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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 1981Nº 63

Astrofísica

Ondas gravitatorias procedentes de un pulsar orbital

La predicción, realizada por Einstein en 1915, de que una masa acelerada debía radiar energía en forma de ondas gravitatorias halla su plena confirmación en la contracción lenta de la órbita de un pulsar en torno a una estrella compañera.

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La teoría de la relatividad general de Einstein, publicada en 1915, predice algo tan extraordinario como lo siguiente: una masa que se acelere deberá radiar energía en forma de ondas gravitatorias. Sin embargo, las ondas son tan débiles y su interacción con la materia tan diminuta, que el propio Einstein puso en duda que pudieran nunca detectarse. La hora de la confirmación llegó en 1974, cuando se descubrió un objeto adecuado para poner a prueba la predicción: el pulsar binario PSR 1913 + 16. La designación indica que el pulsar radioemisor y su compañera radiosilenciosa de órbita están situados en los mapas astronómicos del cielo a la ascensión recta de 19 horas 13 minutos y a la declinación de + 16 grados, lo que sitúa al pulsar binario en la constelación del Aguila. En observaciones realizadas con los mayores telescopios ópticos no se ha podido observar objeto alguno que emita destellos periódicos en la posición, determinada por radio, del pulsar. No debe sorprendernos: entre los más de 300 radiopulsares identificados desde que Jocelyn Bell y Anthony Hewish, de la Universidad de Cambridge, descubrieron el primero en 1967, sólo dos son observables como pulsares visibles.

Los astrónomos contemporáneos están en general de acuerdo en que los pulsares son estrellas muy pequeñas, extremadamente densas y en rápida rotación, compuestas principalmente de neutrones, que son los restos de explosiones de supernova. Las estrellas de neutrones en rotación emiten un haz de ondas de radio, fuertemente direccional, que barre el cielo una vez por rotación estelar. El observador recibe un impulso de radioondas siempre que el haz de radio procedente de la estrella apunta a la Tierra; de ahí el nombre de pulsar. Se halla éste constituido por casi tanta materia como el Sol, a pesar de tener un diámetro de sólo 20 o 30 kilómetros; sus átomos han sido literalmente machacados hasta perder su naturaleza, debido a las intensas fuerzas gravitatorias. Se observa que los pulsares giran a velocidades de hasta 30 veces por segundo. Parte de esta vasta reserva de energía cinética de rotación se convierte (a través de un mecanismo todavía no aclarado) en radioemisión.

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