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  • Abril 2017Nº 487
Libros

Reseña

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«Esta vez es diferente»

La importancia de la energía explicada a expertos de otras áreas.

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ENERGY, COMPLEXITY AND WEALTH MAXIMIZATION
Robert Ayres
Springer International Publishing, 2016

 
El libro Energy, complexity and wealth maximization («Energía, complejidad y maximización de la riqueza»), de Robert Ayres, es la última contribución de este gran científico al análisis energético, tan desaparecido de nuestras facultades. Junto con autores como James Kay o Tim Allen (ecología) o Vaclav Smil (sistemas energéticos), el trabajo de Bob Ayres se ha centrado no solo en analizar y explicar el papel de la energía en el origen de la vida y el funcionamiento de los sistemas naturales y humanos, sino en educar a profesionales de otras áreas en el rol crucial que desempeña la energía. Ese es precisamente el objetivo de este libro: explicar la importancia de la energía a personas formadas en otras ramas del conocimiento que, normalmente, no le prestan demasiada atención, como los economistas.

¿Por qué centrarse en los economistas? Porque, ante la pregunta inocente de un estudiante sobre dónde están los recursos naturales en la función de producción normalmente empleada en economía (la cual solo depende del capital K y del trabajo L: Y = Af(K,L), donde Y denota el PIB y A es una variable que, en teoría, recoge el avance tecnológico), la respuesta de muchos profesores de materias como crecimiento económico es, simplemente, añadirlos a la función. Esto tiene el problema de obviar que la producción y la reproducción tanto del capital como del trabajo necesitan recursos naturales: un error repetido por economistas de prestigio como Joseph Stiglitz o Robert Solow. El libro aborda estos problemas desde la perspectiva de los sistemas complejos, las redes ecológicas y la termodinámica de sistemas fuera del equilibrio para mostrar la importancia de la energía en la evolución de los sistemas naturales y sociales, [véase «Economía biofísica», por Jesús Ramos Martín; Investigación y Ciencia, junio de 2012].

La obra se divide en tres partes. La primera se centra en definir conceptos fundamentales, como entropía y «exergía» (o energía útil), así como en analizar el papel de la energía en la creación del universo, el origen de la vida y el funcionamiento del sistema terrestre y los ciclos que lo regulan. La segunda presenta la importancia de la energía en el avance de la ciencia y la técnica, abordando incluso las limitaciones en términos tecnológicos de la actual dependencia del petróleo como recurso agotable. Por último, la tercera recoge desde la visión de la economía ortodoxa hasta las tesis que hoy comparten ecólogos, economistas ecológicos y otros científicos con respecto a la relación entre la disponibilidad y uso de energía y la generación de riqueza material, así como los desafíos que encontramos en una sociedad fuertemente dependiente de los recursos fósiles. El libro termina con una serie de apéndices orientados a profundizar en la modelización de la energía para explicar el crecimiento económico, y en cómo los límites de los recursos no se ciñen a la energía, sino también a la disponibilidad de materiales. Como decía Georgescu-Roegen, la materia también importa (matter matters, too!).

La energía, dice el autor, es la esencia de toda sustancia. La energía útil, o exergía, es la que permite la creación y condensación de la materia y los recursos, pero también la que hace mover el aparato industrial que transforma esos recursos en bienes y servicios que satisfacen las necesidades humanas: el «metabolismo biofísico» del que hablaba Georgescu-Roegen. Sin gradientes de energía disponible no hay evolución de los sistemas.

La evolución prima a los individuos, ecosistemas y sociedades que son capaces de procesar un mayor volumen de recursos, en la línea de lo apuntado por Howard Odum. Son estos gradientes de recursos disponibles los que permiten que las sociedades evolucionen hacia formas cada vez más complejas, con mayor cantidad de estructuras y con una mayor interacción entre individuos. Es decir, una ciudad resulta más compleja que una comunidad de cazadores-recolectores precisamente porque cuenta con una mayor disponibilidad de recursos.

Para numerosos economistas, como Stiglitz y Solow, el conocimiento constituye una especie de nuevo recurso que explica la mejora de la productividad y la creación de riqueza. Sin embargo, no tienen en cuenta la base material de ese conocimiento. La información y el conocimiento resultan baratos de reproducir pero costosos de producir. La generación de conocimiento requiere estructuras (universidades y centros de investigación) y mano de obra dedicada, cuyo mantenimiento consume importantes cantidades de recursos. Para Ayres, es la energía útil, o exergía (o, mejor dicho, el trabajo útil realizado con su consumo) lo que provoca los aumentos de productividad y, por ende, la creación de riqueza. Por tanto, ese cambio tecnológico (la A que aparece en la función de producción de Solow) depende de la disponibilidad de recursos.

Es aquí donde entra a colación el título de esta reseña. Como dice el autor, «esta vez es diferente», pues la sociedad se enfrenta por primera vez en la historia a la escasez de energía y de materiales, los cuales ponen en juego la posibilidad de crear riqueza material. Esto sigue siendo obviado por la mayoría de los economistas, que, en un exceso de optimismo tecnológico, todavía ven el conocimiento y el progreso técnico como disociado del consumo de recursos. Es decir, se sigue sin tener en cuenta la energía como fuente de riqueza y motor del crecimiento económico. Esto es así porque la mayoría de los modelos económicos que todavía se usan en la toma de decisiones asumen, erróneamente, que no hay límites a la oferta de energía. La misma miopía, nos indica el autor, parece aplicarse también a los recursos materiales, pues se sigue obviando la escasez geológica de los mismos.

En conclusión, no se puede permitir que la toma de decisiones se base en teorías ni en disciplinas que resultan extremadamente simplificadoras, como sucede con la economía. La riqueza material y el aumento del nivel de vida asociado van íntimamente ligados al consumo de recursos. Y la energía constituye el recurso fundamental, al ser necesario en cualquier proceso de transformación de unos recursos en otros.

Garantizar la continua provisión de estos recursos debería ser el objeto de la ciencia económica. Sin embargo, dado que hoy una parte considerable de la riqueza no es de carácter material, sino financiero, la disociación con nuestro entorno parece cada vez mayor. Esto hace que contribuciones como la de Bob Ayres con este libro sean cada vez más importantes, especialmente —aunque no solo— en las facultades de economía. Para que todos, incluidos quienes toman las decisiones, entendamos la base material de la vida, del proceso económico y, por ende, de la satisfacción de las necesidades humanas. Energy, complexity and wealth maximization debería ser de lectura obligada tanto para ecólogos como para economistas.

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