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  • Investigación y Ciencia
  • Agosto 2017Nº 491

Astrofísica

El gran eclipse solar de 2017

El primer eclipse total de Sol que atravesará Estados Unidos de costa a costa desde hace 99 años no solo constituye un espectáculo digno de verse, sino también una valiosa oportunidad científica.

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Me encanta estar al aire libre durante los eclipses de Sol, disfrutar del universo que parece oscurecerse a mi alrededor mientras las observaciones científicas que voy a realizar se ponen en marcha. En otro tiempo, a la gente le sugería que se fabricase una cámara oscura o incluso que utilizase el rallador de queso de la cocina para presenciar el fenómeno. Pero, en los últimos años, al haber filtros para observar eclipses parciales que solo cuestan un dólar, esos consejos se han quedado desfasados. Ahora cualquiera puede mirar al Sol a través de uno de estos filtros, desde una hora y pico antes de la fase de totalidad, y ver cómo desaparece un buen bocado del disco solar. Durante los últimos minutos previos a la totalidad, nos daremos cuenta de que la naturaleza de la luz ambiente cambia, de que se vuelve espectral. Las sombras se hacen más nítidas porque las produce una fina hoz de luz solar en lugar del disco completo del astro. El aire se enfría y el viento se agita. Es posible que bandas de sombras recorran deprisa el suelo.

Cuando faltan ya pocos segundos, a medida que la Luna se coloca completamente delante del Sol, se filtran solo unos cuantos haces de luz solar a través de los valles de la Luna: del Sol no se ve sino un arco de brillantes perlas, que van desapareciendo hasta que solo subsiste una, tan destellante que parece el diamante de un anillo; tal vez se percibirá un estrecho y rojizo reborde a los lados de la gema y un anillo blanquecino que rodea la silueta lunar. Y entonces el diamante también desaparecerá. En ese momento se pueden y deben apartar los filtros y cabe mirar directamente a lo que queda del Sol, que es una región de su atmósfera hasta ese momento oculta por el cielo azul.

Se trata de la parte media e interior de la corona solar, una emanación de plasma que escapa de la superficie de la estrella. Es aproximadamente igual de brillante que la luna llena (un millón de veces más tenue que el sol de una mañana cualquiera) y tan seguro es mirarla como mirar sin protección a la luna llena. Primero vislumbramos la corona como el anillo donde están montados los diamantes, y luego se nos presenta en todo su esplendor: un halo de gas de color blanco perlado que se extiende hasta una distancia de varios radios solares. Si tenemos suerte, podremos presenciar una violenta erupción de plasma disparada hacia el espacio interplanetario.

Pero, en realidad, ¿de qué sirve que intente describir con palabras un eclipse total de Sol? Es algo tan asombrosamente conmovedor y hermoso que nunca nadie ha logrado describirlo de la manera adecuada. Muchas veces, la gente se dirige a mí después de los eclipses para decirme que son conscientes de que me he esforzado por transmitir la emoción del momento, pero que, a pesar de todo, me he quedado corto. La televisión y las pantallas de ordenador tampoco les hacen justicia. Las fotografías aplanan el rango dinámico y se les escapa el impresionante contraste. Estar al aire libre mientras el universo parece oscurecerse, poco a poco al principio y luego más de 10.000 veces en tan solo unos segundos, es completamente desconcertante y despierta un miedo primario a que el Sol desaparezca para siempre.

Contemplé mi primer eclipse cuando aún era un estudiante universitario de primer año y me quedé enganchado. Desde entonces, he recorrido el mundo entero para ver 65 eclipses de Sol (incluidos 33 eclipses totales). Estoy deseando que llegue el número 66 este 21 de agosto, cuando la franja de totalidad atraviese los Estados Unidos desde la costa oeste hasta la este por primera vez desde 1918.

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