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Actualidad científica

  • 22/09/2017 - GENÉTICA

    Origen evolutivo del plegamiento del ADN

    El modo en que el ADN de las arqueas se compacta tiene muchos puntos en común con el de los eucariotas.

  • 21/09/2017 - Evolución humana

    ¿Cuántos neandertales había?

    La arqueología y la genética han dado respuestas muy diferentes a esa pregunta. Un nuevo estudio las reconcilia y descubre la historia de aquella antigua gente, en la que rozaron alguna vez, mucho antes de la definitiva, la extinción.

  • 20/09/2017 - BIOLOGÍA REPRODUCTIVA

    Macrófagos testiculares, guardianes de la fertilidad masculina

    Responsables de eliminar los patógenos de nuestro organismo, estas células moderan también la respuesta inmunitaria para evitar la destrucción de los espermatozoides.

  • 19/09/2017 - Zoología

    ¿Ha extinguido Irma especies?

    Junto  a las pérdidas humanas y económicas, el huracán Irma ha tenido también graves consecuencias para la naturaleza.

  • 18/09/2017 - Materiales cuánticos

    Calor topológico

    Un trabajo analiza por primera vez el comportamiento de los aislantes topológicos en presencia de focos térmicos. Sorprendentemente, la aparición de un flujo de calor no parece arruinar la robustez de estos materiales.

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  • Investigación y Ciencia
  • Julio 2017Nº 490
Filosofía de la ciencia

Filosofía de la ciencia

La técnica y el proceso de humanización

En diálogo con José Ortega y Gasset.

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En 1933, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo se inauguró con un curso dictado por Ortega sobre la técnica. En su introducción afirmó rotundamente: «Señores: sin la técnica el hombre no existiría ni habría existido nunca».

En 1939 se publicó este curso en un librito titulado Ensimismamiento y alteración, que llevaba por subtítulo Meditación de la técnica. Creo que esta denominación refleja muy bien la primera matización —perdón por la osadía— que me gustaría hacer a la aserción de Ortega. Quizás hubiera sido más exacto decir: «Señores: sin ensimismamiento, no habría cultura. Sin cultura, no habría técnica y, sin técnica, no habría ser humano».

Max Scheler había aseverado en El puesto del hombre en el cosmos (1928) que, a diferencia del resto de los animales, los humanos no somos entes extáticos, siempre volcados hacia fuera para responder a estímulos relacionados con la satisfacción de nuestras necesidades básicas. El hombre tiene el don de suspender sus reacciones ante estímulos externos: es capaz de meterse en sí mismo, de ensimismarse. Y es en esos momentos de aislamiento interior cuando, en lugar de enfrentarse de manera automática a lo externo, se plantea conscientemente los porqués de todo ello y busca cómo evitar su estado de sumisión a lo que el mundo le impone.

Ese don convierte al humano en un ser especial, sin que eso signifique que sea el único dotado de tal facultad. Sabemos de otros animales que la tienen, pero su capacidad de ensimismarse y la nuestra muestran efectos inconmensurables. En nuestro caso, ha llegado a ser nada menos que la habilidad que permite dar forma a cualquiera de nuestras actividades. Y esa forma no es otra cosa que la cultura, que, así entendida, se constituye en una categoría del ser.

Entre las actividades humanas las hay que posibilitan incidir sobre el mundo —sobre «la circunstancia», dirá Ortega—, tratando de erradicar cuanto nos es hostil y nos hace seres necesitados. Esa erradicación es el resultado de producir o fabricar lo que no hay en la naturaleza, bien porque, simplemente, no existe en ella, bien porque no está a nuestra disposición cuando lo precisamos. A ese conjunto de actos es a lo que se denomina «técnica».

La técnica nos permite, en suma, vencer la resistencia que la naturaleza nos presenta a la hora de insertarnos en ella. Es la vía que hemos desarrollado a fin de que los requisitos imprescindibles para nuestra supervivencia como animales dejen de serlo. Para conseguirlo, reobramos la naturaleza, creando sobre ella una malla técnica a la que nos vamos adaptando a la vez que nos liberamos de los dictados naturales.

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