Torres y mercaderes: retos y vicios de la divulgación científica

13/10/2016 7 comentarios
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Investigación y Ciencia cumple sus cuarenta primaveras, y esto quiere sencillamente decir que la comunicación de la ciencia, por lo menos en la cultura occidental, está disfrutando de su merecida y lograda madurez. Lejos de las inseguridades juveniles y de los achaques de la senectud, sin duda estamos viviendo una época de participación activa y competente. Como debe de ser: con sus virtudes, y con sus vicios.


Where No Man Has Gone Before ... (Imagen E. Bruner)Los procesos culturales siguen ciclos, a veces acoplándose y a veces chocando con los ciclos de los procesos históricos o sociales, en un juego de ondas donde picos y valles se suman y se restan generando consecuencias. Son dinámicas que se influyen unas a otras, pero el proceso no es lineal y vete tú a saber en qué momento la interacción es fructífera, y en qué momento en cambio provoca contrastes. Y si las épocas se denominan en función de las formas en que se nutren de energía, después de la piedra y del vapor ahora lo que forja la estructura de nuestra sociedad es la información. La información genera conocimiento pero también negocio, puede unir o puede separar, y puede propiciar el orden o la confusión. El flujo energético crea nuevos nichos, y aparecen nuevas figuras profesionales, los que la venden, los que la compran, los que la moldean, los que la guardan, o los que la borran. La divulgación científica es algo íntimamente relacionado, por su misma definición, con las dinámicas de comunicación y de transmisión de la información, y no es de extrañar que haya sufrido cambios asombrosos a raíz de esta reciente revolución cultural. Los cambios se notan patentemente no solo si consideramos el incremento de los recursos dedicados a la divulgación científica en las últimas décadas, sino también el incremento del debate sobre ella. Imposible mencionar todas las cuestiones abiertas que en este momento abarrotan las publicaciones, los foros, y los encuentros dedicados a evaluar, comentar o gestionar problemas y potencialidades de la divulgación científica. La medida de cierto éxito, en este sentido, es la proporción de divulgación científica dedicada a los principios de la divulgación científica. No cabe duda de que este éxito lo tenemos que agradecer a los tiempos y a las técnicas, pero también a todas aquellas personas e instituciones que a diario apuestan por esta inversión cultural. El hecho de que la actual Ley de la Ciencia, Tecnología e Innovación incluya la divulgación como objetivo oficial de nuestra labor es un increíble logro cultural y un orgullo a nivel de sociedad, y será preciso recordarlo con decisión y firmeza cada vez que alguien, individuo o institución, no lo tenga en consideración, intentando presentar la comunicación de la ciencia como un hobby personal, como inquietud innecesaria, o como entretenimiento improvisado que no necesita una preparación y dedicación profesional.

Desde luego no hay que pasar por alto los límites de todo este sistema. La potencia no es nada sin control, y si hablamos de comunicación social tenemos que asumir los vínculos del contexto social. Reconocer los límites es la base para desarrollar una gestión optimizada de los recursos y de los resultados. No reconocerlos y seguir un planteamiento teórico, formalmente correcto pero descolgado de la realidad, suele ser la antecámara del fracaso. Por ejemplo, sigo pensando que no se está todavía discriminando suficientemente el periodismo científico de la divulgación científica. El primero tiene que representar una información básica garantizada para el conocimiento común, mientras que el segundo representa un nivel más completo y dedicado, una puerta abierta solo para los que quisieran cruzarla. A pesar de una necesaria y crucial integración entre estos dos niveles, tienen objetivos, métodos y requerimientos muy diferentes, y creo que es un error no reconocer esta distinción.

Hay por lo menos tres puntos que merece la pena considerar a la hora de analizar posibles grietas en la actual estructura de la divulgación científica: la selección, la sostenibilidad y los objetivos. Y a estas alturas tengo necesariamente que anteponer a mis comentarios un acto de sumisión y humildad, reconociendo que mis opiniones son absolutamente personales y subjetivas. Cuando se afirma algo compartido y respaldado por la colectividad (algo que tiene fronteras borrosas con la demagogia) no es necesaria dicha premisa tautológica, que en cambio representa un ritual necesario para garantizarse el derecho a discrepar sin ser abucheado. Habiendo cumplido con esta renuncia pública y formal de ser portavoz de la verdad, sigamos adelante.

La selección es un parámetro intrínseco de cualquier proceso de comunicación. Una buena divulgación tiene que ser bastante trasversal, pero no hay comunicación que no tenga un destinatario de algún modo preestablecido. El periodismo científico tiene que llegar a todos, pero la divulgación no tiene la misma misión. La divulgación tiene que estar disponible y ser accesible a todos, eso sí, pero luego son aquellos todos quienes deciden si subirse o no al carro. Y no es responsabilidad ni deber de los divulgadores convencer ni, mucho menos, obligar a nadie. Así se crea un filtro, pero no desde arriba, sino desde abajo: la gente se autoselecciona. Desde luego es nuestra obligación estar disponibles para todos los que quisieran cruzar esta puerta, y es nuestra obligación incluso quedarnos en la entrada para dar la bienvenida y explicar las ventajas de esta elección. Esto puede ampliar el rango de acción, pero a pesar de los esfuerzos para incrementar el interés, en el día a día tenemos que trabajar con lo que hay. Y si descubrimos que la divulgación científica implica al 15 % de la población, a pesar de las inversiones a largo plazo para ver si podemos mejorar este porcentaje tenemos que organizar nuestra labor para ese 15 %. Podemos comprometernos para que la ciencia sea cada vez menos elitista, pero tenemos que asumir que, en cierta medida, seguirá siéndolo. Y esto, en principio, no es ni malo ni bueno, a no ser que uno tenga esperanzas u objetivos incompatibles con esta realidad.

Y esto nos lleva a la sostenibilidad de la divulgación científica. En un mundo ideal la sociedad y las instituciones se encargan de pagar los costes de la inversión cultural. Pero no somos tan evolucionados, y seguimos en una situación donde cada uno se tiene que buscar la vida, recurriendo a compromisos y acuerdos que garanticen una nómina. Pero en el caso de la divulgación el producto no es tangible, y la inversión es a largo plazo. Algo muy difícil de medir a nivel económico o social. De ahí todos los problemas que sabemos sufren los profesionales del sector, que se ven a menudo acorralados entre responsabilidades profesionales y forcejeos laborales. Y las cosas como son, una información a sueldo no será nunca libre, por lo menos no en este planeta. En un entorno hecho de empresas, contratos, y nóminas, los medios de información solo pueden medir su éxito en términos de "cantidad", como la cantidad de lectores, el número de copias vendidas, o el número de likes. Está claro que (como ocurre en cualquier otro sector) en el momento en que un profesional ve su nómina anclada y dependiente de estas "cantidades", puede querer o tener que llegar a decisiones no siempre coherentes con los objetivos de la promoción cultural. Cualquier manipulación o selección de la información finalizada para mejorar su venta o su aceptación es incompatible con los mismos principios de la divulgación. En contextos más delicados para nuestra sociedad se hablaría, sin más, de conflicto de intereses. No es por insistir, pero otra vez podemos notar una diferencia entre periodismo (algo que tiene el objetivo moral de incrementar el alcance de la información) y divulgación (algo que tiene el objetivo moral de garantizar una especificidad de la información). Las reglas y los objetivos del periodismo son más afines a los principios de masificación de la información, mientras que las reglas y los objetivos de la divulgación pueden sufrir deformaciones más prepotentes cuando se contaminan con intentos de forzar su radio de acción. En este sentido, cobra importancia el papel de los investigadores, no solo por competencia, sino también porque su contribución puede ser (y debería de serlo) más independiente de un retorno económico.

Y esto nos lleva a mi tercer punto de crítica incómoda y contra tendencia: los objetivos. Hoy en día se da por sentado que la divulgación tiene que entretener, tiene que ser divertida, pero no nos mintamos: tiene que serlo solo por necesidad de ser sostenible. Por sí misma, la divulgación no es algo que atañe al entretenimiento o a la diversión, sino una inversión cultural responsable y necesaria, que requiere profesionalidad y compromiso. La divulgación de la ciencia no tiene nada que ver, en principio, con una dicotomía entre divertido y aburrido, como no tiene nada que ver con esta distinción una operación cardiaca o una estrategia financiera. Proporcionar y recibir un adecuado conocimiento científico y técnico debería de interpretarse como una necesidad individual y social (igual que una operación al corazón o un asesoramiento económico), y no habría que recurrir al entretenimiento para convencer un ciudadano a contar con este recurso. Con los críos no viene mal utilizar un poco de psicología oculta para hacer el proceso más liviano, pero para un adulto ¿a que sonaría raro tener que fichar a un payaso para convencerle a ir al dentista? Y, a pesar de que sigan presentando la divulgación como algo más bien para niños y adolescentes, no me resulta que nuestros mayores cumplan con conocimientos robustos y maduros en los demás sectores científicos.

La ciencia es un pilar de la cultura, de nuestras capacidades lógicas y tecnológicas, y esto no tiene directamente nada que ver con entretenimiento y pasárselo bien. El saber es una necesidad primaria en la fisiología de una sociedad. Aprender no es incompatible con entretenerse, pero tampoco una cosa va necesariamente unida a la otra. De hecho, más allá de mis opiniones, tenemos muchos excelentes ejemplos (incluida una revista que acaba de cumplir su cuarta década de éxitos) en los que la divulgación científica no se asocia a un "paquete de diversión", sino se presenta tal cual, con sus formas y sus contenidos, logrando cumplir con su misión sin tener que recurrir a cebos ajenos a los objetivos, y a la vez ocupando un espacio bien definido en el mercado. Por supuesto, esto requiere profesionalidad, compromiso, objetivos a largo plazo, e ideas claras. Si uno tiene que captar la atención o cumplir expectativas más allá del potencial efectivo de un sector (como ocurre a menudo con los museos, o con todas aquellas situaciones donde los provechos pecuniarios o la visibilidad son las principales unidades de valoración) no es para mejorar los efectos culturales del proceso, sino para mantenerlo viable a nivel económico. En el momento que la divulgación interesa solo a una pequeña parte de la población, en muchos casos no será económicamente sostenible. Y entonces habrá que hacer "algo" para mejorar sus procesos de compra y venta, alcanzando aquella (gran) parte de población que no busca conocimiento, sino solo pasar el rato. Este vínculo económico es el que genera la competición con el fútbol o con los programas basuras, y no una estrategía cognitiva de los procesos de aprendizaje y de enseñanza. Formación y entretenimiento tienen necesidades y dinámicas opuestas, y un equilibrio entre ellos solo se necesita para que la primera, que a menudo no es económicamente autosuficiente, pueda parasitar la segunda, garantía de sostenibilidad en función de una deseada confusión entre público (que aprende) y clientes (que pagan). Vender diversión a muchos, para poder proporcionar conocimiento a unos pocos.

Igual sorprende leer que en España la educación formal contribuye solo en un 5 % al conocimiento científico individual, que solo el 15 % de la población está interesada por temas de ciencia, que los hombres doblan en número a las mujeres, que el 30 % cree que los humanos convivieron con los dinosaurios, que un 25 % piensa que el Sol gira alrededor de la Tierra, y que el 54 % no sabe que los antibióticos curan solo enfermedades bacterianas. Está bien sorprenderse, pero acto seguido hay que tomar conciencia de esta realidad. Y reconocer que, si a pesar de la increíble cantidad de información disponible hoy en día y de su total accesibilidad la situación sigue siendo esta, igual no estamos considerando algunas limitaciones intrínsecas de nuestras sociedades. No somos kryptonianos ni vulcanianos dedicados al conocimiento y a la razón lógica, sino terrícolas, problemáticos y emocionales, a menudo insensatos, incoherentes, y todavía pendientes de complicaciones culturales, sociales y económicas que van mucho más allá de las dificultades que pueden afectar la divulgación científica. El primer paso para un largo camino es ilusionarse. El segundo es conocer los riesgos y reconocer los límites. El tercero es ponerse en marcha, empezando un viaje dedicado al descubrimiento de nuevas ideas, de nuevas propuestas, hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar... ¡Larga vida y prosperidad a la divulgación de la ciencia!

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Os invito a leer este artículo sobre divulgación científica y sociedad:
Los Prisioneros de la Torre de Marfil (Jot Down)