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  • Investigación y Ciencia
  • Junio 2002Nº 309

Física

Ondas en el espacio-tiempo

Se han invertido ocho años y 400 millones de euros en construir una clase revolucionaria de observatorio que debería detectar ondas gravitatorias. Pero ¿funcionará? Hace poco se le puso a prueba.

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Frederick J. Raab observa con unos prismáticos un tubo de hormigón recto como una vara; el edificio donde acaba, cuatro kilómetros al norte, es uno de los extremos del observatorio LIGO de Hanford (estado de Washington). Gira sobre sus talones 90 grados en dirección oeste y barre con la vista unos parajes desérticos cubiertos de artemisas hasta que divisa un tubo idéntico al anterior, con otro edificio en su extremo, a cuatro kilómetros de distancia también. "Cuando hablamos de tener controlado el haz del láser" que brilla dentro de esos dos tubos, explica, "nos referimos a mantener estables las ondas de luz con una precisión mayor que el ancho de un átomo, y a lo largo de toda esta distancia".

Raab dirigió la edificación de este gigantesco cartabón. Con otro semejante en Livingston, en los bosques de Luisiana, forma el par de detectores más sensibles —si se cumplen las expectativas de sus diseñadores—, costosos y grandes que se han construido en los 40 años que se está a la caza de las ondas gravitatorias. En parte metros, en parte relojes, estos dos instrumentos medirán el espacio-tiempo a fin de captar cómo sacuden el continuo los cataclismos más violentos del universo: estrellas que explotan, agujeros negros que chocan, quizá fenómenos todavía fuera de nuestra imaginación. A medida que las ondas que generan esos fenómenos se expanden a la velocidad de la luz, van estirando y comprimiendo, estirando y comprimiendo el espacio, y, por tanto, ensanchando y contrayendo la separación entre los objetos. Para cuando alcanzan la Tierra, son tan débiles, que alteran las distancias en menos de una parte en mil trillones.

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