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Actualidad científica

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    Una simulación informática revela que la entropía del helio superfluido obedece la misma ley de proporcionalidad que la entropía de los agujeros negros

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    Estallidos en la tundra

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  • Investigación y Ciencia
  • Octubre 2014Nº 457

Neurociencia

Más neuronas, menos ansiedad

El cerebro adulto genera neuronas todos los días. El descubrimiento de que las células nuevas nos ayudan a distinguir un recuerdo de otro podría dar lugar a nuevos tratamientos contra los trastornos de ansiedad.

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La idea de que el cerebro adulto no podía formar neuronas nuevas ha constituido durante siglos un principio fundamental de la neurobiología. Incluso Santiago Ramón y Cajal, creador de la neurociencia moderna a finales del siglo XIX, declaró imposible tal renovación. Tras décadas de meticulosa observación e ilustración de la arquitectura microscópica de las neuronas y sus conexiones, el científico llegó a la conclusión de que en el cerebro adulto «las vías nerviosas son algo fijo, acabado, inmutable. Todo puede morir, nada renacer».

Así que cuando Joseph Altman, por aquel entonces en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), publicó una serie de artículos en los años sesenta del siglo XX en los que demostraba la formación de neuronas en el cerebro de cobayas adultas, fue en gran parte ignorado. Tal actitud no sorprendió, dado que, desde un punto de vista lógico, añadir nuevas neuronas a un cerebro completamente desarrollado tendría consecuencias desastrosas. Después de todo, si el órgano almacena información en redes de conexiones neurales, insertar de manera aleatoria células inexpertas en esas redes podría anular nuestra capacidad para codificar y recuperar la información y, en consecuencia, podría alterar nuestros recuerdos.

Pero la lógica no está a la altura de los resultados experimentales, y en los años noventa comenzaron a llegar más datos. Se aportaron pruebas de que en los cerebros adultos de ratones, monos e incluso humanos seguían formándose neuronas, a lo largo de la vida. En concreto, en dos regiones: una implicada en la olfacción y la otra, el hipocampo, en el aprendizaje, la memoria y las emociones.

Desde entonces, los investigadores se han preguntado sobre la función de esas neuronas recién nacidas. Aunque todavía no está claro su papel en el sistema olfativo, se han comenzado a desvelar sus secretos en el hipocampo. Los trabajos de nuestro grupo, entre otros, indican que tales células ayudarían a registrar los recuerdos para que se les identifique como únicos y se evite confundirlos con los posteriores. Este conocimiento podría dar pie al desarrollo de estrategias novedosas para tratar varios trastornos de ansiedad, como el trastorno por estrés postraumático (TEPT), dado que quienes lo sufren tienen dificultades en distinguir las situaciones peligrosas de las inocuas.

Memoria engañosa
La memoria consiste en recordar y también en registrar. La mayoría de las veces es este último proceso el que más fascina, en el que un recuerdo vívido puede ser evocado por una simple visión, olor o sabor. El sabor de un bizcocho sumergido en una taza de té transportó de inmediato al narrador de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, a las mañanas de domingo de su infancia.

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