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  • Septiembre/Diciembre 2017Nº 18

Neurociencia

Una ciencia controvertida

Muchas personas ven las explicaciones de la neurociencia con escepticismo: la mente es algo más que el simple impulso de las neuronas. Incluso los neurocientíficos reprochan ciertos aspectos de su disciplina.

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El todopoderoso cerebro habita en las cabezas y hace y deshace: piensa, decide, manda, ama... mientras el yo, a su lado, siente que sobra. Esa podría ser la imagen que los neuroescépticos esbozan sobre la idea actual de la mente humana, es decir, de aquellos profanos e investigadores que observan las explicaciones de la neurociencia con recelo.

Los neuroescépticos dudan de que el estudio de neuronas y neurotransmisores se aproxime a la esencia del ser humano: la neuroeducación no ha conseguido revolucionar la formación en las escuelas, el neuroderecho tampoco ha cambiado el sistema judicial, ni la neuropsicología nos ha convencido de que somos marionetas a las órdenes de nuestro cerebro. ¿Consiste el amor solo en la excitación del sistema de recompensa? ¿Son los púberes víctimas de la modificación neuronal en el lóbulo frontal, centro de control cognitivo? ¿Acaso la creatividad surge de un simple flujo de información mental entre áreas corticales?

En representación de muchos neurocríticos, Ralf Caspary, periodista científico alemán, afirma sobre los estudios neurocientíficos: «No pueden alcanzar nuestra complejidad emocional y cognitiva porque dejan de lado al individuo, a su historia e historias». Según explica, sobre todo inquieta cómo con el biologismo de la mente se ha establecido como «una orientación al pensamiento de eficacia y eficencia radical». «Cuanto más investigamos nuestra naturaleza, más urgente nos parece optimizarla», señala.

Las dudas sobre el reduccionismo y el miedo ante la posibilidad de manipular a las personas contrastan entre sí. Si somos algo más que nuestro cerebro y las penas y alegrías que sentimos no pueden reducirse a él, ¿es necesario que temamos tanto a la neurotecnología del mañana? ¿O quizá creemos en la neurociencia más de lo que admitimos? El pensamiento, el sentimiento y el comportamiento humanos se encuentran siempre embutidos en relaciones extensas, sistemas sociales y condiciones socioculturales que superan con creces el plano de los genes y los neurotransmisores. No obstante, si no es en el cerebro, ¿dónde pueden confluir a la vez todos esos influjos? ¿A caso no es el sustrato neuronal la clave para que el ser humano se comprenda a sí mismo?

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