A propósito de Alone Together de Sherry Turkle

19/06/2015 0 comentarios
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De acuerdo... no hay adicción a Internet. Pero entonces ¿qué nos está pasando en nuestra relación con la tecnología? Quizás no hay que preocuparse, pero quizás sí ocuparse más de lo que realmente importa usando el Smartphone cuando nos sea útil, pero dejándolo de lado cuando sea un estorbo para: o estar solos de verdad, o estar acompañados realmente.

Estoy acabando de leer el estupendo libro de Sherry Turkle titulado: Alone Together que tiene como sugerente subtítulo "Why we expect more form technology and less from each other". Turkle es valiente al poner en cuestión si no estamos sobrepasando el difuso límite entre un uso saludable, admitiendo que también el concepto saludable puede ser difuso, y una hiperconectividad que puede que nos esté superando y generando un estado bastante opuesto al que esperamos cada vez que cambiamos de Smartphone y ahora ya hasta de gafas y de reloj.

Afirmaciones que encontramos en el libro como: "Anxiety is part of the new connectivity" pueden resultarnos chocantes en un mundo en el que parece haber una oda continua a todo avance tecnológico, al que se le suele asociar además una narrativa con tintes "quasi-épico y moralizantes" en el sentido de que todo avance tecnológico, cada nueva versión de los Smartphones, software, app o próximamente nos hace "más"..., más abiertos, más cercanos, más accesible y según en que ámbito nos movamos más demócratas, innovadores, "cool" o lo que es lo mismo y lo resume todo: "mejores", o al menos algo más que a los de al lado.

¿Por qué entonces y pese a los denodados esfuerzos de publicistas, expertos en marketing y comunicación parece que algo no funciona? Pues posiblemente porque algo no funciona en nuestra relación con la tecnología, como nos dice desde el dueño del bar donde nos tomamos el café por la mañana y que se niega a tener Wifi, nuestro vecino del rellano o Sherry Turkle como psicóloga e investigadora del MIT.

Como pasa siempre que algo no funciona y se pretende que lo haga necesitamos dos cosas para arreglar, o al menos no estropear más aquello que no funciona. La primera es un "diagnóstico", la segunda un "tratamiento". Y en esta tesitura y en el marco de una sociedad en la que tendemos a considerar "patológico" casi todo lo que no entendemos es fácil que conceptos como la adicción se cuelen día sí y día también en cualquier corrillo en el que surja el tema de cómo nos relacionamos con las nuevas tecnologías.

Y la verdad es que aunque manuales como el DSM-V no consideren que el hecho de que parezcamos cyborgs siempre conectados todos con todos (y Turkle diría algo así como: "sí, pero más solos que nunca") o que compartamos espacios en los que antes nos relacionábamos y ahora evitemos el contacto ocular potencialmente anticipatorio de conversaciones "off-line" (de las de toda la vida) para que nadie nos interrumpa en nuestra escapadita a nuestro mundo virtual personal no parece que el problema sea sanitario sino más bien social y cultural.

¿Dónde nos vamos cuando estamos off-line? ¿Dónde está nuestra mente? Quizás paradójicamente esté más concentrada que nunca, en pleno "flow" como llama Mihály Csíkszentmihályi, a la situación en la que estamos absortos en una actividad que nos llena, en la que nos implicamos, nos concentramos absolutamente y en la que perdemos, literalmente, la noción del tiempo. 

¿Será posible entonces que las tecnologías que han sido siempre "culpables" de aislarnos, distraernos y hacernos perder la concentración en el mundo físico nos permitan paradójicamente concentrarnos en el virtual? Pues viendo la actividad febril que se respira en cualquier vagón de tren o de metro en lo que a uso de los Smartphones se refiere y el extraño silencio casi de biblioteca que atrona en algunos momentos parece que sea así. No insistiremos en este post, por haber sido tratado en otros, sobre las nuevas PsicopaTIClogías que nos "acechan" a todos, como la nomofobia, el síndrome de la llamada fantasma, el "Fear of missing out" o cualquiera de ellos. No son patologías, pero como se dice de las meigas en Galicia: "haberlas haylas" o al menos algo muy parecido que provoca malestar.

Y si no queremos etiquetas tomemos experiencias personales, o de otros que siempre es más cómodo, y pensemos en las veces que pasamos más tiempo del que necesitaríamos esperando "no sé qué" en la pantalla del Smartphone, las veces en las que un trabajo que íbamos a liquidar en una hora se alarga cinco porque no hay manera de escapar de las interrupciones. En las veces en las que habiendo sido capaz de silenciar el teléfono empezamos a navegar sin rumbo por la red encontrando aquello que nos dará la pista clave, el hilo del que tirar para escribir, quizás este post.

¿Procrastinación? Sí, probablemente. Pero ¿cómo la vencemos? ¿Volviendo atrás en el tiempo; es decir deshaciéndonos de nuestras cuentas de Facebook pobladas de "amigos", Twitter repletas de "seguidores" que parecen encumbrarnos a lomos de nuestro ego para poder trascendernos? No parece la solución. Pero como dice con mucho tino el humorista José Mota... "Pero... ¿y si sí?"

Quizás no sea necesario ser tan drásticos, al menos de momento y/o como receta general porque a estas alturas nadie puede negar las innegables ventajas de Internet en cualquier de sus modalidades y/o dispositivos. Puede que volviendo a la analogía médica en lugar de "net-amputar" se puedan aplicar terapias alternativas. ¿Marcarnos un horario o límite de tiempo de conexión al día? Parece plausible si somos capaces de seguirlo ¿Volver a comprarnos un "móvil" que sirva solo para llamar? Puede ser plausible cuando alguna nueva tribu urbana lo ponga de moda. ¿Llevarnos un libro en papel para leer en el tren? La verdad es que últimamente quienes lo hacen atraen más miradas, y algunas de ellas de sana envidia, como hace unos años las atraían los gozosos portadores de los "Stonephones" con los que se inició la carrera en la que todavía corremos.

Alguien dijo que todas las drogas, y así pasó con el tabaco, pero también con la heroína y la cocaína, tienen una doble luna de miel. Una social en la que puede llegar a ser sinónimo de prestigio social, de pertenencia a una élite y otra individual en tanto que al principio las ventajas del consumo hacen impensable sus consecuencias finales. Obviamente en lo relativo a las TIC no estamos en ese camino... Pero ¿y si sí? ¿Y sí dentro de 50 años los que miran vídeos con la misma mezcla de ternura y pena con la que ahora se miran en Youtube los antiguos anuncios de tabaco que protagonizaba un actor que falleció de enfisema?

Sea como sea y dejando el humor de lado, todos "sabemos que pasa algo" cuando tantas personas sienten que le faltan horas y que los dispositivos con los que se supone que íbamos a tener más tiempo para lo que realmente importa parece que se empeñan en hacernos correr desde que suena la alarma del Smartphone hasta que por la noche algunos echan el último, y a veces estresante, vistazo a los mails con los que deberemos lidiar al día siguiente. Quizás no es tan grave, de acuerdo. No hay que preocuparse; pero quizás sí que hay que empezar a ocuparse.