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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 2012Nº 432

Salud

El secreto de los controladores de élite

Un grupo singular de personas infectadas por el VIH no necesitan medicamentos para mantener el virus bajo control. Su buena fortuna podría señalar el camino hacia tratamientos más eficaces, y quizás, hacia una vacuna.

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Un día de principios de 1995, un hombre llamado Bob Massie entró en mi consulta del Hospital General de Massachusetts de Boston. Me explicó que estaba infectado por el VIH (el virus que causa el sida) desde hacía 16 años pero nunca había presentado ningún síntoma. Tras realizarle una exploración física, confirmé que estaba sano, en clara contraposición con el resto de los pacientes que visité el mismo día. En esa época se estaba ensayando una nueva combinación de fármacos que, con el tiempo, frenaría el declive progresivo de la función inmunitaria ocasionado por el VIH. Sin embargo, en 1995, los infectados por el VIH desde hacía una década, o más, ya habían desarrollado el sida, la etapa marcada por la imposibilidad de luchar contra otros patógenos. El joven que se hallaba frente a mí nunca había tomado medicación contra el VIH y tenía la firme convicción de que si yo desvelaba el secreto de su buena fortuna, la información podría ayudar a otros a superar una enfermedad por entonces considerada mortal en todos los casos.

Massie nació con hemofilia, un trastorno de la coagulación sanguínea. En aquellos días, casi todos los hemofílicos estaban infectados por el VIH, ya que se habían sometido a repetidas perfusiones de hemoderivados aglomerados procedentes de miles de donantes, ninguno de los cuales se cribó para el VIH hasta mediados o finales de los años ochenta del siglo XX. (Hoy en día, los hemofílicos reciben factores de coagulación artificiales y así evitan el riesgo de contaminación por el VIH.) Algunas de las muestras sanguíneas de Massie que se habían guardado para un estudio revelaron que había contraído el VIH en 1978. Sin embargo, todas las pruebas que llevé a cabo con él o con sus muestras conservadas demostraron que presentaba una cantidad casi nula de virus en sangre y a la vez mantenía una respuesta inmunitaria fuerte a lo largo del tiempo.

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