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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 2013Nº 444

Astronomía

El amanecer de los exoplanetas

Nuestra galaxia rebosa de mundos. Los científicos se han lanzado a estudiar sus atmósferas en busca de signos de vida extraterrestre.

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Ninguno de los que se encontraban allí ese día, del astrofísico más experimentado al periodista científico más novato, olvidará fácilmente la conferencia de prensa que la Sociedad Astronómica Americana celebró en San Antonio en enero de 1996.

Fue allí donde Geoffrey W. Marcy, por entonces investigador en la Universidad de San Francisco, anunció que él y su compañero R. Paul Butler, de la Universidad de California en Berkeley, habían hallado dos nuevos planetas: el segundo y el tercero que se descubrían en torno a una estrella similar al Sol. El primero de esos mundos, 51 Pegasi b, había sido notificado unos meses antes por Michel Mayor y Didier Queloz, de la Universidad de Ginebra. Pero, siendo una observación aislada, siempre cabía la posibilidad de que se tratase de una fluctuación estadística o incluso de un error. Ahora, sin embargo, Marcy podía afirmar con seguridad que ese no era el caso: «Los planetas no escasean tanto, al fin y al cabo», manifestó a la concurrencia.

El anuncio estremeció el mundo de la astronomía. Hasta entonces casi nadie había buscado planetas porque se pensaba que resultarían demasiado difíciles de detectar. Pero aquellos tres mundos habían aparecido tras indagar en un grupo reducido de estrellas, lo que sugería que tal vez pudieran descubrirse muchísimos más.

Si Butler y Marcy se hubiesen limitado a resolver una cuestión académica sobre la teoría de formación de planetas, su hallazgo no habría concitado tanto revuelo. Sin embargo, aquel descubrimiento mostró de manera inequívoca que los planetas extrasolares realmente existían. Por vez primera, se abría la posibilidad de responder una pregunta que ha inquietado a filósofos, científicos y teólogos desde tiempos de la antigua Grecia: ¿estamos solos en el universo?

Tras la euforia inicial, los científicos se detuvieron a considerar qué métodos permitirían investigar la presencia de vida en un planeta ajeno al sistema solar. Si se descartaba la detección de una señal de radio extraterrestre al estilo de Jodie Foster en la película Contact, el único método razonable consistía en buscar huellas biológicas en la atmósfera de esos mundos: indicios de moléculas muy reactivas que, como el oxígeno, desaparecerían muy rápido si no existiese un metabolismo que las sintetizase.

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