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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2014Nº 459

Biofísica

Flores y ribetes de hielo

En determinadas condiciones, el agua se congela y da lugar a estructuras de gran belleza que desafían la fuerza de la gravedad.

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Abandonar el calor de la cama en una madrugada de invierno para ir de excursión al bosque quizá no resulte fácil para algunos, pero los tesoros visuales que allí nos aguardan pueden compensar con creces nuestro esfuerzo. Si se reúnen las condiciones meteorológicas adecuadas y la flora local es la ideal, podemos descubrir efímeras y delicadas formaciones que brotan de los tallos de determinadas plantas y configuran, literalmente, un jardín de hielo.

Vi por primera vez tales esculturas naturales en diciembre de 2003, mientras hacía senderismo en Tennessee. No pude dar explicación a ese fenómeno hasta que no consulté Internet. Al año siguiente encontré, en una región distinta, formaciones similares que se asociaban a otro tipo de planta. Una mañana helada de noviembre de 2005 conducía por el norte de Kentucky ojo avizor ante la posibilidad de dar con nuevos hallazgos. El primero de ellos resultó ser ilusorio (solo unas bolsas de basura de plástico), pero el segundo demostró ser auténtico hielo en tallos de plantas. En aquella ocasión lo observé a lo largo del borde de la carretera, donde se había cortado la maleza. De los tallos verticales seccionados brotaban remolinos de hielo que se extendían en todas direcciones.

Observé las estructuras durante unas horas mientras conducía hacia el sur, lo cual indicaba que la región albergaba la especie vegetal necesaria y se daba la combinación ideal de temperatura y humedad. Proseguí mis exploraciones para conocer con mayor detalle los factores que se requieren para originar semejantes maravillas visuales. Al cabo de unos días, en una mañana con temperaturas bajo cero y después de un día de lluvia, salí en busca de más flores de hielo en el centro de Virginia. Las hallé en tres formatos distintos a lo largo de una carretera polvorienta: ribetes de hielo en la base de tallos de pequeñas plantas, agujas de hielo que levantaban una fina capa de suelo y una diminuta barra de hielo que sobresalía unos cinco centímetros por encima de la superficie. Al año siguiente regresé al lugar de mi primer hallazgo en Tennessee y recolecté semillas de una de aquellas plantas sobre las que se formaba el hielo, en concreto Verbesina virginica, y las sembré en el jardín de mi casa en Illinois. El invierno siguiente ya contaba con mis propias flores de hielo, lo que me permitió observar su proceso de formación y comenzar a dilucidar los factores que lo condicionan.

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