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  • Mayo/Agosto 2017Nº 17

Neurobiología

¿Por qué tenemos hambre?

Para regular las ganas de comer, el cerebro sondea continuamente las reservas energéticas y nutricionales del organismo. Los intercambios nerviosos con el sistema digestivo desempeñan un papel fundamental.

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Se acerca la hora del almuerzo. Siente que el hambre le invade. Esa sensación cumple una función fisiológica crucial: le impulsa a alimentarse cuando se encuentra bajo de energías y nutrientes. Ello le permite sobrevivir. Pero ¿cómo se desencadenan las ganas de comer? ¿De qué modo van atenuándose a lo largo de la comida? ¿Y cómo queda neutralizado el hambre tras la ingesta durante varias horas? Conocer esos procesos resulta esencial, más si se tiene en cuenta que la Organización Mundial de la Salud advierte de una epidemia de la obesidad a escala mundial. En numerosas personas con sobrepeso, la sensación de hambre puede estar alterada.

Durante largo tiempo se ha considerado que el cerebro se basa en las informaciones hormonales para regular la sensación de hambre. Estos datos le llegan a través de la sangre y de diversos parámetros mecánicos; entre ellos, la tensión del estómago. Sin embargo, investigaciones recientes revelan que existen complejos intercambios entre el cerebro y el aparato digestivo a través de nervios periféricos. Estos intercambios tendrían una función preponderante, sobre todo, en la sensación de saciedad.

Aparte de los sistemas de regulación para mantener el equilibrio energético y nutricional del organismo, existen otros fenómenos que influyen en el hambre, aunque su investigación todavía se encuentra en pañales.

Hormonas reguladoras del apetito

Desde hace unos veinte años, se sabe que tres hormonas y unas señales mecánicas regulan la aparición del hambre y su progresiva disminución cuando se come. En un segundo plano se encuentran los efectos de la leptina, una hormona que produce el tejido adiposo en proporción a su masa. A través de la sangre, la leptina llega al cerebro, en concreto, al hipotálamo. Los capilares fenestrados (capilares sanguíneos cuyo nombre se debe a las fenestraciones o poros que presenta su pared y que deja pasar moléculas determinadas) irrigan dicha área cerebral profunda. De este modo, el hipotálamo resulta más accesible para las hormonas que las otras estructuras cerebrales, las cuales se encuentran aisladas del flujo sanguíneo por medio de la barrera hematoencefálica [véase «Barrera hematoencefálica», por Grit Vollmer; Mente y Cerebro n.o 21, 2006].

La leptina llega al hipotálamo y se une a receptores específicos que se alojan en la superficie de ciertas neuronas. En consecuencia, la sensación de hambre se atenúa. Si la masa de tejido adiposo disminuye (por ejemplo, cuando una persona adelgaza), el nivel de leptina en la sangre también decrece, y el hambre aumenta.

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