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  • Investigación y Ciencia
  • Mayo 2000Nº 284

Meteorología

Anatomía de un huracán

Mientras volaban a través del huracán Dennis para medir su furia, los físicos esperaban que, con suerte, la perturbación se convirtiera en algo terrible.

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Base McDill de la Fuerza Aérea, en Florida, 29 de agosto de 1999, 13:52 hora local. Terminada la charla sobre seguridad, todos tienen abrochados los cinturones en el interior del avión, un cuatrimotor turbohélice WP3D. El aparato, abarrotado de ordenadores, cuatro radares diferentes y múltiples instrumentos más, echa a andar por la pista. Las horas precedentes habían sido una metáfora del huracán: un viaje organizado a toda prisa, un vuelo a las seis de la mañana desde Baltimore y, después, sesiones de información con la tripulación, intercaladas entre aceleradas explicaciones de Frank W. Marks, jefe del grupo de científicos a bordo.

Nuestro destino es un huracán real, el Dennis. Localizado a 290 kilómetros al este de Jacksonville, se halla en pleno giro sobre sí mismo y alimenta vientos de 145 kilómetros por hora. Amenaza ambas Carolinas. En tierra, atemorizados veraneantes y residentes de las islas de barrera de Carolina del Norte aseguran las ventanas, cargan las maletas en los coches y huyen del huracán que se avecina. Pero Marks y su equipo de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) miran a Dennis con esperanza, sin temor. Si nuestro vuelo a través de sus brazos curvos se desarrolla de acuerdo con lo previsto, la perturbación arrojará luz sobre un misterio central de los huracanes y tifones: el agente determinante de que ese meteoro aumente su furia o se calme hasta convertirse en una inofensiva zona de baja presión. ¿Es ese agente el océano situado a sus pies o son los vientos superiores?

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