"Infoxicados pasivos": ¿Necesitamos una "etiqueta digital"?

03/09/2015 1 comentario
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En un momento en el que el uso de los smartphones aumenta sin cesar su uso en el ámbito público genera situaciones molestas: conversaciones en las que nos vemos envueltos, sonidos y avisos continuos, interrupciones en representaciones artísticas. En esta entrada reflexionamos sobre la necesidad de una "etiqueta digital" que adoptemos para disfrutar al máximo de nuestros dispositivos pero sin molestar, al menos demasiado, al prójimo. Haciendo una analogía con la idea del "fumador pasivo" que se veía obligado a respirar el humo del tabaco de otros hablamos del "infoxicado pasivo" que se ve muchas veces obligado a armarse de paciencia en lugares públicos en los que no deja de recibir información que ni ha buscado, ni precisa ni le importa. Al igual que antes se preguntaba aquello de: "¿Les importa que fume?" Quizás ahora no estaría mal preguntar: "¿Les importa si miro vídeos de Youtube sin auriculares"?

La figura del "fumador pasivo" ha tenido, y tiene aún gran importancia en el ámbito del tabaquismo. La combinación de las pruebas científicas de los perjuicios del tabaco, tanto entre fumadores como entre quienes sin fumar estaban expuestos al humo junto con la presión social impuesta por los que consideraban que tener que tragar el humo de los cigarrillos de otros perjudicaba su salud fue determinante para la aprobación de la Ley "antitabaco" de 2011.

¿Y que tiene que ver todo esto con una entrada sobre "infoxicados pasivos"? Veámoslo. David Trueba, en su estupenda novela "Blitz", comenta a través de un personaje algo agobiado por las presiones a las que nos someten las nuevas tecnologías, que es posible que al igual que el tabaco cuando apareció era considerado casi imprescindible y las campañas de publicidad de la época, muchas de ellas recuperadas del recuerdo y colgadas en Youtube, y quizá con intereses más allá de lo puramente histórico, nos mostraban a profesionales, muchos de ellos de la salud, fumando y mostrando así su elegancia, clase y saber estar. Cuando no a un hombre Marlboro que acabó muriendo de enfisema pulmonar sin poder dejar de fumar.

La realidad en estos momentos es bien distinta. Nadie duda ya de los problemas de salud que acarrea el tabaco y son muchas las unidades y servicios sanitarios que ayudan cada año a dejar de fumar a miles de personas que no pueden hacerlo solos. Al igual que pasaba con el tabaco en estos momentos disponer de una buena conexión 4G, fibra óptica en casa, estar siempre online y poder conectarse desde cualquier sitio es señal de "estar en el mundo", de estar al cabo de la calle de casi todo, de disponer en nuestros smartphones de un apéndice, de un vínculo con el "Todo" que nos permite hacer más cosas, conocer más sitios, contactar con más gente. El "hombre marlboro" actual ya no llevaría un cigarrillo entre sus labios sino probablemente un smartphone de ultimísima generación y con mucha clase cerca de él".

Porque entre los smartphones también existen clases, como las hay en el tabaco, donde había desde "cajetillas duras de rubio americano" que en formato smartphone serían los últimos y más sofisticados modelos de las marcas líderes, y de "tabaco de liar barato", que vendrían a ser marcas "low-cost". Pero quien más quien menos lleva un smartphone en la mano y, por qué no decirlo, poner sobre la mesa frente a los demás el último y más caro modelo de teléfono inteligente no deja de estar diciendo algo sobre nosotros (y quizá no siempre lo que pensamos que se dirá). Pero en contraposición al "glamour" de la telefonía móvil en la que la presentación de nuevos dispositivos adquiere tintes casi épicos y en muchas ocasiones con colas a la puerta de los comercios para su adquisición, hay también una sensación de que la proliferación de estos dispositivos en el ámbito público empieza a ser agobiante, y que, siguiendo nuestra analogía tabaquera, ya no nos echan el humo en la cara, pero nos: atronan musiquitas infernales que le indican al propietario del smartphone, y de paso a todo un vagón de tren, que le están enviado mensajes en Twitter, Whashtapp, Facebook o cualquier otra plataforma. Nos obligan a estar pendientes de no tropezar por la calle con personas absortas en sus teléfonos móviles que chatean sin levantar la cara para ver por dónde van, nos obligan a estar pendientes de conductores que lo siguen utilizando pese a las amenazas de sanción, nos obligan a escuchar música de todo tipo procedente de smartphones cuyos dueños no deben conocer que se han inventado los auriculares. Nos vemos obligados a esperar que personas que se supone que están de cara al público atiendan sus necesidades sociales y de relación frente a nosotros. Nos obligan a asistir a comidas en las que entre plato y plato en lugar de echar el cigarrito como algunos hacían antes se consultan los mensajes recibidos y hasta se contestan. Nos interrumpen en pleno éxtasis de un buen concierto, obra de teatro o película con llamadas o silbidos varios. Nos obligan a ver cómo en lugar de encenderse mecheros (qué curioso, mecheros...) en los conciertos ahora se "encienden smartphones" y si tenemos mala suerte en nuestra ubicación nos tapan un poco más al admirado artista.

De acuerdo, la comparación no es completa, la "infoxicación pasiva" no tiene ni de lejos la importancia, desde un punto de vista sanitario, que los efectos que podía sufrir el fumador pasivo por respirar humos ajenos. Pero no me negarán que el uso socialmente poco sensible, por no decir educado, del smartphone llega a molestar en ocasiones ¿verdad? Quizá no sea casualidad que en algunas ciudades chinas empiecen a establecerse carriles para aquellos que circulan mirando el móvil, chateando o absortos en vídeos de Youtube. Así los que circulan por estos carriles digitales no tienen que preocuparse de que cualquier otro ciudadano que tenga la mala idea de no circular por su derecha o de estar pendiente a la incesante actividad que puede desplegar el conectado o conectada mientras camina, ya que a la vez que se mueve de una parte a otra de la ciudad aprovecha para gestionar su empresa, quedar a recoger a sus hijos, acabar de discutir un tema espinoso con un cliente e incluso hacerse unos arrumacos auditivos a su pareja y todo ello en un alarde de sinceridad y apertura emocional encomiable, hasta hablando alto para que no nos perdamos nada (todos sabemos que por móvil tendemos a subir la voz, todos menos quien lo está haciendo) y en definitiva ofreciéndonos una panorámica, a veces de 360º sobre su vida, obra, aficiones y hasta su siempre rico mundo interior.

No me atrevo (seguro que no acababa bien) a hacer un ejercicio que hace tiempo que pienso que sería un experimento interesante. Se trataría de prestar atención a la conversación que, por ejemplo, está manteniendo la persona que va junto a nosotros en el tren, y luego, una vez que haya colgado, entablar con él o ella una nueva conversación sobre nuestro punto de vista en relación al tema que haya estado tratando: desde su relación de pareja, hasta esos problemas con el sinvergüenza de su socio, con el cliente que no hay manera de que le pague, el hijo o hija adolescente que insiste en que irá a la fiesta diga lo que diga su padre o madre, sobre las exigencias de su jefe, etc. Es más que probable que tras una primera reacción de estupor la reacción fuese agresiva. Nos diría que no tenemos derecho a entrar en su intimidad (y efectivamente no la tenemos), a hablar de su familia, a escuchar conversaciones ajenas... y eso como mínimo. Es decir se produciría una situación violenta psicológicamente interesante, no extrema pero molesta y que puede acabar mal.

Pensemos en la paradoja de que esa persona por un lado nos obliga (casi literalmente a no ser que queramos perder nuestro asiento en el tren) a asistir a una conversación íntima en la que en muchas ocasiones revela datos de él o de ella, que tardaría varios meses en compartir si en ese momento y sin móviles de por medio estableciéramos una relación "clásica". Pero, y aquí viene la paradoja, tienes que hacer como que no te enteras, no te importa en absoluto y vigilar de no sonreír, o poner mala cara, es decir tienes que tener una cara de póquer y "hacer como sí" no pasase nada. Lo dicho... una situación en la que nos obligan a enterarnos de cosas que no nos interesan y nos vulneran nuestro derecho a estar tranquilos. Vamos que nos "infoxican" con informaciones que ni queremos, ni deseamos y que encima nos pueden poner de mal humor.

Hablando por móvil en el bus mientras usuarios reprueban

Otra situación que nos llena de "humo digital" y genera tensión es cuando estamos con alguien para quien el móvil es poco menos que un apéndice más de su cuerpo, una extensión de su ego o directamente, casi, su alma digital. Es aquella persona que queda a comer con nosotros y pone el smartphone sobre la mesa (¿a qué lado irá?) y apenas tiene ocasión va mirando los mensajes que le entran, y lo peor es que si te descuidas o dejas de hablar para coger aire... ¡los contesta! Y luego igual aún te dice aquello de... "perdona es que es importante". Toma, ¿y yo no, después de haber esperado varios días a ver si encontrábamos un hueco para comer? Pues sí... él o ella puede pasarse media comida pendiente del correo, la otra media diciendo: "mira qué me envían" que le sirve como excusa para echar un vistazo más a su aparato, y en definitiva acabas teniendo la sensación de que no has estado con esa persona en ese restaurante y que hubiera sido más interesante invitar a su smartphone directamente. ¿Recuerdan aquellos comensales que hace unos años aprovechaban para echar un pitillo entre plato y plato? (Y aún lo hacen si pueden pedir terraza)... pues lo mismo pero en formato digital.

Cuando hablas de estos temas con compañeros y amigos, muchos se sienten identificados y da la sensación de que cada vez más parece que empieza a haber un acuerdo tácito de que alguna cosa no está funcionando a nivel social en relación al uso del smartphone, y que quizás estaría bien disponer de un código de buena conducta, de algún tipo de normas de "etiqueta digital", que consensuemos y sigamos para hacer mejor uso de nuestro dispositivos electrónicos, pero respetando el derecho a los demás a su tranquilidad (de acuerdo el de la "tranquilidad" no es un derecho legalmente reconocido, pero a todos nos gusta disfrutarlo).

Esta idea de la "etiqueta digital" ya hace tiempo que se comenta y de hecho no sería más que adaptar una serie de "usos y costumbres" que ya tenemos adquiridos a una nueva realidad tecnológica. Por ejemplo: ¿se nos ocurriría abrir un libro, un periódico, o ambos, y ponernos a leerlo mientras estamos en un restaurante acompañados de alguien? No, ¿verdad? ¿Por qué entonces parece que ponerse a leer un mail de trabajo o contestar mensajes de Whashapp sí que parece más socialmente aceptable? En Estados Unidos ya se están haciendo encuestas sobre qué se considera socialmente aceptable y qué no en relación al uso del móvil. Concretamente las ha realizado el Pew Internet Research Centre en el marco de un interesante estudio titulado: American's Views on Mobile Etiquette. Tal y como se puede ver en la figura uno, cuando se les pregunta a los estadounidenses qué opinan del uso del smartphone en distintas situaciones tenemos que al 77 % les parece adecuado su uso mientras se camina por la ciudad (no queremos mencionar los peligros potenciales para la circulación), en transporte público el 75 % lo considera correcto y en general se considera más "adecuado" en tanto que se use en situaciones en las que estemos solos y se pueda (o para algunos deba) "aprovechar el tiempo", como por ejemplo mientras hacemos cola (un 74 % lo considera adecuado).

En cambio, cuando la situación es familiar y social (cena familiar, en una reunión, en el cine o teatro o durante un oficio religioso) la percepción de que el uso del smartphone es inadecuado es la mayoritaria, y si nos fijamos las principales "quejas" sociales que oímos en relación al uso del smartphone están en este ámbito: desde encuentros familiares en los que algunos se pasan (o se evaden) a través del móvil, obras de teatro en las que los actores paran la función para pedir por favor que se apaguen los móviles, o familias agobiadas porque durante las vacaciones lo único que parece importarle a los hijos adolescentes es encontrar wifi gratis.

Cuando se les pregunta a la muestra norteamericana de los investigadores del Pew Internet Research qué opinan los usuarios en relación a si el uso del smartphone interrumpe o daña la conversación, la situación social en la que se utiliza un 82 % de los adultos comentan que les parece que sí... ¿Se debe hacer algo? ¿Se puede hacer algo?

Sin duda estamos ante otro de esos temas sobre los que se pueden abrir innumerables debates, reflexiones y como siempre el problema será diferenciar entre lo "adecuado" y lo "inadecuado", cosa que por ser claros consideramos que será imposible puesto que son categorías muy personales y lo que puede ser estupendo para unos y muestra de que en este nuevo mundo digital todo lo bueno es posible y que a más conectados más humanizados; puede ser aprovechado por otros para mantener la posición exactamente contraria ¿Quién tiene la razón? ¿Qué es tener la razón en este tema?

Sí que creemos que, poco a poco, se irá estableciendo una norma social, una etiqueta digital, e-etiqueta o como se le quiera llamar que nos llevará a un uso de los móviles mucho más adecuado y respetuoso con la intimidad y "derecho al silencio" de los demás. Y sin tener que crear espacios o vagones como existen ya en el AVE o teniendo que buscar hoteles y restaurantes en los que ya se empieza a limitar la conectividad que también los empieza a haber.

¿Se acuerdan de cuando un fumador en el asiento del tren se dirigía a los pasajeros más cercanos y les decía aquello de: "les importa que fume"? Igual a este paso tendremos que preguntar a esos mismos pasajeros: ¿Les importa que hable por teléfono?... otra cosa es que quizás el smartphone nos sirve como excusa para no tener que relacionarnos ni hablar con demasiadas personas, o al menos para hacerlo solo con aquellas que realmente nos interesan; pero eso ya será objeto de otras reflexiones.