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  • Octubre 2017Nº 31

Biología vegetal

Bases moleculares de la floración

Investigaciones recientes desvelan una imbricada red de señales moleculares que optimiza el tiempo de floración y asegura el éxito reproductivo de las plantas.

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La floración es un proceso que ha despertado fascinación desde tiempos remotos. Conocer el momento en que florecen las plantas de cultivo resultó crucial en la antigüedad para optimizar la recolección de frutos y semillas, y hoy sigue siendo un carácter primordial para la mejora de la producción agrícola. Los humanos han alterado con frecuencia la floración de especies cultivadas. En ocasiones, las plantas han debido adaptarse a un ciclo de vida diferente al de su zona geográfica de procedencia, como sucedió durante la aclimatación de los cultivos americanos tras su introducción en Europa. Otras veces se ha buscado que la floración fuera permanente, como en la coliflor, un mutante de la col con una inflorescencia perpetua, o bien se ha intentado retrasarla indefinidamente, algo que constituye la piedra filosofal de la investigación en hierbas forrajeras.

La floración conlleva en la planta el cambio de un programa de desarrollo por otro. Cuando un meristemo vegetativo (agrupación de células no diferenciadas que se dividen activamente y originan hojas y ramificaciones) recibe una determinada señal, su programa de desarrollo se ve alterado y se convierte en un meristemo reproductivo que da lugar a flores. Esta idea ya la recogió el poeta alemán Goethe en el siglo XVIII cuando se refería a las flores como «hojas modificadas», pero ha sido gracias al moderno estudio de mutantes florales de las plantas Arabidopsis thaliana y Antirrhinum majus cuando se ha establecido el modelo ABC del desarrollo floral, un paradigma de la biología del desarrollo. Según este modelo, los diferentes verticilos florales, es decir, los anillos concéntricos en los que se disponen los órganos florales que forman la flor madura (de fuera a dentro, sépalos, pétalos, estambres y carpelos) están determinados por la acción combinada de tres clases de genes reguladores: los de clase A dirigen la formación de sépalos en el primer verticilo, mientras que estos y los de clase B juntos promueven el crecimiento de pétalos; la combinación de los genes de clase B y C conlleva el desarrollo de estambres, y los de clase C solos, carpelos en la región central de la flor.

Sin embargo, la decisión de iniciar la floración depende de la activación de muy pocos genes, denominados integradores florales. Estos actúan como interruptores que, al encenderse, desencadenan la transición floral y ponen en marcha el programa ABC de desarrollo. Toda la información necesaria para determinar el momento de la floración tiene como objetivo controlar a estos interruptores, algo que consiguen las distintas señales ambientales y endógenas.

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