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  • Abril 2014Nº 451

Neurociencia

Ayuda para los niños con autismo

El trastorno carece de cura, pero algunos de los tratamientos actuales producen beneficios duraderos y se espera poder aplicar pronto otros nuevos.

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Cuando Jayden tenía 14 meses, Adrianna y Jermaine Hannon, de California, comenzaron a sospechar que a su segundo hijo le sucedía algo. El niño estaba obsesionado con los coches de juguete. Los invertía haciendo girar sus ruedas sin parar a una edad en que la mayoría de los otros niños revolotea de un lado a otro. También le gustaba alinear los coches, las revistas o los bloques de construcción en el suelo o en la mesa. Con ellos formaba una línea lo más recta posible, pero no los apilaba, como hacen los demás.

A los 16 meses, Jayden dejó de espetar las frases cortas que llevaba utilizando desde hacía cuatro o cinco meses: «Arriba, mamá», «Levántate» o «Abby», el nombre de su hermana mayor; rara vez miraba a los demás miembros de la familia cuando lo llamaban. Un día, cayó por accidente una cacerola grande cerca del lugar donde estaba sentado y el pequeño ni se inmutó. El pediatra le dijo a Adrianna que no se preocupara por la conducta de Jayden, ya que el desarrollo infantil suele suceder en brotes; sobre todo, el de los niños varones, en quienes el habla suele aparecer más tarde. A instancias del pediatra, Adrianna y Jermaine llevaron a su hijo a un otólogo para que examinara su audición, que resultó normal.

Jayden volvió a empeorar hacia los 18 meses, después de acudir al servicio de urgencias por fiebre alta, de 40oC. El estudio médico completo no reveló la causa de la fiebre y el pequeño regresó a casa con sus padres. La temperatura finalmente bajó, pero Jayden dejó de hablar del todo. Ni siquiera respondía cuando se le llamaba por su nombre y tan solo establecía contacto ocular con su madre.

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