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  • Noviembre 2014Nº 458

Evolución humana

La pequeña gran diferencia

La capacidad para involucrarnos en tareas comunes complejas —desde cazar grandes presas hasta erigir ciudades— podría haber sido lo que separó a nuestra especie del resto de los primates.

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En un laboratorio de Leipzig, dos niños de muy corta edad observan unos ositos de gominola colocados en una tabla que está fuera de su alcance. Para conseguirlos deben tirar a la vez de los dos extremos de una cuerda. Si solo lo hace uno de ellos, ambos se quedarán sin nada.

A pocos kilómetros de distancia, en el zoológico de la ciudad, los investigadores repiten el experimento con dos chimpancés. Si los simios superan el test de la cuerda y la tabla, obtendrán una fruta.

Mediante tales experimentos, los científicos esperan resolver un interrogante que les desconcierta: ¿por qué los humanos hemos tenido tanto éxito como especie? Si Homo sapiens y Pan troglodytes comparten cerca del 99 por ciento de su material genético, ¿por qué el ser humano ha poblado casi todos los rincones del planeta, construyendo a su paso la torre Eiffel, Boeing 747 y bombas H? ¿Por qué los chimpancés de África ecuatorial aún forrajean para procurarse la cena, tal y como hacían sus antepasados hace siete millones de años, cuando los humanos arcaicos y los grandes simios se separaron en distintas especies?

Al igual que ocurre con todo acontecimiento relacionado con la evolución, cuya escala temporal típica asciende a cientos de miles o millones de años, puede que los expertos nunca lleguen a averiguar qué sucedió. Durante años ha prevalecido la tesis de que la diferencia se debe a nuestra capacidad de fabricar y usar herramientas, así como a la de razonar mediante números y otros símbolos. Sin embargo, a medida que ha aumentado nuestro conocimiento sobre otros primates, esa idea ha ido descartándose. Un chimpancé que disponga de un instructor adecuado puede aprender a sumar, manejar un ordenador y encender un cigarrillo.

Hoy por hoy, la cuestión de por qué y en qué medida el comportamiento humano difiere del de los grandes simios es aún objeto de debate. Pero gracias a experimentos como el de Leipzig, auspiciado por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva (MPI-EVA, por sus siglas en alemán), los investigadores han identificado la que tal vez constituya la faceta distintiva del aparato cognitivo humano. Una que, sin embargo, pasa inadvertida con facilidad.

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