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  • 23/02/2016

Comportamiento

Una versión moderna del experimento de Milgram ayuda a explicar el poder de la autoridad

Las personas que obedecen órdenes se sienten menos responsables de sus acciones, según un estudio.

Current Biology/Nature News

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Réplica de la máquina empleada por Stanley Milgram en sus experimentos de los años sesenta. [régine debatty/Flickr; CC BY-SA 2.0]

Más de 50 años después de que el psicólogo Stanley Milgram impactara al mundo con un estudio que reveló la disposición de las personas a infligir daño a otras si se les ordena hacerlo, un grupo de científicos cognitivos ha llevado a cabo una versión moderna de aquellos emblemáticos experimentos. El nuevo trabajo podría explicar los inquietantes descubrimientos de Milgram. Según los investigadores, quienes siguen órdenes se sienten menos responsables de sus actos, con independencia de que estos sean buenos o malos.

«Si estos resultados pueden replicarse, nos encontraríamos ante un gran mensaje», comenta Walter Sinnot-Armstrong, neurocientífico de la Universidad Duke que no participó en el trabajo. «Podrían ayudarnos a entender por qué las personas se muestran dispuestas a dañar a otras cuando se las coacciona: no lo ven como una acción propia», señala el experto. El estudio podría contribuir al antiguo debate jurídico sobre el reparto de responsabilidades entre alguien que actúa siguiendo órdenes y quien las imparte, comenta Patrick Haggard, neurocientífico cognitivo del Colegio Universitario de Londres y director del estudio, publicado hace unos días en Current Biology.

Los experimentos originales de Milgram fueron motivados por el juicio al nazi Adolf Eichmann, quien famosamente argumentó que «solo seguía órdenes» cuando enviaba a los judíos a la muerte. Haggard enfatiza que sus hallazgos no legitiman las acciones dañinas, pero sí parecen indicar que una excusa como «solo acataba órdenes» estaría delatando una verdad más profunda sobre cómo se siente una persona que actúa bajo el mando de otra.

Descargas eléctricas

En una serie de experimentos efectuados en la Universidad Yale durante los años sesenta, Milgram dijo a los participantes que un hombre situado en una sala contigua estaba recibiendo un entrenamiento para aprender pares de palabras. Cada vez que cometiese un error, los sujetos debían pulsar un botón que le administraría una descarga eléctrica de intensidad creciente. Al hacerlo, los sujetos podían oír sus gritos de dolor. En realidad, el aprendiz era un actor al que nunca se le administró ninguna descarga eléctrica. El objetivo de Milgram era averiguar cuán lejos podían llegar los participantes cuando se les ordenaba aumentar el voltaje.

Una alarmante proporción de sujetos, dos terceras partes, continuó administrando descargas eléctricas cada vez más potentes, incluso después de que el aprendiz hubiese simulado caer inconsciente. Sin embargo, el experimento de Milgram no evaluó qué sentían los participantes. Además, sus ensayos han sido criticados no solo por el posible trauma que pudieron haber provocado en los sujetos, sino también porque algunos de ellos podrían haber supuesto que el dolor del aprendiz no era real.

Con el paso del tiempo, varios investigadores han efectuado réplicas modernas y éticamente menos comprometidas del trabajo de Milgram. Pero Haggard y sus colaboradores deseaban averiguar qué sentían los participantes. Por ello, diseñaron un experimento en el que los sujetos se infligían daño real unos a otros, de modo consciente y con total conocimiento de los fines del estudio.

Haggard confiesa que, dada la polémica que siempre han levantado los trabajos de Milgram, tuvo que respirar hondo antes de decidirse a llevar a cabo el estudio. Pero argumenta que, dada la enorme importancia jurídica que reviste la asunción de responsabilidades, merecía la pena intentar llegar al fondo de la cuestión.

Sentido de agencia

En los experimentos, las voluntarias —todas ellas mujeres, a fin de evitar la variable sexual— recibieron 20 libras esterlinas (unos 29 euros). Por parejas, debían sentarse una frente a otra ante una mesa en la que había un teclado. Una voluntaria (la «agente») podía presionar uno de dos botones. Uno de ellos nunca hacía nada. En cuanto al segundo botón, en algunas parejas tenía el efecto de transferir 5 libras de la otra participante (la «víctima») a la agente, mientras que en otras aplicaba una descarga eléctrica, dolorosa pero soportable, en el brazo de la víctima. (Dado que cada individuo presenta una tolerancia diferente al dolor, el nivel de las descargas fue determinado con anterioridad para cada una de las participantes.) En algunas pruebas, el experimentador se encontraba al lado de la agente y le decía qué botón debía pulsar; en otras, miraba hacia otro lado y dejaba que la agente eligiese por sí misma.

Para evaluar el «sentido de agencia» de las participantes (el sentimiento inconsciente de que uno es responsable de sus propias acciones), Haggard y sus colaboradores diseñaron el experimento de modo que, unos milisegundos después de pulsar cualquier botón, se oyese un sonido. Más tarde, pidieron a ambas voluntarias que juzgasen la duración del intervalo. Ello se debe a que las personas solemos percibir el tiempo que transcurre entre una acción y su consecuencia como más breve cuando hemos llevado a cabo la tarea por iniciativa propia (como, por ejemplo, mover un brazo) que cuando se trata de un acto pasivo (como cuando es otra persona la que mueve nuestro brazo). Los investigadores hallaron que las participantes parecían juzgar sus acciones de un modo más pasivo —percibían el intervalo como más largo— cuando se les ordenaba pulsar un o de los botones que cuando podían elegir.

En otro experimento, las voluntarias siguieron un protocolo similar, pero con una serie de electrodos en la cabeza que registraban su actividad cerebral mediante electroencefalografía (EEG). Cuando se les ordenó que apretaran un botón, las lecturas de EEG fueron más suaves. Según Haggard, eso estaría indicando que el cerebro no procesaba el resultado de la acción. Preguntadas al respecto, algunas participantes declararon sentirse menos responsables de sus actos.

Sorprendentemente, bastaba con dar una orden para causar tales efectos, incluso cuando apretar el botón no provocaba ningún daño físico ni financiero. «Parece que el sentido de responsabilidad se ve reducido cuando alguien nos ordena hacer algo, con independencia de lo que se trate», explica Haggard.

Sinnot-Armstrong opina que el estudio tal vez contribuya al debate jurídico, pero que su importancia también podría dejarse sentir en otros ámbitos de la sociedad. Por ejemplo, sus conclusiones podrían ser tomadas en consideración por aquellas empresas que deseen crear, o evitar, la sensación de responsabilidad entre sus empleados.

Más información en Current Biology.

—Alison Abbott / Nature News

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