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  • Julio 2016Nº 478

Neurobiología

La desesperante sensación de picor

Solo ahora han comenzado a entenderse las bases moleculares de esta molestia corporal. Los resultados abren la puerta al tratamiento de los casos crónicos y agudos.

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Todo comenzó como un pequeño sarpullido en la pantorrilla, que apareció al final de un viaje a Las Vegas con su novio, a finales del verano de 2010. «Tenía una mancha en la pierna que me picaba horrores, pero no era como la picadura de un mosquito. Era lisa, sin relieve alguno. Hiciera lo que hiciera no cesaba de picar», explica Nicole Burwell, de 40 años. De modo que decidió tomarse un comprimido de Benadryl (difenhidramina), un antihistamínico de venta sin receta, y viajó durmiendo de un tirón las cuatro horas de trayecto que la separaban de su casa en Claremont, California. Cuando despertó, el picor seguía allí. A la semana siguiente el sarpullido empeoró y, con él, la comezón, así que acudió al médico. «Para entonces se había extendido también a la otra pierna.» Nicole se pasó los tres años siguientes luchando contra un rabioso sarpullido de rojo subido que se diseminó por todo el cuerpo y cubrió sus brazos, piernas, manos, torso y espalda. Pero pese a su aspecto horroroso, lo que más le molestaba, con diferencia, era el picor.

«Me concomía. No podía estar quieta; era incapaz de prestar atención a nada. Estaba como loca», confiesa. Así que concibió una rutina diaria. A la vuelta del trabajo como diseñadora de cocinas se tomaba dos comprimidos de Benadryl y se preparaba un combinado de bourbon y 7Up sin azúcar. «Llegaba a casa y rompía a llorar de lo que me picaba.» Nicole recurría a las bolsas de hielo para mitigar la comezón y conciliar el sueño.

No es la única afectada: se calcula que uno de cada cinco adultos sufrirá en algún momento de su vida un episodio de prurito de más de seis semanas. El picor crónico puede surgir a raíz de una larga lista de trastornos: enfermedades cutáneas como el eccema o la psoriasis, insuficiencia renal, lesiones nerviosas provocadas por el herpes o la diabetes, ácaros alojados en la piel, reacciones alérgicas a medicamentos, o incluso el embarazo. En los peores casos, el prurito genera una grave incapacidad y puede abocar al suicidio, una idea que, ciertamente, se le pasó por la cabeza a nuestro testimonio. Sin embargo, la mayoría de los médicos todavía lo infravaloran, pues lo consideran una mera molestia. «Si no se le da importancia resulta difícil relacionarlo con algo. Pero, en realidad, estamos empezando a comprender que el prurito supone un grave problema para muchas personas», comenta Ethan Lerner, dermatólogo e investigador del trastorno en el Hospital General de Massachusetts.

«No todos los picores son iguales», matiza Gil Yosipovitch, investigador de la Universidad Temple. Cuando es agudo, cumple una función importante: actúa como un centinela que nos alerta de los animales y las plantas venenosas. Pero, hasta hace poco, no se entendía muy bien de qué modo la presencia de sustancias irritantes en la piel desata esa molesta sensación. Los cuadros crónicos como el de Nicole suponen una incógnita aún mayor. Por suerte, recientemente se han hecho grandes progresos en la comprensión del trastorno, lo que nos está acercando al desarrollo de tratamientos contra su forma crónica y aguda. En concreto, se han descubierto en las terminaciones nerviosas de la piel nuevos receptores moleculares de las sustancias pruriginosas, o pruritógenos (causantes del picor), que detectan su presencia. El descubrimiento también revela que una parte del sistema nervioso está dedicada específicamente al picor y se extiende desde la capa externa de la piel hasta los principales centros del cerebro.

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