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  • Septiembre/Diciembre 2017Nº 18

Neurociencia

Objetivo: descifrar el cerebro

Europa y Estados Unidos han previsto inversiones multimillonarias para averiguar cómo funciona nuestro órgano pensante. Los retos técnicos son enormes.

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Cuando William Newsome, neurobiólogo en la Universidad Stanford, recibió en marzo de 2013 una llamada de Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, su reacción primera fue de desmayo. Como caído del cielo, Collins le proponía que copresidiese la planificación de un proyecto a diez años vista para averiguar el funcionamiento del cerebro. Al oír esas palabras, Newsome se vio de inmediato inmerso en múltiples tareas ingratas, amorfas y onerosas, perfectas para fastidiar un verano. Pensó en agradecer la confianza y rechazar la propuesta. Pero, tras colgar y meditarlo durante veinticuatro horas, su turbación se trocó en entusiasmo. Aceptó el encargo. «El momento resulta oportuno. El cerebro es el gran reto intelectual del siglo XXI», opina hoy Newsome.

A la decisión final del neurobiólogo contribuyó sin duda que la petición procediera de la más alta instancia estadounidense: el presidente Barack Obama. El 2 de abril, justo a las dos semanas de aquella conversación, Obama anunciaba una inversión inicial de 100 millones de dólares (en torno a los 70 millones de euros) para lanzar el proyecto BRAIN, un programa de investigación cuyo coste total alcanzaría unas diez veces la suma de salida. Al otro lado del océano Atlántico, la Comisión Europea se mostraba igual de ambiciosa. Unos meses antes, el 28 de enero de 2013, comunicaba la botadura del buque insignia Proyecto Cerebro Humano. La partida para ese año sería de 54 millones de euros; en el decenio siguiente rondaría los 1000 millones de euros.

Aunque la iniciativa estadounidense y europea difieren en sus objetivos, ambas constituyen una osada apuesta para resolver la incógnita última de la neurociencia, a saber, el modo en que se organizan por sí solas las miles de millones de neuronas y sus billones de interconexiones (sinapsis) hasta llegar a formar circuitos nerviosos funcionales que permiten a los humanos enamorarse, guerrear, elucidar teoremas matemáticos o escribir poemas. Y, sobre todo, conocer cómo se modifica la circuitería neuronal a lo largo de la vida.

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