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  • Investigación y Ciencia
  • Enero 2015Nº 460

Evolución

Los primeros mamíferos placentarios

Un conjunto de datos genéticos, fenotípicos y paleontológicos sustentan la aparición y rápida diversificación de este grupo hace 65 millones de años.

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Cuando contemplamos las innumerables formas de vida que nos rodean es fácil olvidar que las especies vivientes representan una ínfima parte de la historia de la vida. Casi todos los cálculos cifran en el 99 por ciento las especies desaparecidas de la faz de la Tierra.

Charles Darwin y Alfred Russel Wallace nos legaron una teoría de la evolución en que las especies descienden de un ancestro común y que explica, con elegante simplicidad, la diversidad y la similitud entre las formas de vida del planeta. Lo que ambos visionarios no pudieron acometer, por imposibilidad material en su época, fue el trazado de las líneas genealógicas de las especies, que conforman el árbol filogenético o árbol de la vida.

La tarea de descifrar su frondoso ramaje, con las miríadas de especies vivientes (los cálculos hablan de entre 4 y 100 millones) y las decenas de miles de fósiles, ha mantenido ocupadas a varias generaciones de científicos. Solo en nuestra clase zoológica, la de los mamíferos (Mammalia), el número de especies descubiertas supera las 5000 vivientes y las 10.000 extintas. Desde el punto de vista paleontológico, no está nada mal: los mamíferos pueden presumir de un registro fósil bastante bueno, que, además, contiene importantes especies de transición temprana.

Ahora estamos empezando a abordar este gran reto —para la vida en general y los mamíferos en particular—, gracias a los nuevos instrumentos para el estudio de la anatomía de las especies presentes y pasadas, a los métodos algorítmicos modernos y a las vastas bases de datos genómicas. El objetivo es dibujar el árbol filogenético de todas las especies vivientes y extintas, el cual proporcionará un sólido apoyo para las reconstrucciones del pasado.

¿Por qué estudiar el árbol de la vida?
Los nuevos programas informáticos permiten trabajar a investigadores de centros muy distantes como un equipo virtual y, además, ofrecen nuevos medios para organizar los datos fenómicos (el conjunto de caracteres no genómicos de un ser vivo) a gran escala. A la cabeza de estas transformaciones se sitúa el proyecto del Árbol de la Vida de los mamíferos, una iniciativa financiada por la Fundación Nacional para la Ciencia de EE.UU. en la que participará un gran número de expertos durante años.

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