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  • Agosto 2017Nº 491

Paleontología

El color genuino de los dinosaurios

Considerada en el pasado como imposible, la preservación de los pigmentos fósiles abre la puerta a la recreación de fauna extinta con una fidelidad nunca vista. Un logro que también permitiría conocer con detalle sus hábitos.

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En octubre de 2006 me hallaba en penumbras en un laboratorio de la Universidad de Yale mirando a través del microscopio electrónico la tinta fosilizada de un pariente de los calamares de 200 millones de años de antigüedad. En la imagen aparecía un mar de esferas translúcidas, cada una de apenas una quinta parte de micra. Para el ojo neófito significarían muy poco, pero yo las contemplaba fascinado. Estos vestigios eran muy similares a los gránulos de melanina, el pigmento que colorea la tinta de los calamares y los pulpos.

Quizá tal similitud no debería haberme sorprendido, pues dos años antes ya se había anunciado el primer descubrimiento de gránulos de tinta fósiles. Pero contemplarlos con mis propios ojos era toda una revelación. Gracias al examen de especímenes de cefalópodos procedentes de diversos yacimientos y épocas, me di cuenta de que su tinta era siempre la misma, perfectamente conservada a lo largo de cientos de millones de años.

El soberbio estado de conservación de la tinta me llevó a preguntarme si la melanina se habría conservado también en fósiles de otros grupos zoológicos. Es el mismo pigmento que colorea el cabello, la piel, las plumas y los ojos a los que confiere tonos rojos, pardos, grises o negros o hace desprender brillos metálicos. Si halláramos melanina en otros fósiles, tal vez sería posible reconstruir su coloración en vida, incluso la de los dinosaurios. Durante décadas, los paleontólogos han supuesto que los pigmentos casi nunca sobreviven al proceso de fosilización. Los raros ejemplos de fósiles que conservan el color proceden de animales invertebrados, pero no es nada corriente en los vertebrados. Así, los expertos solían especular con el color de los animales prehistóricos tomando como modelo las especies actuales. Esto explica que las reconstrucciones cromáticas de los dinosaurios sean tan variopintas: unas adoptan los monótonos colores terrosos propios de la mayoría de los anfibios y reptiles actuales, mientras que otras lucen toda la paleta del arcoíris emulando a las aves (los únicos dinosaurios supervivientes).

Pero los descubrimientos acaecidos en los últimos once años ponen en entredicho algunas de esas suposiciones. El análisis al que nuestro equipo ha sometido decenas de fósiles revela numerosos ejemplos de estructuras microscópicas que pudieron contener melanina. El estudio de su forma y disposición ha permitido deducir los colores y la librea de algunos dinosaurios y otros animales prehistóricos. A su vez, esa información sobre su apariencia física nos ha permitido formarnos una imagen más intrigante sobre su comportamiento y su hábitat.

Para comprobar mi hipótesis de que la melanina perdura en otros fósiles y que permite deducir los verdaderos colores de los animales extintos, me propuse encontrar y analizar fósiles con manchas oscuras que indicaran la preservación de restos orgánicos en aquellas partes del cuerpo que suelen albergar melanina: la superficie exterior del cuerpo y los ojos. Necesitaba examinar las áreas oscuras con el microscopio electrónico y, por tanto, en ocasiones debía extraer una muestra pequeña. Pero los fósiles bien conservados no abundan, y los museos los guardan con gran celo. Por suerte, en Dinamarca, mi país natal, existe un yacimiento en las formaciones Fur y Ølst que contiene magníficos fósiles de aves con restos del plumaje. Tras convencer al conservador de fósiles vertebrados del Museo Geológico de Copenhague, pude sacar muestras de un bloque de piedra caliza del tamaño de una máquina de escribir que mostraba pequeñas manchas donde antaño estuvieron los ojos y un halo oscuro con la impresión de plumas. Corté una pieza del tamaño de una rebanada de pan que pude introducir en el microscopio electrónico del museo.

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