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  • Febrero 2015Nº 461
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Células madre

Nulla scientia sine ethica.

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GOOD SCIENCE. THE ETHICAL CHOREOGRAPHY OF STEM CELL RESEARCH.
Por Charis Thompson. The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 2013.

Los avances en ciencias biomédicas tienen, por lo común, implicaciones sociales. También éticas. Para recordárnoslo están los códigos deontológicos y los comités de bioética, disciplina esta que se inicia tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se hace obligatorio el empleo de modelos animales en ensayos, en sustitución de las pruebas sobre humanos. Pero antes de cualquier intervención desde fuera, importa tanto conocer el modo de proceder de la naturaleza.

Luego de fusionarse las membranas del espermatozoide con la del óvulo, comienza una serie de fenómenos biológicos que desencadenan el desarrollo embrionario. Se inicia una serie de interacciones entre el óvulo y el material del espermatozoide introducido en el citoplasma materno. A las pocas horas de la fecundación empieza la expresión del genoma del embrión. Pronto asistimos a la primera división del cigoto, que genera dos células, o blastómeros, cada una con 46 cromosomas. Cada blastómero tiene potencialidad para originar un ser humano completo como lo demuestra el fenómeno de los mellizos monocigóticos (gemelos idénticos). Cada blastómero se va dividiendo sucesivamente por mitosis de dos en dos. Al cabo de tres días, el embrión está lleno de células (blastómeros) y semeja una mora (mórula). Al cuarto día, el embrión crece y se produce una cavidad: se genera un blastocisto. En el blastocisto aparecen territorios celulares comprometidos con funciones específicas. La masa celular interna del blastocisto posee las células troncales (células madre, o stem cells), que son células pluripotenciales con capacidad de producir cada una de las células de los diferentes tejidos propios del embrión humano. Las líneas de células estaminales pluripotentes pueden extraerse de embriones tempranos, antes de su implantación en el útero. Las células se denominan células madre embrionarias.

Las líneas de células madre pluripotentes pueden renovarse continuamente en cultivo y, a partir de esa autorregeneración, formar la mayoría de los tejidos del organismo (por eso son pluripotentes). Tamaña capacidad para desarrollar un amplio espectro de tipos celulares funcionales las convierte en cruciales para el estudio del desarrollo de los tejidos y para el estudio de las enfermedades degenerativas.

Suele fecharse el origen de la bioética moderna con el juicio de Nuremberg a los médicos nazis. La causa, «Estados Unidos de América contra Karl Brandt et alii», tuvo su vista durante 1946 y 1947. A los reos se les acusó de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, de haber instigado y participado en experimentos médicos sobre prisiones de guerra y civiles de los países ocupados y conciudadanos sin consentimiento de ellos. Se les responsabilizó de asesinato en masa en aplicación del programa eutanásico Aktion T4 y experimentos clínicos que desarrollaron con brutalidad, crueldad y tortura hasta la muerte. En cambio, la investigación sobre células madre es de fecha más reciente. Comenzó con experimentos de biofísica sobre ratones diseñados para comprobar la supervivencia tras una exposición radiactiva. A partir de esos animales se aislaron y caracterizaron también, en 1981, las primeras células embrionarias. Dirigieron los ensayos Martin John Evans y Gail Martín. Los campos biomédicos humanos relacionados con las células madre embrionarias son la genómica, la bioinformática, la medicina regenerativa y personalizada, las técnicas seleccionadoras de reproducción y prenatales, la potenciación humana y la longevidad, las neurociencias y la biología sintética. Todas ellas tienen ética, porque interseccionan con temas controvertidos: eugenesia, privacidad genética, comercialización, regeneración y blindaje de la vida humana.

El año 1998 vio la publicación del ensayo científico que había logrado por vez primera una creación de líneas de células madre embrionarias humanas. James Thomson y sus colegas, del Centro Regional de Wisconsin de Investigación sobre Primates, daban a conocer cómo habían conseguido líneas celulares pluripotentes derivadas de blastocistos. Tras la proliferación indiferenciada in vitro, mantenían capacidad para formar las tres capas germinales embrionarias.

Para crear líneas de células madre, se retiran células de la masa interior y se cultivan, lo que impide que el embrión se implante en el útero. En el año 2006 Robert Lanza y su equipo idearon un nuevo método: retirar una célula del estadio de ocho células de desarrollo (antes de la formación del blastocisto). Esa célula de blastómero, examinada por si portaba defectos genéticos, le sirvió al grupo de Lanza para producir líneas de células madre embrionarias, sin comprometer el embrión del que se obtenía un blastómero. Ese blastómero se cultivaba con líneas celulares de células madre embrionarias ya establecidas, y luego se separaba de ellas para formar líneas de células madre embrionarias enteramente competentes.

«Lo que hemos conseguido por vez primera es crear células madre embrionarias humanas sin tener que destruir el embrión», declaraba el 23 de agosto de 2006. El artículo, publicado en línea, despertó un enorme interés. Pero no se decía toda la verdad. No tardó en descubrirse que se habían sacrificado los 16 embriones utilizados. Muchos científicos cuestionaron incluso que fuera real parte de lo expuesto por los autores. Llovía sobre mojado tras el escándalo provocado, tiempo atrás, por el investigador surcoreano Woo Suk Hwang, quien mintió cuando declaró que había creado líneas de células madre embrionarias a partir de embriones humanos clonados. Woo Suk Hwang publicó dos artículos famosos en Science en 2004 y en 2005, donde sostenía que había conseguido producir líneas de células madre a partir de embriones obtenidos por transferencia nuclear y, luego, haber creado líneas de células madre con ADN propio de los pacientes. No tardó en quedar descubierta la falsedad de lo publicado por Hwang y su equipo sobre los óvulos empleados; ni había tales líneas celulares. Fueron obligados a retractarse.

Desde que se obtuvieron hace más de 30 años, las células madre embrionarias se han propuesto como fuente de sustitución de células en medicina regenerativa, pero su plasticidad y capacidad ilimitada de autorregeneración ponían en cuestión su seguridad, al sugerirse la posibilidad de formación de tumores, rechazo del sistema inmunitario y peligro de diferenciación en tipos celulares no deseados.

En razón de su natura privilegiada en lo que se refiere al sistema de rechazo inmunitario (capacidad para tolerar antígenos extraños o células no histocompatibles sin desencadenar una respuesta inmunitaria), las enfermedades que afectan a los ojos sí constituyen una aplicación atractiva para empezar a emplear esa técnica. La degeneración del epitelio del pigmento retiniano conduce a la pérdida de fotorreceptores en enfermedades que amenazan la visión. Encierra, pues, un evidente atractivo para una regeneración potencial. En la degeneración macular relacionada con la edad, los fenómenos genéticos y ambientales predisponen a los pacientes a unas tensiones que terminan por comprometer el epitelio pigmentario retiniano. En la distrofia macular de Stargardt, la degeneración del epitelio pigmentario retiniano viene inducida por segmentos de fotorreceptores genéticamente alterados. Esas dos degeneraciones maculares constituyen, respectivamente, dos causas principales de ceguera adulta y juvenil en los países desarrollados.

En fecha reciente, a mediados del último mes de octubre, los periódicos y medios de comunicación del mundo occidental resaltaban una noticia científica: en el laboratorio de Robert Lanza, de Advanced Cell Technology, se había logrado desarrollar epitelio pigmentario retiniano derivado de células madre embrionarias humanas en pacientes con degeneración macular asociada a la edad y distrofia macular de Stargardt.

Los autores de ese trabajo muestran la seguridad a medio y largo plazo de células derivadas de células madre embrionarias humanas que se han trasplantado en pacientes. Se trataba, en efecto, de discernir la seguridad y tolerancia del trasplante subretiniano de epitelio pigmentario retiniano derivado de células madre embrionarias humanas. De los voluntarios del ensayo, nueve eran mayores de 18 años y otros nueve mayores de 55 años. Los primeros sufrían distrofia macular de Stargardt; los segundos, degeneración macular atrófica asociada a la edad. Para cada trastorno ocular se trataron tres cohortes de dosis (50.000, 100.000 y 150.000 células). El seguimiento de los pacientes se prolongó a lo largo de 22 meses con series de pruebas sistémicas, oftálmicas y de imagen. No se advirtieron indicios de proliferación adversa o rechazo, ni problemas sistémicos de seguridad relacionados con el tejido trasplantado. Se logró una óptima agudeza visual en diez ojos, mejor o igual en siete y disminuyó en uno.

De ello se desprende que se ha conseguido la primera demostración de la seguridad, entre medio y largo plazo, la supervivencia del injerto y la actividad biológica de la progenie de células madre pluripotentes en cualquier paciente. El ensayo ha puesto de relieve la capacidad de las células madre embrionarias humanas para reparar o sustituir tejidos enfermos y sin fármacos adecuados.

Llevada al terreno de la legislación, la investigación sobre células madre pluripotentes, las normas sugeridas, aprobadas o rechazadas de acuerdo con el juego democrático de la alternancia en el poder, dependen del enfoque que se posea sobre la dignidad de la persona y el respeto a la vida en sus diferentes fases. La controversia se hace especialmente intensa cuando se trata de la derivación de nuevas líneas celulares a partir de embriones sobrantes en los procesos de fecundación in vitro. El criterio ético del que nadie, públicamente al menos, quiere mostrarse alejado es que el fin no justifica los medios. Unos lo esgrimen para mostrar su oposición al sacrificio de embriones. Otros creen ver una compatibilidad entre los fines de la ciencia (medicina regenerativa) y los fines de la ética. A la postura de los segundos se le conoce por ética consecuencialista o utilitarista. Para los primeros, la labor de la ciencia, como la de cualquier actividad humana, debe estar sujeta a un código de valores o ético; para los segundos, la opinión de la mayoría resulta determinante. La ética se ocupa del bien y del deber de realizarlo. Cuenta el hombre para ello con el conocimiento de la naturaleza, que le permite tomar decisiones morales mejores o, al menos, mejor informadas. Ahora bien, un conocimiento particular de la naturaleza no dicta una misma moral. Existe una relación compleja entre naturaleza y acción moral.

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