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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 2017Nº 492
Libros

Reseña

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Miguel de Unamuno

Ciencia y crisis.

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ESCRITOS SOBRE LA CIENCIA Y EL CIENTIFICISMO
Miguel de Unamuno
Preparado por Alicia Villar Ezcurra
Tecnos, 2017
 
Este libro de Alicia Villar Ezcurra reúne los escritos en los que Unamuno expone su tan polémico pensamiento sobre la ciencia, la técnica y la ideología cientificista. Constituye un excelente trabajo de selección, edición y análisis interpretativo.
 

Quizá no haya palabra que refleje mejor el espíritu unamuniano que crisis. A finales del siglo XIX acontece la descomposición de una idea de España, una idea de Europa y una idea de ciencia. Se habla de la crisis de los fundamentos de la matemática, del triunfo del paradigma biologicista-evolucionista ante la crisis del teleologismo, del triunfo del positivismo como reducto ante la crisis de una racionalidad amenazada. Y es el momento de la crisis personal de Unamuno, que configurará ya para siempre su agónica forma de ser. Todo hace mella en el inquieto espíritu del filólogo, filósofo, literato, humanista, político...

En relación con la ciencia aparece una cuestión decisiva, presente tanto en sus primeros trabajos de Filosofía lógica (recientemente editados por Ignacio García Peña y Pablo García Castillo; Tecnos, 2016) como en los textos que se nos presentan en esta cuidada edición de Alicia Villar: hacer caso omiso a la ciencia es cerrarse a los avances sustanciales que se están produciendo en Europa en todos los órdenes; pero obcecarse en lo científico, cegarse en el paradigma positivista, vincular la racionalidad únicamente al ejercicio del método experimental, siempre de la mano del verificacionismo, supone cercenar la vida, la cual escapa a ese pobre patrón.

Por mucho que se pueda hablar de una evolución en el pensamiento unamuniano sobre la ciencia, desde una postura más positivista hasta una concepción más humanista, hay algo que se mantiene constante, y es el rechazo a que el modelo de las ciencias naturales pueda extenderse sin más a todas las áreas del conocimiento. La confianza en el poder de transformación de la ciencia no puede acabar en la idolatría científica en la que vive sumergida Europa. Y es que, según Unamuno, el verdadero espíritu de la ciencia no tiene nada que ver con el fetichismo científico que late ya en la propia concepción ilustrada: «Lo que hay que hacer es destruir ese fetichismo si se quiere que la ciencia cobre su fuerza y no nos la declaren otra vez en bancarrota» (pág. 15).

Como explica Unamuno en Mi confesión, lo que debe quedar del espíritu científico es, pues, la sed de verdad, que conlleva actitudes como las de humildad, templanza, tolerancia, justicia... Y es que la verdad, «que no es ni socialista, ni deísta, ni individualista, ni anarquista, ni atea... es lo que es y nada más» (pág. 45), no solo se refiere a lo racional-empírico, sino que presenta una amplitud infinita que rebasa los estrechos márgenes del positivismo. Para Unamuno, el positivismo provoca un clima de intelectualismo propio —según dice— de una burguesía intelectual ensoberbecida y envidiosa, que al final sigue sin resolver la pregunta fundamental formulada por Apolodoro en las últimas páginas de Amor y pedagogía: ¿para qué quiero la ciencia si no me hace feliz? «Cuantos esperan que la ciencia haga la felicidad del género humano no creen en ella, y menos en su enseñanza» (pág. 12). En resumen: ciencia sí, pero siendo dueños de ella, no sus esclavos.

Para ello ha de aceptarse que el progreso no viene dado por el avance científico al precio que sea, sino —y aquí ya va el sello unamuniano— por el inextinguible apetito de infinitud y de inmortalidad. El problema del cientificismo y de la civilización tecnocientífica (perfectamente avanzada en su cuento Mecanópolis, de tan recomendable lectura) consiste, sin duda, en creer que se ha saciado lo que por naturaleza es insaciable. Todo ello genera una ciencia narcótica, «un opio para ahogar los dolores del ansia de eternidad» (pág. 361).

Por último, no puede pasar inadvertido el que a mí me parece el tema capital de esta recopilación de la profesora Villar Ezcurra: la lucha espiritual entre el aprecio por la sabiduría y la razón, y el apetito irracional que se concreta en la religión. Y, con ello, sobresale otro problema medular del cientificismo: la difícil convivencia entre los aspectos espirituales e intelectuales, según los denomina Unamuno. La vocación positivista es la de arruinar aquellos en virtud de estos. A mi modo de ver, esta es una de las grandes aportaciones de Unamuno en estos escritos: quienes conceden un índice de credibilidad cero a las convicciones religiosas en virtud de un determinado patrón de racionalidad científica manejan un concepto de fe religiosa como apoyo o suplemento de la finita razón humana. Y es esto lo que, al final, les pervierte todo el argumento. Olvídese este servicio racional de la fe religiosa y se descubrirá que la religión aporta el momento de verdad extrarracional que demanda el anhelo de inmortalidad.

Por eso, dice Unamuno, «no necesito a Dios para concebir lógicamente el universo, porque lo que no me explico sin Él tampoco con Él me lo explico» (pág. 160). Aunque no queda señalado especialmente, no estaría mal reconocer la influencia del joven Hegel en Unamuno: más allá de la dogmática de la fe, fraguada por estrictas normas y recias leyes, está la vivencia del corazón, que no es otra cosa que inquietud por la inmortalidad. «Todo hombre [...] siente en sus íntimas luchas un tormento de sed y de hambre, tormento que es nuestra mayor bendición, siente un ansia de infinitud y de eternidad» (pág. 120). Por eso, frente a la sensatez del hombre están tanto el férreo positivismo como el creyente que jamás se ha preguntado por los fundamentos de su creencia (pág. 264).

En ese punto intermedio de difícil permanencia, de intranquilidad constante, de agonía (en el puro sentido etimológico de lucha) se sitúa la vida. Y de ahí su riqueza y su miseria, su fuerza y su debilidad. Efectivamente, Dios no es necesario para el conocimiento científico. Pero el hombre no solo necesita el alimento de la ciencia. Esa es la clave unamuniana. De hecho, la crisis de Europa no es una crisis de racionalidad, es una crisis del orden espiritual a cuya salvación puede acudir España. Un orden espiritual que trasciende cuando se lee atentamente La vida es sueño: «Debajo de esa portentosa revelación de la filosofía española verás la más vigorosa afirmación de la sobrevida» (pág. 166). No habrá ciencia en España, ciencia en el sentido de exactitud y de cálculo, pero como el hombre «no da la vida porque dos y dos sean cuatro», hay algo más que España puede ofrecer al espíritu europeo: la tradición espiritual. Y, entonces, da Unamuno una impresionante lección de amor a la patria fuera de patriotismos nacionalistas de apego ciego al terruño, y distante también de los heroísmos martiriales. Amar la patria es rendirle culto en el trabajo diario y callado y en el amor a la verdad. En definitiva, según Unamuno, España debe impedir que vuelva a suceder que «el binomio de Newton derrote a las coplas de Jorge Manrique o a Las moradas de Santa Teresa» (pág. 293).

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