble, asombrosa, insospechada variabilidad en nuestras capacidades visoespaciales.

A nivel de hemisferios cerebrales, se sospecha que el hemisferio derecho tiene un papel más relevante que el izquierdo en la gestión del espacio, pero tampoco nos queda claro dónde empiezan y acaban funciones y responsabilidades de las áreas corticales involucradas. A nivel de diferencias entre géneros, se ha confirmado muchas veces que los hombres tienen una capacidad visoespacial más desarrollada que las mujeres. Hay quienes lo interpretan como un resultado genético y quizás evolutivo (el hombre cazador que controla el territorio), y quienes lo consideran un resultado cultural (los hombres entrenan más sus capacidades visoespaciales a raíz de sus papeles sociales y culturales). Sabemos tan poco sobre este asunto que estamos lejos de encontrar una respuesta. Pero sí que sabemos que las capacidades visoespaciales son extremadamente sensibles al entrenamiento. Los chavales de la generación de los videojuegos tienen capacidades cognitivas y áreas de la corteza cerebral moldeadas a base de horas y horas de entrenamiento ojo-mano frente a la pantalla. Hasta un macaco oportunamente entrenado en el uso de objetos para gestionar tareas espaciales presenta variaciones cerebrales asociadas a las áreas de integración visoespacial después de unas pocas semanas de práctica. Así que desconocemos cuánto de todo esto puede ser evolución, selección, genética o cultura. Cuánto se debe a la especie, y cuánto se debe al individuo.

El cuerpo se establece como medida del espacio y del tiempo, a través de su experiencia y de sus sensaciones. La corteza sensorial del cerebro mapea el cuerpo según la importancia de sus elementos, empezando por las manos, que son las áreas más representadas. La corteza parietal coordina el cuerpo con el mundo externo, a través de la integración entre el mapa de sí mismo y la información visual que le pasan los lóbulos occipitales. Las mismas áreas parietales son también cruciales para la gestión del sistema ojo-mano, un sistema particularmente complejo y especializado en los primates. La corteza temporal manipula la geometría y los archivos de los mapas espaciales. La corteza motora retransmite al cuerpo los resultados de las distintas asambleas neuronales, para cerrar el círculo y empezar una nueva ronda. Se llama percepción háptica la percepción a través del cuerpo, y cuenta con el sentido de la posición del cuerpo (propiocepción) y de su movimiento (cinestesia). Se suelen considerar dos formas de coordinar el propio cuerpo en el espacio. Las representaciones egocéntricas son aquellos mapas mentales donde el sujeto es central, y las otras referencias se colocan en función de la posición respecto al sujeto (imaginaos los videojuegos donde hay que moverse por un laberinto). Las representaciones alocéntricas, por el contrario, miran al espacio desde una posición global, independiente del sujeto, a vista de pájaro, donde el sujeto es un elemento entre los otros (imaginaos los videojuegos donde se ve al sujeto moverse desde arriba). Está claro que estas perspectivas no son excluyentes, y el cerebro utiliza las dos informaciones de forma complementaria. Todo ello después de haber filtrado la información sensorial, haber decidido lo que es importante y lo que no lo es, y haber generado relaciones entre los elementos de este juego de coordenadas. Y aquí hay dos puntos cruciales de la partida. Primero, todo esto es un proceso subconsciente, del que el cerebro nos informa solo muy parcialmente. Segundo, es un proceso formado por muchos componentes distintos, y para cada uno tendremos cada uno de nosotros una capacidad más o menos desarrollada, o incluso diversamente desarrollada. Como resultado final, cada uno ve el mundo y sus espacios de una forma diferente. Los códigos sociales esconden y disfrazan estas diferencias, estableciendo una terminología común y criterios compartidos, y será casi imposible entender «cómo» de diferente vemos el mundo, precisamente por lo subjetivas y distintas que son nuestras capacidades espaciales.

En resumidas cuentas, los mecanismos visoespaciales y de orientación son algo todavía poco conocido, se expresan de forma muy (pero que muy) variable entre individuos, y son además muy sensibles a la influencia del medioambiente y de los procesos de entrenamiento. La tecnología ha impulsado una extensión cognitiva importante en este sentido. Los videojuegos entrenan nuestras capacidades egocéntricas y alocéntricas, el mundo de las imágenes moldea nuestros filtros geométricos y amplía nuestros archivos visuales, los satélites y los GPS nos guían diariamente en nuestros caminos, e Internet nos permite estar mucho más allá de donde esté nuestro cuerpo. La tecnología, igual que ocurre con las capacidades mnemónicas o de cálculo, limita la responsabilidad del cerebro y a la vez aumenta la capacidad de la mente, extendiendo sus funciones más allá de nuestro cráneo.

En 1884, Edwin Abbott Abbott publicó una increíble aventura matemática: Planilandia, una novela de muchas dimensiones. El libro es una sátira de la jerarquía victoriana, donde las castas sociales se deciden en función de la complejidad geométrica de los individuos (los nobles son polígonos, los obreros son triángulos, los criminales son formas irregulares, y las mujeres son ... ¡líneas!). Pero la novela es también un increíble rompecabezas geométrico, basado en un mundo bidimensional (Flatland) que no puede llegar a entender la tercera dimensión. En un mundo en dos dimensiones, quien descubriese la tercera sería capaz de cosas increíbles, como cruzar paredes, desaparecer, o transformarse en su ser especular. Las mismas brujerías de que sería capaz quien, en un mundo tridimensional, pudiese descubrir un cuarto eje espacial. Una pena que nuestro cerebro no esté diseñado para ver qué hay fuera de esta viñeta y, por si acaso, salirse de ella para dar un paseo. Tal vez se trate solo de practicar, desarrollar una perspectiva, así como nos hemos acostumbrado a mover el ratón del ordenador o a reconocer caras en una hoja plana. O, más probablemente, nuestro cerebro y nuestros sentidos nos vinculan y nos atrapan en este espacio tridimensional, y no nos queda otra que disfrutar de ello. Eso sí, recordando que lo percibimos de forma muy diferente, tan diferente que a lo mejor es imposible de expresar. Reciclando el sabio y frustrante sofisma de Gorgias de Leontinos, podemos quizás afirmar que el espacio en el que vivimos en realidad no existe, y si es que existe, no podemos llegar a entenderlo, y si es que podemos, de alguna forma, llegar a entenderlo, sería imposible, finalmente, explicárselo a los demás.

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Sobre el papel del cuerpo en los procesos cognitivos y, sobre todo, sobre posibles relaciones entre percepción del cuerpo y cognición social, os invito a leer este artículo publicado recientemente en Jot Down: Cuerpo a cuerpo.