Isla Guadalupe, Año Nuevo y la conservación de los elefantes marinos

11/04/2017 1 comentario
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Recientemente, en una mañana soleada de marzo visité una colonia de elefantes marinos en Año Nuevo, una playa en la costa de California localizada a unos 70 kilómetros al sur de San Francisco. Año Nuevo es uno de contados lugares en donde los elefantes marinos habitan una vez más en las playas del continente. Es un santuario para los elefantes marinos. Y es un lugar especial, sobre todo si se sabe la historia de esos preciados animales.

Elefante marino. Fotografía: Gerardo Ceballos

Una severa tormenta había azotado el barco en los últimas 14 horas. Los tripulantes exhaustos, enfermos algunos, desesperados, habían pasado la noche en vela. Las primeras horas del amanecer brindaron alivio al navío ruso. En el horizonte ya sin nubes, se perfilaba la silueta de la Isla de Guadalupe, su objetivo final. La satisfacción de haber llegado lleno de júbilo el capitán. Finalmente arribaron a las aguas gélidas de esta remota isla mexicana. Era el invierno del año de 1810. Alli pasarían los siguientes cuatro meses, dedicados exclusivamente a la caza de mamiferos marinos, de los cuales ocupaban principalmente el aceite, aunque también su piel y su carne. Al final de su estadía en la isla habrian masacrado a más de 3,000 elefantes marinos.

Cazador con cadáveres de focas en las Islas Pribiloff, Alaska, año 1892. Fotografía: Library and Archives Canada /PA-051498Se estima que la población de elefantes marinos en esa época era cercana al medio millón de animales, que se congregaban en invierno, después de pasar muchos meses en el mar, en algunas playas de esa y otras islas para reproducirse. La matanza indiscriminada continuó por algunas décadas. Barcos de Rusia, Japón y Estados Unidos se dieron a la tarea de explotar a ésta y otras especies marinas como el lobo marino de Guadalupe, el león marino, la nutria marina y las ballenas. 

Nutria marinaEn 1870 la isla que fue considerada un verdadero paraíso biológico, estaba devastada por los cazadores y las cabras que introdujeron a la isla. Las playas rocosas estaba cubiertas, tapizadas, de huesos y pedazos de piel, mudos testigos de la matanza atroz, que para entonces ya había orillado a todas esas especies a la extinción. En las playas rocosas en donde solo unas décadas antes había decenas de miles de lobos y elefantes marinos, solo quedaban pocos, muy pocos afortunados individuos, que habían aprendido a huir prestos ante el menor indicio de actividad humana. Del lobo fino llegó a haber solo 10 individuos; elefante marino entre 20 y 100; leones marinos no más de 1000 mil. La nutrias marinas eran solo recuerdo en las crónicas de esos barcos especializados en la caza de mamíferos marinos, ausentes ya de las costas de Guadalupe.

Matanza de focas barbudas en las Islas Pribiloff, Alaska. Fotografía: Library and Archives Canada / PA-051492

Recientemente, en una mañana soleada de marzo visité una colonia de elefantes marinos en Año Nuevo, una playa en la costa de California localizada a unos 70 kilómetros al sur de San Francisco. Año Nuevo es uno de contados lugares en donde los elefantes marinos habitan una vez más en las playas del continente. Es un santuario para los elefantes marinos. Es un lugar especial, sobre todo si se sabe la historia de esos preciados animales. En un hecho inusitado y esperanzador, el que estos enormes mamíferos hayan regresado al continente a reproducirse, en un espectáculo no visto en más de un siglo y medio. El recorrido por el santuario duró dos horas. La brisa fresca me pegaba en la cara y a lo lejos las aguas frias del Océano Pacifico se perdían en el horizonte. Entre la playa, machos inmensos, impresionantes, de hasta tres toneladas de peso, reposaban en la arena con su grupo de hembras y las crías del año. Algunos animales aventaban con patas sus delanteras arena a su lomo para refrescarse y cubrirse del sol. Las crías del año pesaban alrededor de 100 kilos. Las hembras se preparaban para regresar al mar, donde pasan la mayor parte del año.

¿Quién iba a imaginar que un decreto en 1922 del entonces Presidente Álvaro Obregón, salvaría de la extinción al elefante marino y todas las otras especies de mamíferos marinos, con excepción de la nutria, que habitaban las aguas de Isla de Guadalupe? Cien años después sería yo testigo de un espectáculo inolvidable en esas playas californianas.

Isla Guadalupe. Fotografía: http://conacytprensa.mx/index.php/ciencia/ambiente/2887

Ese día quedará grabado para siempre en mi memoria. Hoy la población de elefantes marinos es mayor a 200 mil individuos, que están aquí gracias a la determinación de un ex-presidente de México visionario, que con la firma de un decreto casi olvidado, pasó a los anales de la historia como un guardián de esa y otras especies de mamíferos marinos.