¿Es la homosexualidad una inclinación natural?

13/07/2015 13 comentarios
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Erróneamente, hay quien ha llegado a creer que la homosexualidad es una condición basada en sentimientos perversos adquiridos y modificables, cuando, en realidad, es una condición tan biológicamente normal, como la heterosexualidad o la bisexualidad.

Antes de responder a la pregunta del título me gustaría que reflexionásemos sobre otra previa. Sea cual sea su propia orientación sexual, la de usted, dígame ¿esa orientación se la enseñaron en algún momento de su vida o es algo que empezó a sentir espontáneamente desde muy joven? Si usted, por ejemplo, es heterosexual y por ello se siente atraído hacia personas del sexo contrario, ¿piensa que eso es así porque en algún tiempo de su vida sus padres o educadores le enseñaron a tener esos sentimientos o, por el contrario, eso es algo que usted trajo consigo ya en el momento de nacer? Piénselo, pero déjeme hacerle también una versión diferente, aunque complementaria, de la misma pregunta. Si es usted heterosexual, ¿cree que a estas alturas de su vida podría existir algún tratamiento psicológico para convertirle en homosexual o, por el contrario, se siente usted plenamente seguro o segura de la fortaleza de su propia orientación?

La respuesta a ambos tipos de preguntas casi siempre es la misma: la mayor parte de las personas tienen la impresión de que nadie les enseñó su orientación sexual, siendo algo que aparece de manera espontánea muy tempranamente al final de la infancia y que además se siente como muy consistente e inmutable. Desgraciadamente, esa misma consistencia e inmutabilidad no siempre se la atribuimos a quienes tienen una orientación sexual diferente. En el caso particular de la homosexualidad se ha llegado a creer, erróneamente, que se trata de una condición basada en sentimientos perversos adquiridos y modificables, cuando, en realidad es una condición tan biológicamente normal, como la heterosexualidad.

En 1991 el norteamericano Simón LeVay publicó los resultados de una investigación con cerebros de individuos fallecidos que mostraba que parte del hipotálamo, una región del cerebro relacionada con las motivaciones que tenemos, era más del doble de grande en los hombres heterosexuales que en los homosexuales. Anteriormente ya se sabía que dicha parte del cerebro era mayor en los hombres heterosexuales que en las mujeres. Eso hizo pensar a los científicos que la orientación sexual de las personas podría basarte en tal dimorfismo cerebral y tener por tanto un carácter más biológico que social. Sabemos también que los andrógenos, las hormonas sexuales que fabrican los testículos, masculinizan el cerebro del embrión en gestación, condicionando críticamente su vida adulta en aspectos como el interés sexual, las habilidades espaciales y otras características mentales y de personalidad relacionadas con el género.

Ejemplar de pinzón (zebra finch, en inglés) genandromorfo. [Créditos: livescience.com]

Sin embargo se ha hallado un sorprendente ejemplar natural del pájaro pinzón que es masculino en su lado derecho, donde tiene un testículo y plumas brillantes, y femenino en su lado izquierdo, donde tiene un ovario y plumas menos vistosas. Sus hemisferios cerebrales también son diferentes pues el del lado derecho tiene más desarrollados los circuitos de las neuronas que controlan el canto. Si el desarrollo sexual dependiera sólo de hormonas, los dos lados del cerebro y cuerpo del animal deberían ser del mismo sexo, pues las hormonas se distribuyen igualmente por ambos lados del organismo. Esta observación, aunque no excluye del todo un papel de las hormonas en la orientación sexual durante el desarrollo de la persona, indica que, más allá de ellas, podríamos heredar de nuestros progenitores genes determinantes de esa orientación.

Un buen número de estudios en familias y con hermanos gemelos han mostrado pruebas consistentes de que la orientación sexual puede tener un importante componente genético. La pregunta es, si un hermano es homosexual, ¿qué probabilidad hay de que el otro también lo sea? Si esa probabilidad es alta tenemos una importante prueba de la influencia de los genes en la orientación sexual. Verdaderamente, así es, pues estudios como el realizado en la Universidad de Illinois (EE.UU.) han mostrado que en el caso de hermanos gemelos genéticamente idénticos (monocigóticos) tal probabilidad es del 48 % mientras que en los gemelos que sólo comparten la mitad de los genes (dicigóticos) esa misma proporción es de tan sólo el 16 %. En hermanos biológicos no gemelos era del 14 %, no superando el 6 % en hermanos adoptados.

También se ha observado una elevada tasa de homosexualidad entre progenitores que ya lo son y sus parientes, siendo al parecer las madres las principales transmisoras del componente genético de la homosexualidad en varones. En 1993 se informó de un análisis genético con 40 pares de hermanos homosexuales que ponía de manifiesto una región del cromosoma X que podía contener uno o más genes de la homosexualidad. Aunque este hallazgo ha sido muy criticado por razones metodológicas, un estudio muy reciente de la misma universidad, esta vez con 409 pares de hermanos homosexuales ha confirmado la existencia de esa región en el mismo cromosoma.

Aun así, la realidad derivada de las investigaciones científicas viene a confirmar que el componente genético no cubre todo el espectro explicativo de la orientación sexual de las personas, lo cual nos lleva a admitir un margen para los factores no genéticos, es decir, los ambientales y educativos. Estos últimos podrían influir también en la orientación sexual de manera epigenética, es decir, haciendo que se expresen o no los genes implicados en cada orientación sexual. Es esta última una posibilidad que se sigue investigando. Lo que, en cualquier caso resulta incuestionable es la dependencia educativa del comportamiento más que la orientación sexual de las personas. Es decir, si las inclinaciones y sentimientos hacia uno u otro sexo vienen muy determinadas por factores biológicos, el modo de comportarse sexualmente para ejercer esas inclinaciones sí que depende en alto grado de la educación recibida y el ambiente en que se desenvuelve cada individuo. El modo, por ejemplo, en que algunas personas exhiben su condición o atributos sexuales al vestirse o moverse tiene posiblemente mucho más de educativo que de heredado.

 

Para saber más: Morgado, I. La fábrica de las ilusiones: Conocernos más para ser mejores. Barcelona: Ariel 2015