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  • Mayo/Agosto 2017Nº 17

Alimentación

Saciedad: control de la ingesta

La alimentación es una conducta básica de supervivencia. Todos los organismos requieren la ingesta de nutrientes y agua como elementos fundamentales de su metabolismo.

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La evolución ha provisto a los mamíferos de complejos mecanismos, no del todo conocidos, que regulan las conductas de ingesta de líquidos y alimentos. En el cerebro existen circuitos específicos que señalan el hambre o la sed, desencadenando las conductas apropiadas que llevan al individuo a la ingesta. Mantienen las señales hasta que se alcanza la saciedad, en tanto que se apaga la señal que comenzó el proceso.

Los circuitos anatómicos que intervienen en la sed y el apetito comprenden distintos tipos de señales: del balance energético en los tejidos, señales mecánicas y bioquímicas del tracto gastrointestinal, sistemas de neurotransmisión en núcleos del tallo cerebral y del diencéfalo, así como sus aferentes y eferentes a través del sistema nervioso central. En esos mecanismos participa una intrincada red de compuestos biológicos que desempeñan diferentes actividades, operan en lugares distintos y ejercen efectos diversos.

Nuestro organismo extrae de los alimentos la energía que necesita para sus procesos metabólicos. Los nutrientes se clasifican en tres categorías principales: hidratos de carbono, lípidos y proteínas. La combustión completa de cada tipo produce cantidades características de energía aprovechables por el organismo, proceso en el que se consumen cantidades específicas de oxígeno por gramo de fuente energética ingerida.

La salida de energía se divide, a su vez, en metabolismo basal, termogénesis y gasto. Por metabolismo basal se entiende el conjunto de reacciones químicas que generan y mantienen los gradientes químicos y eléctricos de iones y moléculas a través de las membranas celulares, el trabajo mecánico de respiración y circulación sanguínea, así como otras reacciones que permiten al organismo seguir funcionando en reposo.

La termogénesis puede ser facultativa o inducida por la dieta. En el primer caso, se da en respuesta a la exposición prolongada al frío; en el segundo, obedece al incremento de reacciones químicas para disponer de las calorías ingeridas. Por fin, el gasto es debido a la labor ocupacional y el movimiento voluntario. Dicho factor, muy variable, determina la importancia de un sistema de reserva que amortigüe las diferencias temporales entre el gasto a demanda y la entrada de nutrientes.

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