Confabulaciones

22/08/2017 0 comentarios
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La primera referencia médica moderna a la confabulación la encontramos en el psiquiatra ruso Sergei Korsakoff (1889). Él describió un tipo especial de déficit en la memoria de sujetos con una larga tradición de abuso de alcohol en sus vidas. Tales personas no sólo no podían retener eventos recientes sino que tenían la tendencia de rellenar episodios olvidados con historias imposibles y fantásticas. En esta entrada del blog introducimos algunos aspectos interesantes de esta patología mental.

Quizá la definición más rigurosa y más fácilmente operacionalizable de confabulación sea la siguiente: “la producción en una tarea de evocación de una historia, de una palabra u otro componente de la historia que se desvía totalmente de la historia original a ser recordada” (Attali et al. 2008). 

¿Por qué ocuparse de los procesos confabulatorios de la memoria es algo relevante? Porque los efectos sociales y clínicos de los mismos son insoslayables. Miles de juicios penales en el mundo se deciden cada año por las declaraciones de testigos oculares y muchos concluyen en sentencias inadecuadas en virtud de testimonios incorrectos, ya sean forzados o producto de falsas memorias. Urge pues, comprender la base neuropsicológica y funcional de los falsos recuerdos, entre los que están las confabulaciones.

Recientes estudios del grupo de María Zaragoza en la Universidad estatal de Kent, en Ohio, evidencian que las confabulaciones y falsas atribuciones son un fenómeno mucho más frecuente de lo que se cree, incluso entre sujetos sanos y en condiciones cotidianas absolutamente comunes y corrientes. Realizaron un experimento en el que mostraban un vídeo a los sujetos que presentaba un evento determinado y les hacían algunas preguntas. Cuando los sujetos carecían de respuesta, los experimentadores les animaban a darla. Los individuos se mostraban muy incómodos ante el requerimiento pero, una semana después, más de la mitad de los sujetos proferían en su descripción del evento, afirmaciones falsas como si fueran verdaderas (Chrobak y Zaragoza, 2009).

En otro experimento con niños, cuando se les preguntó por cómo el técnico de mantenimiento que habían visto en una sala de espera había roto algo que, de hecho, no había tocado, ellos dijeron que no lo había roto o que no lo habían visto. Pero una semana después muchos de los niños empezaron a confabular sobre la falsa situación. Todo esto pone en evidencia que las confabulaciones pueden ser frecuentes en la vida diaria y que no aparecen confinadas a estados neuropatológicos. Pero es que, además, hay motivos clínicos para estudiar un fenómeno que puede afectar profundamente la seguridad de los pacientes y llevarlos a cometer errores que comprometan su vida. Pensemos en las aplicaciones de la domótica actual para el cuidado de pacientes con déficits cognitivos (Bouchard et al. 2007). Pacientes de Alzheimer, por ejemplo, que confabulen en la idea de que han apagado el hornillo y pueden estar muchas horas con el hornillo encendido o que confabulen en el acto de que han introducido comida a calentar en el microondas y en realidad han dejado en el interior unos guantes.

Las confabulaciones son de diversos tipos y pueden llegar a ser muy incapacitantes. En su “best-seller” de 1985, “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, Oliver Sacks nos describe el caso del señor Thompson, el cual carecía de memoria episódica y elaboraba ficciones para intentar compensar el déficit. Por ejemplo, cuando un doctor llevaba una bata blanca en la consulta, él se forjaba el mundo improvisado del carnicero que atendía en el mercado cercano a su casa.

Tipos de confabulaciones

 (Tipos de confabulaciones para Nahum et al., 2012)

(http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S002839321200276X)

Dalla Barba (2005) nos presenta, entre otros, el caso de MG, paciente que presentó una rotura de la arteria comunicante posterior. MG llegó a comentar al radiólogo que lo atendió que, por pura casualidad, había llegado al Hospital a visitar a un amigo y que los médicos le habían detectado el problema.

De entre las hipótesis neurocognitivas que buscan explicar el fenómeno confabulatorio destacan dos grandes tipos (Gilboa et al. 2006). En primer lugar, la teoría de la temporalidad sugiere que los pacientes poseen un sentido distorsionado de la cronología, de manera tal que pueden recordar el contenido de los eventos pero no su orden de aparición o su importancia respecto a la realidad. Así pues, los sujetos atribuyen erróneamente aspectos de eventos que sucedieron en un tiempo a eventos que ocurrieron en otro tiempo o que acaecen en el momento actual. El apoyo experimental para esta hipótesis procede de una serie de estudios realizados por Schnider y colaboradores (Schnider et al. 2000) en el que demostraban que un paciente con confabulaciones espontáneas era capaz de almacenar nueva información con normalidad, pero era incapaz de almacenar el orden temporal de la información adquirida.

La segunda gran hipótesis es la más en boga en la actualidad y se denomina hipótesis de la recuperación estratégica (Moscovitch, 1989). Surge de haber observado que la confabulación afecta a las memorias remotas adquiridas mucho antes del daño cerebral tanto como a las memorias que se puedan adquirir después de sufrido el daño. Por lo tanto, se piensa que la confabulación es considerada más un déficit en la recuperación que en la tarea de codificación. La idea de recuperación estratégica alude a que la memoria no es elicitada directamente por la pista sino que precisa ser recuperada por un proceso estratégico de búsqueda, afín a la resolución de un problema. Dicho proceso orienta la búsqueda hacia pistas cercanas que puedan activar mecanismos de la memoria asociativa (Gilboa et al. 2006).

Una vez recuperada la memoria, los procesos estratégicos intervienen en la monitorización de la memoria recuperada y determinan si resulta consistente con las metas de la tarea y con otras fuentes de conocimiento, verificando si la memoria recuperada es probablemente verdadera o falsa. Sin embargo, como subrayan Dalla Barba et al. (2008), la confabulación puede reflejar la interacción entre una recuperación afectada y un proceso deficitario de codificación  (Craik y Tulving, 1975); la evidencia se encontraría en que la confabulación puede afectar a memorias recientes (premórbidas y postmórbidas) más que a memorias remotas (Attali et al. 2008) Los autores pretenden confirmar esta afirmación en una muestra de 20 pacientes con probable diagnóstico de enfermedad de Alzheimer, hipotetizando que el sobreaprendizaje de la información interfiere con la recuperación de episodios pasados específicos y que esta interferencia es más prominente cuando una tarea concurrente perturba la codificación de los episodios a ser recuperados.

Attali y colaboradores defienden que es la pobre codificación de los datos y no el proceso de recuperación, la causante directa de las confabulaciones en sujetos (muy probablemente en la fase inicial de la enfermedad). ¿Habría manera de formular un modelo computacional que nos permitiera dirimir entre ambas explicaciones del fenómeno, teniendo en cuenta, además, la posibilidad de simular los déficits cognitivos genéricos que se van produciendo en los estadios más iniciales de la enfermedad?

Existe una arquitectura cognitiva que es capaz de dar cuenta del funcionamiento de procesos mentales superiores, como la memoria y el aprendizaje, y que presenta conexiones con los avances más recientes en el conocimiento de la estructura cerebral aportada por las modernas técnicas de neuroimagen: se trata de ACT-R (Adaptive Control of Thought-Rational), desarrollada por John Anderson e inspirada en las ideas de Alan Newell sobre el diseño de una arquitectura cognitiva universal. Puesto que es capaz de modelizar, de manera unitaria, muchos de los procesos cognitivos que intervienen en el proceso de recuperación de la información, podría ser la herramienta adecuada.