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  • Investigación y Ciencia
  • Marzo 1989Nº 150
Taller y laboratorio

Ciencia experimental

Los colores que observamos en el cielo nos ofrecen lecciones de difusión óptica

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Pese a los concienzudos estudios científicos a que se ha sometido el tema durante más de un siglo, la explicación de los colores que ofrece el cielo durante el día y el crepúsculo ha presentado grandes dificultades. ¿Por qué el firmamento de un día claro se nos muestra azul en su mayor parte, para tornarse blanco junto al horizonte? ¿Por qué el sol del ocaso suele ser rojo y el cielo justo encima suyo parece un tapiz cromático? ¿Por qué, en el crepúsculo, se alza por levante una sombra curva con un borde rosado? ¿Por qué, por poniente, aparece, a veces, una mancha púrpura, que luego se desvanece, poco después del ocaso y por qué, también a veces, aparece otra mancha púrpura, algo así como dos horas más tarde? Las respuestas a estas preguntas precisan del estudio de la interacción entre la luz, por un lado, y las moléculas del aire y las partículas suspendidas en éste, por otro. En algunos casos, se están buscando todavía respuestas definitivas.

Las explicaciones del motivo por el que un cielo claro sea en su mayor parte azul no han escaseado. En los modelos más conocidos, se hace intervenir la difusión de la luz por sustancias en suspensión en el aire, tales como polvo, aerosoles, cristales de hielo y gotitas de agua; en otros, se recurre a la absorción del extremo rojo del espectro visible por parte del agua y el ozono de la atmósfera. Las insuficiencias de tales explicaciones las analizaron, en 1985, Craig F. Bohren y Alistair B. Fraser, de la Universidad de Pennsylvania, quienes expusieron asimismo la explicación correcta, avanzada por Lord Rayleigh en 1899.

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