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  • Febrero 2016Nº 473
Libros

Reseña

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Copernicana

El debate de la ciencia contra la ciencia.

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SETTING ASIDE ALL AUTHORITY
GIOVANNI BATTISTA RICCIOLI AND THE SCIENCE AGAINST COPERNICUS IN THE AGE OF GALILEO
Christopher M. Graney. University of Notre Dame Press, Notre Dame; Indiana, 2015.

El libro es una exposición rigurosa y académica de los argumentos científicos esgrimidos en el siglo XVII contra el sistema copernicano. Christopher M. Graney desvela el error de una opinión muy generalizada, según la cual los contrarios a las ideas heliocéntricas de Copérnico y Galileo se movían por creencias religiosas, en el marco de una tradición arcaica que retrocedía ante el avance de los descubrimientos alcanzados con el telescopio. Demuestra Graney que la ciencia, y no la religión, desempeñó un papel predominante en la oposición al sistema copernicano [véase «El caso contra Copérnico», por D. Danielson y C. M. Graney; Investigación y Ciencia, diciembre de 2014].

En De revolutionibus, de 1543, Copérnico había propuesto una explicación de los movimientos complejos de las cinco estrellas errantes, los planetas entonces conocidos: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. No permanecían en una constelación, sino que cambiaban en el zodíaco, formando bucles, siguiendo trayectorias complejas y su magnitud variaba a medida que se acercaban o alejaban de la Tierra. Copérnico afirmaba que todo se entendía mejor si esos cuerpos y la Tierra giraban en torno al Sol, y no si esos cuerpos y el Sol giraban en torno a la Tierra, de acuerdo con el sistema de Ptolomeo. Pero Copérnico propuso su modelo siglo y medio antes de Newton, cuando la física aceptada era la aristotélica.

Los anticopernicanos lograron articular un razonamiento científico vigoroso contra el sistema heliocéntrico, al menos hasta mediados del siglo XVII, varios decenios después de la introducción del telescopio. Pero ¿cómo atender a las pruebas presentadas por el telescopio y no aceptar el sistema copernicano? Hacia 1578, Tycho Brahe llegó al convencimiento de que los planetas inferiores (Venus, Mercurio y la Luna) se movían alrededor del Sol; hacia 1584 extendió ese movimiento circunsolar a los planetas superiores (Saturno, Júpiter y Marte). Desarrollada entre 1583 y 1588, expuso su cosmología planetaria en un capítulo, el octavo, de su principal obra astronómica, De mundi aetheri recentioribus phaenomenis, publicada en 1588. Los restantes nueve están dedicados a las observaciones de Brahe sobre el tamaño, composición y comportamiento de los cometas (en particular, el de 1577).

A grandes rasgos, el sistema de Tycho era un modelo geocéntrico, pues reservaba para la Tierra el centro del universo. En torno al Sol giraban Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Encima, y rodeándolo todo, había una esfera de estrellas. El Sol, la Luna y las estrellas giraban en torno a la Tierra. De ese modo, creía combinar las ventajas matemáticas del sistema copernicano con los beneficios filosóficos y físicos del sistema ptolemaico; los movimientos de los planetas y del Sol con relación a la Tierra equivaldrían, matemáticamente hablando, a los movimientos del sistema heliocéntrico de Copérnico. El sistema de Tycho se ajustaba mejor que el sistema copernicano a los datos entonces disponibles.

Con respecto a la física, Tycho sostenía que la Tierra era demasiado pesada para hallarse en movimiento continuo. De acuerdo con la doctrina aceptada en su tiempo, los cielos, cuyos movimientos y ciclos eran continuos y sin final, estaban hechos de éter o de quintaesencia; esa sustancia, ausente en la Tierra, era ligera, fuerte e inmutable. Su estado natural era el movimiento circular; por el contrario, el de la Tierra y de los objetos que contenía, pesados, era de reposo.

Además, si la Tierra, como afirmaba Copérnico, giraba anualmente en torno al Sol, y si ni el Sol ni las estrellas se movían, entonces el movimiento anual de la Tierra debía revelarse en las estrellas, un fenómeno conocido por paralaje anual. Si la Tierra orbitase alrededor del Sol en traslación anual habría una paralaje estelar sobre un período de seis meses, durante los cuales la orientación angular de una estrella determinada cambiaría gracias a la posición cambiante de la Tierra. (Esa paralaje existe, pero es tan pequeña que no pudo detectarse hasta 1838, cuando Friedrich Bessel descubrió la paralaje de 0,314 segundos de arco de la estrella 61 Cygni.) A medida que el movimiento orbital acerca la Tierra a determinadas estrellas y la aleja de otras, las estrellas en cuestión debían crecer y decrecer en magnitud. Sus posiciones relativas deberían cambiar también, conforme la Tierra se aproximara y se distanciara: dos estrellas vecinas deberían aparecer algo más separadas cuando la Tierra se hallara cerca que cuando se encontrara lejos. Para Copérnico, las variaciones de brillo y los movimientos retrógrados de los planetas eran manifestaciones de esos efectos.

Tycho reclamaba que el movimiento de la Tierra se detectara en experimentos físicos. En intercambio epistolar con el copernicano alemán Christoph Rothmann, Tycho trae a colación la caída de una bola de plomo arrojada desde una torre y los disparos de dos cañones lanzando balas idénticas hacia el este y el oeste. Su explicación de la física subyacente es una mezcla de Aristóteles y de la teoría del «ímpetu»: una bala de un cañón tiene un movimiento natural descendente debido a su propio peso, pero el cañón puede conferirle otro movimiento, violento (no natural), que resulta del ímpetu aportado por la pólvora explosiva.

Mediado el siglo XVII, la teoría geoheliocéntrica, razonada por Giovanni Battista Riccioli (1598-1671), tenía a la ciencia de su lado. Natural de Ferrara y profesor en Parma y Bolonia, Riccioli desarrolló y cribó los fundamentos de los distintos sistemas astronómicos de su tiempo en Almagestum novum (1651), que constaba de dos volúmenes y más de 1500 páginas; era un texto denso, acompañado de diagramas. Le siguió Astronomia reformata (1665), más breve. Aunque considera el sistema de Copérnico «el más bello, el más simple y el mejor imaginado», no puede aceptarlo y se decide por el de Tycho Brahe.

El Nuevo Almagesto era la astronomía. Toda la información disponible sobre la materia podía encontrarse en sus páginas. Había capítulos dedicados al movimiento de los cuerpos celestes, análisis geométricos y representaciones de las apariciones de Júpiter, Venus y otros planetas que se observaban en los mejores telescopios. Contenía informes y tablas de datos obtenidos en diferentes tipos de experimentos (caída de graves en el aire y en el agua). Abundaban las tablas astronómicas. En el mapa de la Luna se detallaban los accidentes del relieve y sus nombres. Distinguimos un cráter denominado «Copernicus», otro llamado «Galileo», una amplia superficie lisa, o «Mar de la Tranquilidad». Cuanto en el libro no apareciera no valía la pena ser conocido. El primer astrónomo real inglés, John Flamsteed, utilizaba esa obra como libro de texto para sus clases públicas en el Colegio Gresham en 1665.

Precedía al Nuevo Almagesto un frontispicio impresionante que representaba el conocimiento astronómico de su tiempo. Se ilustra a Júpiter con cuatro lunas, según mostrara Galileo en Sidereus nuncius, de 1610. Júpiter aparecía con cuatro bandas, un descubrimiento contemporáneo. Mostraba a Venus en fase creciente, de acuerdo con lo visto por Galileo a través del telescopio. Mercurio en fase creciente también, otro descubrimiento reciente. Sin omitir una Luna salpicada de cráteres, Marte, Saturno, etcétera. El Nuevo Almagesto recogía todos los descubrimientos clave que se habían realizado con el telescopio desde que Galileo miró por vez primera a los cielos en 1609.

Con todo, el rasgo principal del frontispicio es una suerte de balanza, sostenida por Urania, musa griega de la astronomía, mientras que Argos, el mitológico gigante de cien ojos, agarra con firmeza un telescopio. A la izquierda del frontispicio se ilustra el sistema heliocéntrico de Copérnico: el Sol aparece en el centro y los planetas en órbita a su alrededor, con la Luna en órbita alrededor de la Tierra. Enfrente no aparece el sistema geocéntrico de Ptolomeo, autor del Almagesto original, y Aristóteles, en el que la Tierra ocupa el centro de todo y todo circula en torno a la Tierra. Para el sistema geocéntrico ptolemaico se le reserva el extremo inferior derecho del frontispicio.

El sistema que aparece frente al sistema heliocéntrico es un sistema geocéntrico. La Tierra está en el centro; en torno a ella giran el Sol y la Luna. Pero no es un sistema puramente geocéntrico. Los planetas circulan en torno al Sol. Contiene, pues, elementos heliocéntricos. Riccioli defiende que ese geocentrismo híbrido es superior al heliocentrismo copernicano. Por fin, en el frontispicio la observación telescópica se acompaña de tres leyendas (tres versículos de los Salmos) alusivas al número, medida y peso. La observación del astrónomo se complementa con el análisis físico de la cuantificación, medición y peso.

Para Riccioli, Copérnico estaba equivocado. Además del frontispicio, una parte extensa del Nuevo Almagesto consta de un análisis del debate sobre los sistemas del mundo; una discusión ceñida al dominio exclusivo de la razón, sin apelar a tesis religiosas. De ahí el título del libro de Graney, Setting aside all authority. Escribe Riccioli: «Considerando solo la razón y los argumentos intrínsecos, y dejando de lado toda autoridad, la hipótesis que implica la inmovilidad o quietud de la Tierra debe declararse verdadera. Y la hipótesis que concibe una Tierra en movimiento (diurno o diurno y anual) debe reputarse absolutamente falsa y en desacuerdo con las demostraciones físicas y físico-matemáticas».

En su análisis del geocentrismo híbrido frente al heliocentrismo, Riccioli revisaba en Nuevo Almagesto 126 argumentos propuestos por unos y otros contendientes. Se trata del análisis más extenso, penetrante y autorizado que haya realizado cualquier autor de los siglos XVI y XVII. Cuarenta y nueve de los argumentos expuestos favorecían el heliocentrismo; setenta y siete, el geocentrismo. Para Riccioli no se trataba de una cuestión de cifras. La balanza que sostenía Urania en sus brazos no ponderaba el número.

La inmensa mayoría de los argumentos, de un signo u otro, no resultaban convincentes. Los había manifiestamente erróneos. Otros, pese a su razonabilidad, resultaban insatisfactorios. Considérese, por ejemplo, el argumento número 22 del heliocentrismo: «El Sol ocupa el centro del sistema planetario; queda telescópicamente demostrado en el caso de la observación de las fases de Mercurio y Venus y conjeturado en los otros. Por consiguiente, debe ser el centro del universo». Parece un argumento razonable, resalta Riccioli; sin embargo, el geocentrismo híbrido ofrece una respuesta válida, más sólida: el Sol no es ni el centro de la órbita de la Luna, ni el centro de la caída de los cuerpos celestes, ni el centro de las estrellas.

Selecciona una serie exigua de argumentos, que él supone convincentes, en pro de la tesis anticopernicana, que no pueden ser objetados por los heliocentristas. Uno de ellos se refiere a la rotación de la Tierra y su detección. Para Riccioli, la rotación terrestre debía producir ciertos fenómenos observables que no se habían observado. Por consiguiente, la Tierra no giraba. Sin salirse nunca del ámbito de la razón, recupera un segundo argumento anticopernicano, de gran alcance en su tiempo: el tamaño de las estrellas. Para Riccioli, las observaciones telescópicas de las estrellas mostraban que, de ser correcta la hipótesis copernicana, las estrellas deberían ser enormes. Según afirmaba, una sola estrella del sistema copernicano podría ser mayor que el universo entero del sistema geocéntrico. Por el contrario, en el sistema geocéntrico híbrido, las estrellas alcanzaban su magnitud justa. La objeción de la magnitud de las estrellas puede encontrarse en los astrónomos contemporáneos: Johann Georg Locher, Francesco Ingoli y Philips Lansbergen. Locher e Ingoli fueron anticopernicanos cuyas ideas criticó Galileo. Lansbergen, en cambio, era un copernicano prominente que adaptó la objeción del tamaño de las estrellas para apuntalar la superioridad del sistema heliocéntrico. Paradójicamente, Locher e Ingoli apelaban a razones exclusivamente científicas, en tanto que Lansbergen se refugiaba en motivos religiosos.

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