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  • Investigación y Ciencia
  • Julio 2010Nº 406

Biología

El poder terapéutico de nuestras células

La reprogramación de las células del propio organismo para dotarlas de la pluripotencia de las células madre embrionarias abriría nuevas vías terapéuticas y evitaría ciertas controversias.
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Recuerdo mi excitación cuando, una mañana de invierno de 2006, observé en el microscopio de mi laboratorio una colonia de células con el mismo aspecto de las células madre embrionarias. Se apiñaban en un pequeño montón, tras haberse dividido en una placa de Petri durante casi tres semanas. Y brillaban gracias a los marcadores fluorescentes cromáticos, fenómeno que caracteriza a la "pluripotencia" de las células embrionarias (su capacidad de originar cualquier tipo de tejido en un organismo). Pero las células que estaba observando no procedían de ningún embrión: eran células normales de un ratón adulto que, al parecer, habían rejuvenecido tras la adición de un sencillo cóctel de genes.
¿Podía en verdad resultar tan fácil dar marcha atrás al reloj interno de una célula de mamífero y hacerla retroceder a un estado embrionario? Además de nuestro grupo, otros se planteaban la misma cuestión. El equipo de Shinya Yamanaka, de la Universidad de Kyoto, acababa de publicar unos resultados importantes en agosto de 2006. Describían la fórmula para crear lo que denominaron células madre pluripotentes inducidas (CMPI) a partir de células cutáneas de ratones. Durante años, los investigadores habían venido esforzándose por comprender y aprovechar el enorme potencial de las células madre embrionarias para generar tejidos adaptados a cada persona, a la vez que hacían frente a las controversias políticas y éticas en torno a la utilización de embriones, a los reveses científicos y a las falsas esperanzas generadas por ese "gran descubrimiento". De ahí que los científicos se mostraran sorprendidos y algo escépticos ante los resultados del grupo japonés. Pero aquella mañana pude comprobar, de primera mano, los resultados de la aplicación de la fórmula de Yamanaka.

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