Viaje a la oscura geografía de un cuerpo

20/01/2017 5 comentarios
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La exploración nos ha llevado a poder dibujar muchos detalles de los mapas siderales de este nuestro universo, así como los mapas moleculares de nuestros genes y cromosomas. Parece mentira que luego nos perdamos en ese espacio aparentemente más sencillo que es nuestro propio cuerpo.

La brújula anatómica (E. Bruner)Ennio Flaiano, con la asombrosa lucidez que caracterizaba sus tajantes constataciones, comentaba en su Diario nocturno cómo un día el científico, cansado de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, se dedicará a lo infinitamente promedio. En ello estamos. A principios de la segunda mitad del siglo pasado, los estudios anatómicos estaban llegando a una situación de escasos avances, a causa de límites en las técnicas y en las muestras. Los métodos de disección y preparación de órganos y tejidos requieren mucho tiempo y esfuerzo, y aportan una información crucial pero limitada. Trabajar con cadáveres para investigar los rincones de nuestro propio cuerpo, aun siendo la forma más directa de echar un ojo a nuestra arquitectura general, no garantiza a menudo un número de sujetos suficientemente elevado para evaluar seriamente hipótesis y teorías. Los individuos que se pueden utilizar son pocos y de difícil gestión, tanto a nivel físico como burocrático y administrativo. Ha habido épocas en las que si tocabas un difunto te encarcelaban o hasta te quemaban vivo, y épocas donde, por el contrario, se descuartizaban cuerpos sin hacer demasiadas preguntas. Por lo menos en Europa, con la llegada de un modelo social y cultural más decente, los problemas se han ido gestionando de forma más propia, resolviendo excesos y defectos del «mercado de los cadáveres». Hoy en día, utilizar material humano en investigación es algo plenamente reconocido dentro del sistema científico, pero requiere una organización administrativa que pocas instituciones se pueden permitir manejar, y aun así, los resultados son a menudo muy parcos. Los estudios se suelen basar en pocos individuos, algo que reduce estadísticamente la posibilidad de evaluar la estabilidad de una hipótesis científica. Además las preparaciones anatómicas, en algunos casos verdaderos artilugios de los horrores, en otros verdaderas obras de arte, no son más que el destripamiento de una cáscara: no hay funciones en marcha, los tejidos no están en su contexto biológico, el sistema está apagado, incompleto y repegado con medios artificiales que simulan un decoro orgánico. Es lo que hay, con todos sus méritos y con todas sus carencias.

En las mismas décadas en que la anatomía sufría una seria falta de motivación, llegaban las moléculas: las proteínas, los genes, el ADN y toda una larga serie de nuevas ideas, de nuevas esperanzas, de nuevas promesas, y de nuevas utopías. La historia siguió su curso: los estudios anatómicos acabaron en los cajones de viejos laboratorios, mientras que la nueva biología se lanzaba a la exploración de las moléculas de la vida. El saber anatómico se congeló. La mirada se volvió hacia la inmensidad de las estrellas y hacia lo imperceptible de las moléculas, olvidando el valor de nuestro propio cuerpo y olvidando todo lo que todavía nos quedaba por descubrir acerca de él.

Hubo que esperar unas cuantas decenas de años para que la revolución digital empezase a cambiar las cartas en la mesa de juego. Los recursos electrónicos se hicieron cada vez más potentes, la informática sembraba ordenadores en cada casa y en cada oficina, las empresas tecnológicas adecuaban equipos y programas a las nuevas necesidades, hasta que la biología del carbono se fue sustituyendo por la física del silicio, y la anatomía pasó de ser cosa de células a ser asunto de píxeles. A finales del siglo pasado, técnicas como la tomografía computarizada o la resonancia magnética, que habían revolucionado el campo biomédico (con sus aplicaciones en el sector diagnóstico, quirúrgico y protésico) y la ingeniería mecánica (con sus aplicaciones en diseño y modelos virtuales) alcanzaron una precisión suficiente para ser utilizadas también en investigación. Y se volvieron a abrir los cajones de la anatomía general y comparada.

La vuelta a lo infinitamente promedio, gracias a las técnicas digitales, fue impactante. Las estructuras anatómicas se podían por fin estudiar en individuos vivos, en miles de ellos, sin tener que descuartizar a nadie, y con una precisión de décimas de milímetros. Impresionante. La morfología, el estudio de las formas anatómicas, era libre de sondear y explorar cada rincón del cuerpo humano. Había nuevos retos y nuevos caminos, pero también había que retomar todo lo que se había dejado a medias cincuenta años atrás. Muchas cosas seguían en los congeladores del saber, pero mientras tanto muchas otras se habían marchitado, o sencillamente perdido en el olvido de un mundo que entonces era mucho más local que ahora. Muchas informaciones se quedaban (y se quedan todavía) atrapadas en revistas desconocidas, encriptadas en idiomas dificultosos, sepultadas en bibliotecas de instituciones que ya han pasado a la historia. Había que explorar una selva increíblemente extensa, empezando por la búsqueda y la interpretación de los pocos mapas que quedaban de un siglo anterior.

Los que nos hemos metido en ello a finales de los noventa hemos encontrado una tierra con casas abandonadas, carteles borrados por el tiempo, senderos desaparecidos bajo la vegetación y topografías amarillentas. Pero no era una tierra baldía: unos cuantos se habían quedado, y han sido nuestros guías y nuestros asesores, como aquellos abuelos que, aunque a veces confunden historia y leyenda, representan la clave para no tener que empezar todo desde cero. Sí, porque en anatomía, a pesar de ser algo tan físico y aparentemente indiscutible, las certezas en muchos casos no van más allá de un nivel sorprendentemente preliminar. Los términos pueden variar en función de quién y de cuándo, y generar un lenguaje borroso que complica las cosas sobre todo en las fronteras entre las diferentes disciplinas. Las funciones de muchos órganos o tejidos siguen siendo en parte desconocidas o, lo que es peor, se dan por hecho a pesar de una total ausencia de fuentes bibliográficas o de pruebas experimentales, confiando en una transmisión oral perdida en la noche de los tiempos.

Evidentemente el cerebro es un actor particular de toda esta historia. Es un órgano increíblemente complejo y heterogéneo en su estructura. Es también un órgano extremadamente variable de individuo a individuo, que carece de fronteras claras entre sus áreas, cuya geografía se conoce solo en parte, y que se etiqueta en función de convenciones destinadas a generar un mínimo de terminología común, más que a localizar los verdaderos componentes de su organización. Es un órgano que no tiene ni siquiera forma propia: su geometría se debe a la presión positiva de la sangre en su interior y a la presión negativa (tensión) de las meninges que lo anclan al cráneo como una tienda de campaña. Tampoco es un órgano muy bien delimitado en el espacio, porque aunque las neuronas son sus estrellas del escenario, no son nada sin la sangre que entra y sale, sin las células de soporte y de manutención, o sin los tejidos conectivos que sirven a todas sus funciones estructurales. Todos ellos elementos de los que, a día de hoy, sabemos poco o nada. Dentro de una cabeza hay vasos sanguíneos que todavía no se sabe si existen más allá de los libros, o si son venas o arterias. Entre los homínidos, por ejemplo, solo nuestra especie, Homo sapiens, tiene una red vascular muy compleja en las meninges, una verdadera jaula de vasos que ciñe el cerebro. Sin embargo, no sabemos bien para qué sirve esta red tan enmarañada, y en la primera operación quirúrgica la quitamos sin más porque estorba el acceso físico a la corteza cerebral.

Nuestro bagaje anatómico, de poca enjundia y poco valorado si lo comparamos con otros campos del saber, sigue revelándose impreciso en nuestros libros y en nuestros conocimientos comunes, que son muy básicos. Como muchas otras disciplinas científicas, también la anatomía se suele asociar a una educación infantil o juvenil, como si a nuestros adultos no les hiciera falta una buena dosis de información (y de formación) en este sentido. Casi nadie sabe cuántos dientes tiene en la boca, a pesar de ser elementos esenciales para nuestra biología, de no ser reemplazables de forma natural, de ser bien visibles a cualquiera que tenga un espejo, y siendo además muy pocos y de fácil recuento. En los atlas que se utilizan en divulgación, o hasta en contextos educativos, las faltas son bastantes frecuentes. Estos errores se deben, unas veces, a una escasa información rellenada con parches, pero en otros casos son realmente tropiezos que denotan cierta falta de profesionalidad. Muchas veces son el resultado de un eterno copia-y-pega editorial de los libros, procesos que cruzan varias décadas y varios idiomas, y cuyo contenido va cambiando según una mezcla de azar y de necesidades de empresa. Claro, pero «¿Qué más da?», te suelen decir cuando notas que el surco central del cerebro se ha posicionado incorrectamente en el surco marginal del cíngulo, o que en un cráneo se confunde una línea temporal (anclaje del músculo temporal) con el hueso temporal. «Son detalles, los críos no se enteran.» Bueno, pero por algo se llaman atlas. ¿Qué pasaría si en un atlas geográfico pusieran la etiqueta «París» sobre Madrid? Se trataría de un despiste de pocos milímetros en el mapa. Y, desde luego, a un chino que vive en Changchun, una ciudad de ocho millones de habitantes entre Mongolia y Rusia, le daría totalmente igual. Pero sería una chapuza, y no nos gustaría para nada.

Las técnicas digitales están evidenciando, año tras año, la necesidad de un conocimiento anatómico decente. Hay que andar con cuidado, que la potencia no es nada sin control, y, en una sociedad de la imagen como la nuestra, manejar imágenes tiene sus riesgos y sus tentaciones. La belleza de los modelos digitales a menudo desvía la atención de sus contenidos, y aquellos se venden como caramelos de colores para agradar vista y revistas, tanto científicas como de divulgación. Son herramientas muy complejas, que a veces pueden despistar si sus resultados se toman demasiado al pie de la letra. Esconden además una tecnología asombrosa, de las que todavía no conocemos muchos defectos. Sin embargo, no cabe duda de que, más allá de proporcionar una herramienta increíble para el desarrollo de las ciencias anatómicas, están también resaltando las lagunas que, a lo largo de medio siglo, hemos intentado olvidar.

«Conócete a ti mismo», decían los sabios griegos. Pues si un conocimiento íntimo de tu propia alma es algo más complejo y de difícil alcance, empieza por el cuerpo, que es más sencillo y, desde luego, fundamental. Por cierto ... ¿cuántos dientes tienes?


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Hace unas décadas Bill Bass, piedra angular de la antropología forense de Estados Unidos, empezó un proyecto pionero para promocionar los estudios con cadáveres en este campo. Su «Granja de cuerpos» fue un éxito para la disciplina, y pronto se convirtió también en un éxito para libros y series de televisión.

Los estudiantes de mi equipo publican, en un blog de laboratorio, notas y comentarios acerca de estudios y publicaciones sobre anatomía y morfología del cráneo y del cerebro. Os invito a echar un vistazo: https://skullandbrain.wordpress.com